Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


29 de octubre de 2010

Perspectivas.

Estoy intentado buscarle un nuevo sentido a mi vida.
No sé cómo conseguirlo, ni qué hacer, ni en el caso de que definitivamente decida cambiar de camino, ¿hacia dónde dirigiré mi rumbo?
Tú siempre habías sido mi estrella, mi foco, algo que me iluminaba y conducía por los senderos llanos y sin piedras, donde la hierba no era muy alta y se oían a los pájaros cantar dulcemente.
Pero desde que no veo tu luz parece que voy mal encaminada. 
Estoy dando tumbos, no encuentro ninguna meta ni destino. 
No logró la motivación necesaria para avanzar. No te veo brillar.
Mi camino ahora es pedregoso y las espigas me llegan a la altura de mis rodillas, me cuesta gran esfuerzo avanzar y no sé ni a donde me dirijo. Los relámpagos me atormentan y las nubes negras me sumergen en una oscuridad que me adormece, que me quita el ánimo.
No quería decirlo, pero creo que estoy perdida. 
Sí, me encuentro realmente perdida sin ti.
Necesito que te enciendas y brilles con todo tu esplendor, que me guíes, o que aunque no me digas lo que debo hacer, (porque nunca lo has hecho), al menos que sí me digas qué no debo hacer, y todo será más sencillo. Yo, a cambio, podría hacer muchas cosas por ti.
Tan sólo tienes que prometerme:
Que no me soltarás de la mano.
Que no te apagarás.
Que no te irás.
A partir de hoy decido cambiar mi vida.
Me replantearé seriamente lo que quiero.
Si es o no estabilidad, y cómo conseguirla.
O si en realidad, lo que me hace falta,
es seguir en pause o en to be continued.

28 de octubre de 2010

Sueños que se evaporaron.

Me encontraba en una casa de campo típica de las películas americanas rodadas en Texas o en algún sitio similar. Su aspecto exterior era aparentemente el de una casa abandonada, con sus paredes cubiertas de moho en la pared que daba al norte y enredaderas espinosas en la sur, tenía el tejado torcido y goteras debido al temporal probablemente.
Dentro de la casa no había nada fuera de lo común. 
Había una cocina, un aseo, un salón y una destartalada escalera conducía al piso de arriba, pero no me encontraba con ánimo de aventurarme hacia la planta superior. Preferí quedarme abajo, curioseando en los cajones de un extraño recibidor de madera de cerezo en el que sólo encontré papeles arrugados e ilegibles, mecheros gastados y llaves oxidadas.
Había polvo por todos lados y en alguna que otra ocasión habría jurado que se oían a las ratas murmurar por debajo del suelo de parqué arañado. 
Me asomé a una ventana que encontré de camino hacia el salón, y me quedé maravillada. Fuera había un pequeño sendero que conducía lejos de la casa formando un laberinto entre los rastrojos, a los lados del camino había césped en abundancia y muchas vacas, también pude ver varios conejos y un gato negro al que seguían otros más pequeños y de color blanco, sonreí al ver la escena, por último árboles de gran altura se veían dispersos alejados de la casa.
Suspiré y se empañó el cristal de la ventana. Me quedé quieta e inmóvil y con la mirada perdida mientras poco a poco él se iba haciendo un hueco entre mis inocentes pensamientos. De pronto alguien abrió bruscamente la puerta con un chirrido y me quedé atónita. 
No podía ser él, pero lo era.
Estaba fatigado, como si llevara horas y horas caminando entre zarzas. Sus ojeras estaban muy marcadas, por lo que adiviné que llevaba mucho tiempo sin dormir. Tenía la camisa desgarrada y echa jirones y los pantalones arremangados hasta las rodillas. Llevaba unas alpargatas ennegrecidas por el barro. Sus manos y su pelo también estaban sucios, pero aún así seguía encantándome.
Mientras yo le analizaba de arriba a abajo él estaba mudo y me miraba completamente serio, clavó sus ojos en los míos y yo me quedé quieta mirándole también, absorta, esperando una reacción, una explicación, cualquier cosa.
En ese momento me quedé en blanco y un millón de dudas asaltaron mi mente, no sabía qué hacía yo en esa casa, si había alguien más allí, quizás observándonos, si estaba en peligro, no sabía qué hacía él allí, ni por qué había venido hasta mí, no sabía nada.
Después de esa avalancha de preguntas recapacité, volví a mirarle fijamente, entonces me di cuenta de que le  temblaba el labio inferior. Estaba aparentemente nervioso y sus ojos relampagueaban vidriosos, había en ellos un resquicio de dolor que no pasó desapercibido.
Sentí unas ganas inmensas de abrazarle y besarle de arriba abajo, de susurrarle que no pasaba nada, que le quería con toda mi alma, que jamás iba a guardarle rencor y que siempre le iba a esperar, pero no lo hice y me mantuve cautelosa, quizá incluso él fuese un espejismo provocado por la demencia de mi locura.
Al fin él dio un paso hacia mí, un temor me inundó, todo era demasiado irreal, no podía ser verdad, sentí ganas de retroceder y salir huyendo pero era como si mis pies se hubieran anclado al suelo, dio un paso más y cogió mi mano izquierda con delicadeza.
Todavía no me había dicho una sola palabra pero casi podía entenderlo todo a la perfección, su aparición allí, de repente, le daba a todo sentido y se lo quitaba al mismo tiempo.
Era paranoico.
Una vez me hubo cogido la mano me acarició cada uno de mis dedos con los suyos apretándolos con fuerza, transmitiéndome y haciendo circular entre nosotros una electricidad que no tenía nada que envidiarle a la que circulaba entre los tendidos eléctricos de alrededor.
Entonces tiró de mi mano, queriendo sacarme fuera de la casa, y yo me dejé llevar junto a él. Le agarré con fuerza la mano y salimos, respiré hondo y una gran tristeza me invadió, no sabía por qué, pero me sentía inmensamente triste. Mi corazón palpitaba con una frecuencia alamante, parecía que hiperventilaba.
Caminamos entre la espesura de la hierba y llegamos al sendero que formaba el laberinto muy, muy lejos de la casa, hasta el punto de que ya no se veía con la maleza, ni tampoco los árboles ni mucho menos las vacas. Sólo se veía una gran explanada llana con hierba seca. El cielo estaba despejado, sólo había alguna que otra nube blanca danzando ligera de aquí para allá, mientras el sol iluminaba todo, no llevaba reloj pero me imaginaba que sería cerca de mediodía.
Él continuaba avanzando, de vez en cuando me miraba o me apretaba la mano con fuerza, y yo me seguía hundiendo en una tristeza nostálgica, su mirada continuaba vidriosa y su rostro no mostraba emoción alguna, sólo tiraba de mi mano hacia él hasta que nos hubimos alejado mucho, podíamos haber caminado fácilmente una media hora entre las espigas.
Mientras tanto los dos seguíamos sin mencionar una sola palabra.
Al cabo de un rato se paró en seco frente a mí, con esa mirada rota que había llevado todo el trayecto, yo me quedé mirándole mientras se me iba haciendo añicos el alma de tanto quererle, me entraron unas ganas inmensas de llorar, de estas que no se te quitan ni comiendo mucho chocolate, moría lentamente de amor cuando estaba con él.
Se acercó y me rodeó la cintura con sus brazos, inclinando su cabeza hacia la mía, colocando su boca a la altura de mis labios, apretados. Entreabrí ligeramente la boca, como para decir algo, en una especie de suspiro ahogado que se quedó a medias, pero me callé. 
Mis esquemas se desmoronaban y se estrellaban contra sus manos al tocarme como sólo él sabía hacerlo. Entonces comenzó a acercar su boca a la mía, hasta que sólo unos pocos milímetros las separaban. En ese momento podía sentir su respiración, cómo el aire que salía de su boca llegaba a la mía y parecía que podía saborear su irresistible olor entre el que miles de veces me había despertado entre legañas y bostezos. Pasaron segundos que se me hicieron eternos, con su mirada ahogándose en mis pupilas, como el tiempo que transcurre frenético hasta que se llega al orgasmo, y me besó suavemente, acariciando mis labios con los suyos, haciéndome llegar entonces al éxtasis de mis sentidos, a mi pequeño orgasmo
Se separó un poco para volverme a mirar fijamente a los ojos, ya no le brillaban como antes, con ese atisbo de tristeza en sus negras pupilas; ahora sonreía pícaramente. Se aproximó y me mordió el labio inferior con esa expresión traviesa que me vuelve tan loca, y comencé a notar cómo me derretía por dentro con cada uno de sus besos, con el jugueteo de su lengua y la mía, dos bocas que se buscaban casi con furia. Fue entonces cuando el miedo se hizo cargo de mí, volviéndome pequeñita y vulnerable. Miedo a que se vaya y no haya llegado a entender lo mucho que le necesito. A que se de cuenta de que no es lo mejor para mí, pero que ni mucho menos lo soy yo para él. Porque sólo soy lo que ve, no hay más, en definitiva:
Sé que no lograré jamás estar a la altura.

24 de octubre de 2010

Contaré hasta diez.

Estoy a punto de estallar, de llegar al punto no retorno, de tirarlo todo por la borda.
Estoy a punto de arrepentirme, de odiarte, de decir que nunca más.
Estoy a punto de largarme para siempre, de borrar tus sonrisas.
Ya no quiero abrazos ni palabras que se oxidan con el tiempo.
Ni días amarillos en los que brille el sol y no pueda verte.
Cansada de darle a los días negros colores bonitos.
Y que acaben descoloridos por la pinturas baratas. 
Inundando las calles, hasta las alcantarillas.
Llegando a las ratas.
Estás jugando con fuego y ya me huele a quemado.

22 de octubre de 2010

Así llevas las de perder.

¿Vuelves a las andadas? Parece que sí.
¿Quieres volver a salir huyendo como un perro con el rabo entre las patas?
Oh, que gracia me haces.
Te diré una cosa, podemos apostar, ¡venga, apostemos! Lo que quieras.
Yo conozco tu punto débil, acertaría en la diana hasta con los ojos cerrados.
Y tú, tú no sabes ni de lo que soy capaz.
Eres libre de seguir el juego, las reglas están puestas.
Estoy dispuesta a hundirte.

18 de octubre de 2010

Te sugiero que me compliques la vida.

Nada de eso me sirve, ni tan siquiera tú.

El camino fácil es el que escogería cualquier idiota con baja autoestima.

Yo quiero lo difícil.

Que no quiere decir que sea inteligente y mi amor propio roce las nubes.

Más bien me considero muy idiota, una idiota demasiado cabezona.

Me vuelvo demasiado inconformista por momentos.

12 de octubre de 2010

Dos colores, dos olores y un poco de calor.

Esto es flipante, con todas las letras y todos sus sinónimos.

FLIPANTE.

Me siento como en una nube de algodón dulce.

No puedes olvidar a alguien en cinco segundos.
Ni querer a alguien que acabas de conocer.
Ni sentirte tan feliz al lado suya.

O... tal vez sí, el mundo no se hizo para mí.

¡Me sorprendo de lo estúpida que puedo llegar a ser!

Tu sonrisa es mi sonrisa.

Todos estos días sin actualizar se han debido a que me sentía, digamos, mediocremente bien, muy bien, puede que a ratos incluso demasiado bien.

Pero no, parece que algo vuelve a fallar, esa espinita clavada sangrante, que creía arrancada y cicatrizada a base de betadine y muchas sonrisas dibujadas un trocitos arrugados de papel, vuelve a sangrar, produciendo dolor en cantidades industriales.

Demasiado dolor de golpe,
sin presentirlo,
sin esperarlo, 
sin buscarlo, 
sin comerlo,
sin beberlo,
sin quererlo.

Dolor que viene de la nada y ¡BOOM! da en la diana.

No sé por qué duele, la verdad, pero mi corazón parece estar siendo aplastado por una apisonadora que avanza sin rodeos y se me está encharcando el estómago.
No soy capaz digerirlo, se me atasca en un punto muerto que ni sube ni baja.
Tengo ganas de vomitarlo todo, odio, mierda, sangre, vomitar este dolor.
De quedarme sin nada aunque fuese lo que siempre he estado buscando.

Tengo ganas de llorar, las lágrimas se van acumulando en mis ojos y parecen esperar su turno para dejarse caer silenciosamente, rodando por mis mejillas, hasta que llegan a mis labios y saboreo el dolor con todas sus saladas consecuencias. 

Me gusta como saben las lágrimas, pero no como sabe el dolor.

Un dolor con nombre y apellidos, pese a que no esté segura de nada.

Sólo que arda o hiele siempre quema.

Me atrevería a confesarte, (y de eso estoy un poco más segura), que te echo de menos, y que si ahora me demostraras de algún modo que te preocupas por mí aunque fuese mínimamente, lloraría menos, o quizás lo mismo, pero el dolor se reduciría considerablemente hasta llegar a la mitad y dejaría de escocer.

Si vinieras con tu brillante sonrisa y me dieras un asfixiante abrazo, entonces si que lloraría, me caerían lágrimas como puños, a chorros, me inundaría por dentro de cosas indescriptibles, pero te aseguro una cosa, estaría sonriendo y me sentiría bien, demasiado bien como para decir que esas lágrimas que me caen ahora son de dolor, no, es imposible que sean de dolor teniéndote a ti ahí, abrazándome y sonriéndome, como si nada importase, como si el pasado y el futuro perdiesen importancia en ese momento y quisiera darlo todo para que nunca te marcharas de mi lado, que fueras una luz, incluso de bajo consumo, no importa, pero que me iluminase siempre, que tu sonrisa estuviera siempre a mi disposición para alimentar de ella mis alegrías, una sonrisa que nunca se gastara ni borrara, y que tus brazos no se cansaran de abrazarme, y tu boca de decirme que nunca estaré sola, pese a que sepa de más y de sobra que es mentira y que te irás, porque siempre te vas, aunque hagas creer que no, será por eso por lo que siempre duele tanto.

Como si fueras una medicación con terribles efectos secundarios, con horrendas contraindicaciones, de estas de las que no se pueden abusar porque te hacen tanto bien que tu cuerpo crea una especie de dependencia invisible de la que sólo te das cuenta cuando la medicación en cuestión deja de estar al alcance de tus manos y ya no hay nada que pueda aliviarte, ni tan siquiera grandes dosis de metadona.

Pero lo necesito para (¡UF!) echarlo todo fuera.


No te haces ni una idea de cuánto te necesito
Justamente ahora, ahora y para siempre. 


P.D.: Y al final siempre acabo hablando de ti en cada entrada y es algo que odio.

4 de octubre de 2010

Vacío.

Soledad. Miedos. Inseguridades. Impotencia. 
Quiero y no puedo. No puedo y quiero.

 ¿Plantarle frente, luchar por lo que quieres? 
¿Huir, salir corriendo?

3 de octubre de 2010

Todo es una mierda.

Me estoy hundiendo en mi propia mierda, en mi propio odio
Me consumo como esos estúpidos palitos de incienso que se van haciendo ceniza conforme se van quemando, al mismo tiempo que dejan un aroma relajante, con la diferencia de que yo, me voy consumiendo lentamente y haciéndome cenizas, pero no dejo tras mi paso nada agradable.
Sino al revés, dejo mierda por donde paso. 
Intento hacer algo bien, arreglar las cosas, que todo sea un poco mejor y lo que consigo es joderlo todo. 
Pienso que ha avanzado un paso hacia adelante y en realidad he retrocedido. 
Todo esto mientras camino y me sigo ahogando en mi odio, en mis miedos, en mi impotencia, definitivamente en mi mierda, en la que yo creo y luego no soy capaz de alejar de mí. 
Siento que me estoy muriendo por dentro, que tengo el corazón podrido
Quiero que nada me afecte, estar siempre alegre, divertirme y reírme. 
Pero no, no es así, ni estoy así. 
No quiero que nadie se preocupe por mí ni se compadezcan, pero quizá lo necesito
No encuentro ni consuelo, ni soluciones, ni nada que me llene ni me haga sonreír, y si llegase a buscar o a perseguir eso (llamémoslo mi felicidad) estaría caminando hacia atrás, con mi maldito complejo de cangrejo que tantas veces he nombrado. 
No estoy a gusto conmigo misma, ni con el resto de personas. No estoy conforme con nada. No soy feliz, ni tengo tu apoyo cuando en realidad es lo único que me haría sentir un poco mejor, pero las cosas son así.
De aquí a unos días tendré a mi alrededor tanta mierda que no seré capaz de escapar, y entonces será cuando esté perdida de verdad y no tenga escapatoria. 
Me estoy destruyendo a medida que pasa el tiempo y ya no soy yo. 
Vuelvo a ser la que desapareció hace tiempo para dejarme sonreír y que ahora vuelve para dibujar lágrimas a sus anchas.
La que no quería salir de casa. 
La que no quería ver ni estar con nadie. 
La que se escondía en su caparazón por miedo a que le hicieran daño. 
La que se echaba agua oxigenada en sus heridas para que se curaran cuando en verdad las cicatrices acababan doliendo más. 
Y quizá hasta eso me gustaba, me recreaba en mi propio dolor y en el ajeno.
Me torturaba. Como estoy haciendo ahora.
Mi foto
Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.