Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


11 de septiembre de 2010

Otro día que pasa a formar parte del pasado.

Llegué a mi portal y abrí esa estridente puerta que siempre se cierra con un portazo, a pesar de que ponga en un folio pegado con celofán y en letras mayúsculas: "POR FAVOR, CIERREN LA PUERTA. NO DEJEN QUE SE CIERRE SOLA. GRACIAS"
¿A quién le importaba esa maldita puerta? A mí precisamente no, así que, igual que siempre entré y dejé que se cerrara sola, como si quería romperse en añicos.
Subí las escaleras mientras analizaba mentalmente cuál era mi aspecto. Debajo de mi maraña de pelos se ocultaban mis ojos, rojos e hinchados.  
Avanzaba lentamente, como si mis piernas fueran de puro hormigón, tenía la boca muy seca y la nariz congestionada.
Llegué a mi puerta, metí la llave en el cerrojo y la giré hacia la derecha, la puerta rechinó. Entré en el salón, donde mi abuela, mi hermana, mi madre y su novio ya estaban cenando. Protesté por la cena, otra vez pizza, no hacía ni tres días que la había comido. Fui a mi cuarto y tiré las llaves encima de la mesa, luego me dirigí al baño, me quité los zapatos y me miré al espejo. Me odiaba.
Me aparté los pelos de la cara con mis manos y me quedé un rato mirándome. Mi mente me empezó a insultar y a recriminar cada uno de mis actos, pero le mandé que se callara con un suspiro.
Fui al salón, me preguntaron que qué tal el día pero les ignoré, estaba en mi burbuja impermeable, esa que actuaba a modo de chaleco antibalas. Comí tres porciones de pizza con desgana y me bebí la Fanta de naranja de un sólo trago.
Me levanté y volví a mi cuarto, encendí el ordenador. Me senté en la silla y apoyé la cabeza en mis manos, con los dedos índices en mi sien, y me puse a pensar en todas las veces que la había cagado, en la cantidad de errores que había cometido y de los cuales no me arrepentía de ninguno, de todo lo que le había dado a una persona sin pedir nada a cambio, para ahora encontrarme esto.
Mi burbuja empezaba a parecerse a la capa de ozono, me protegía del daño exterior, de los meteoritos que me arrojaban desde fuera sin consideración, pero no me protegía del daño interior, del daño que me causaba a mí misma pensando cada cosa que pensaba, diciéndome lo que me decía, entonces la burbuja se iba rompiendo por pequeños sitios, le iban apareciendo grietas, y el daño exterior empezaba a filtrarse y a hacer daño también. Todo era dolor.
Acabé de reflexionar y abrí el Mozilla, pulsé sobe el icono del Tuenti y me volví a sumergir en mis pensamientos mientras se cargaba la página. No me dio tiempo de pensar demasiado, por suerte, y ya me aparecía la página principal, cuatro privados, dos fotos con comentarios, un comentario en el tablón y una invitación a un juego. No me apetecía hablar con nadie, o mejor dicho con casi nadie. Así que fui mirando las cosas de menor a mayor importancia, como hacía siempre, me gustaba dejar lo importante para el final. Rechacé la invitación al juego sin pensármelo y respondí los comentarios en foto de forma casi mecánica, miré mi perfil y me quedé un rato con la mente en blanco, respondí el comentario y me dispuse a leer los privados. Todos eran de personas que me importaban, así que decidí responderlos, y a medida que iba respondiendo privados y leyendo comentarios más rabia y ganas de llorar me entraban. Soy estúpida, me decía. Y tanto que lo era.
Actualicé varias veces y retoqué algunas fotos, también sin ganas, pero tenía que hacerlo si no quería que me crucificaran. Las subí y me quedé tranquila, otra vez pensando, me encantaba pensar. Era como hablar conmigo misma en voz muy bajita, tan bajita que sólo me oía yo, y yo. Volví a actualizar, hice un cálculo mental del momento en que había respondido los privados anteriores y había algo que no me cuadraba, un privado de más. Me entró pánico. Mi intuición me decía, es suyo, y nunca se equivocaba, me horroricé por dentro. Pulsé y en efecto, entre los que me esperaba también estaba el suyo.
Lo leí varias veces, pese a su brevedad, y volví a caer súbitamente en el ese agujero de mi mente que tanto me torturaba, como si hubiera tropezado y caído de bruces mil veces sobre la misma idea. O sobre la misma piedra, porque es lo que era, una puta piedra en mi camino.
Me quedé ausente, si me hubiesen tocado, hablado o clavado un cuchillo en la espalda en ese momento te garantizo que no habría sentido nada, directamente ya no era yo. Me pregunté qué sería mejor, si decirle que todo había ido bien, o sea, mentirle. O decirle que todo había ido mal, y que pareciese que lo que quiero es que se preocupe por mí, que quizás era lo que necesitaba, no que se preocuparan por mí, sino que lo hiciera él concretamente.
Me entristecí, sí, por ser así de tonta, de cría, de estúpida. No le respondí, no quería acabar discutiendo con él, no quería que se preocupara, ni que me dijera lo bien que le va. No quería que me hundiera más de lo que ya lo estaba haciendo, siendo de esa forma borde cuando más sabe que le necesito, no quería, me negaba en rotundo, tenía que aprender yo sola a ser fuerte.
Mi madre entró en el cuarto y mis pensamientos se disiparon como una nube negra, me dijo que me fuera a dormir porque era tarde, volví a protestar y empecé a despotricar, mi vida se convertía en una mierda por momentos.
Volví a leer su mensaje remarcando los puntos suspensivos del final. ¿Por qué? me preguntaba. Cerré la ventana después de haber visitado su perfil, su imagen se me quedó grabada en la cabeza, machacándome.
Me fui al baño a ponerme el pijama, pegué un puñetazo en la puerta y volví a quedarme quieta, mirándome en el espejo. Cada día me daba más asco a mí misma. Yo, él, todo.
Finalmente decidí que era mejor que me fuera a dormir, me tumbé en la cama, sin arroparme, y me abracé con fuerza a la almohada mientras miraba a la calle por la ventana, veía pasar los coches, donde iban persona ajenas a mí, con sus propias preocupaciones y problemas. Y yo en mi cama, una mocosa masoca de quince años que no tiene mejores cosas que hacer que decir que su vida es una mierda.
Que alegría, da gusto mi manera de aprovechar el tiempo.
Me arropé hasta la cabeza y me hice un ovillo, luego las lágrimas manchadas de odio y rabia recorrieron mis mejillas. Lo último que recuerdo era que cerraba con fuerza los ojos, y apretaba con fuerza la mandíbula y los puños. Al fin me dormí.

1 comentario:

  1. Como te he dicho es precioso pero a la vez no me gusta y sabes porqué..
    Odio verte así,ver a la persona con la que llevo compartiendo todo durante más de 6 meses,verla mal..
    Esto tiene que terminar Ana,joder no puedes estar así siempre.

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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.