Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


21 de agosto de 2010

Todo me recuerda a ti.

Sigues aquí dentro, nunca te has marchado, y cada vez más tu recuerdo sigue quemándome, arañándome y expandiéndose sin remedio. No sé qué hacer para sacarte de mi mente. No puedo evitar caminar por la ciudad y verte en cada esquina, caminando hacia mí, tan guapo como siempre, con tus rizos de color caoba, que tanto me gustan acariciar, que a veces simplemente aparto a ambos lados de tu cabeza para dibujar cualquier cosa abstracta en tu nuca con la yema de mis dedos, o recorro lentamente el borde de tu oreja mientras imagino la cantidad de cosas que te susurraría al oído y no te digo; tu preciosa y descarada sonrisa dibujada en tu cara, esa sonrisa que te arrancaría y la pondría en un lugar para poder verla siempre, enmarcada por esos labios que besaría hasta desgastarlos; y tus ojos olivas mirándome como si fueras mío. Cada edificio, cada parque, cada árbol, cada paso que doy me recuerdan a ti. A ti y a esa maldita sonrisa, que sigue clavada, deslumbrándome, como aquella primera tarde de verano en la que cambiaste mi vida. No puedo olvidarte; no puedo, pero tampoco quiero.

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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.