Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


17 de agosto de 2010

Huir.

Salí huyendo de mi casa, con las pupilas dilatadas, los pelos alborotados y un ligero arañazo en el brazo. Bajé las escaleras a toda prisa con una respiración que podría haber pasado por hiperventilación y abrí la puerta de un manotazo. El aire que me llegó en forma de brisa me revolvió el pelo y me erizó el vello de los brazos, inspiré profundamente y fue entonces cuando pude notar tu olor, ese olor que odiaba y amaba tanto al mismo tiempo, ese olor que tantas veces me llegaba en ráfagas a mi cama y se filtraba entre mis sábanas aún cuando me refugiaba entre ellas como una criatura dolorida y vulnerable. Cerré fuertemente los ojos, apreté mis mandíbulas y mis puños. "No puedo seguir así, no puedo..." me repetía en mi cabeza constantemente. Cuando volví a abrir los ojos me sentía como en otro lugar, desorientada, miré a todos lados y suspiré, no podía soportar la idea de no tenerte cerca. Todo era superior a mis fuerzas y me hundía lentamente. De pronto, desde algún rincón de mi subconsciente tuve un impulso. Rápidamente eché a correr hacia mi izquierda. El cabello se me entrecruzaba mientras corría, de pronto me sentí como un gato negro solitario, al que perseguían una manada de hambrientos lobos a los cuales nunca había tenido miedo pero que ahora querían morderme el pescuezo y hacerme trizas. Ahora supe qué hacer, iría a casa de mi amiga, esa que siempre estaba en lo bueno y en lo malo, necesitaba desahogarme con alguien.

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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.