Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


28 de octubre de 2010

Sueños que se evaporaron.

Me encontraba en una casa de campo típica de las películas americanas rodadas en Texas o en algún sitio similar. Su aspecto exterior era aparentemente el de una casa abandonada, con sus paredes cubiertas de moho en la pared que daba al norte y enredaderas espinosas en la sur, tenía el tejado torcido y goteras debido al temporal probablemente.
Dentro de la casa no había nada fuera de lo común. 
Había una cocina, un aseo, un salón y una destartalada escalera conducía al piso de arriba, pero no me encontraba con ánimo de aventurarme hacia la planta superior. Preferí quedarme abajo, curioseando en los cajones de un extraño recibidor de madera de cerezo en el que sólo encontré papeles arrugados e ilegibles, mecheros gastados y llaves oxidadas.
Había polvo por todos lados y en alguna que otra ocasión habría jurado que se oían a las ratas murmurar por debajo del suelo de parqué arañado. 
Me asomé a una ventana que encontré de camino hacia el salón, y me quedé maravillada. Fuera había un pequeño sendero que conducía lejos de la casa formando un laberinto entre los rastrojos, a los lados del camino había césped en abundancia y muchas vacas, también pude ver varios conejos y un gato negro al que seguían otros más pequeños y de color blanco, sonreí al ver la escena, por último árboles de gran altura se veían dispersos alejados de la casa.
Suspiré y se empañó el cristal de la ventana. Me quedé quieta e inmóvil y con la mirada perdida mientras poco a poco él se iba haciendo un hueco entre mis inocentes pensamientos. De pronto alguien abrió bruscamente la puerta con un chirrido y me quedé atónita. 
No podía ser él, pero lo era.
Estaba fatigado, como si llevara horas y horas caminando entre zarzas. Sus ojeras estaban muy marcadas, por lo que adiviné que llevaba mucho tiempo sin dormir. Tenía la camisa desgarrada y echa jirones y los pantalones arremangados hasta las rodillas. Llevaba unas alpargatas ennegrecidas por el barro. Sus manos y su pelo también estaban sucios, pero aún así seguía encantándome.
Mientras yo le analizaba de arriba a abajo él estaba mudo y me miraba completamente serio, clavó sus ojos en los míos y yo me quedé quieta mirándole también, absorta, esperando una reacción, una explicación, cualquier cosa.
En ese momento me quedé en blanco y un millón de dudas asaltaron mi mente, no sabía qué hacía yo en esa casa, si había alguien más allí, quizás observándonos, si estaba en peligro, no sabía qué hacía él allí, ni por qué había venido hasta mí, no sabía nada.
Después de esa avalancha de preguntas recapacité, volví a mirarle fijamente, entonces me di cuenta de que le  temblaba el labio inferior. Estaba aparentemente nervioso y sus ojos relampagueaban vidriosos, había en ellos un resquicio de dolor que no pasó desapercibido.
Sentí unas ganas inmensas de abrazarle y besarle de arriba abajo, de susurrarle que no pasaba nada, que le quería con toda mi alma, que jamás iba a guardarle rencor y que siempre le iba a esperar, pero no lo hice y me mantuve cautelosa, quizá incluso él fuese un espejismo provocado por la demencia de mi locura.
Al fin él dio un paso hacia mí, un temor me inundó, todo era demasiado irreal, no podía ser verdad, sentí ganas de retroceder y salir huyendo pero era como si mis pies se hubieran anclado al suelo, dio un paso más y cogió mi mano izquierda con delicadeza.
Todavía no me había dicho una sola palabra pero casi podía entenderlo todo a la perfección, su aparición allí, de repente, le daba a todo sentido y se lo quitaba al mismo tiempo.
Era paranoico.
Una vez me hubo cogido la mano me acarició cada uno de mis dedos con los suyos apretándolos con fuerza, transmitiéndome y haciendo circular entre nosotros una electricidad que no tenía nada que envidiarle a la que circulaba entre los tendidos eléctricos de alrededor.
Entonces tiró de mi mano, queriendo sacarme fuera de la casa, y yo me dejé llevar junto a él. Le agarré con fuerza la mano y salimos, respiré hondo y una gran tristeza me invadió, no sabía por qué, pero me sentía inmensamente triste. Mi corazón palpitaba con una frecuencia alamante, parecía que hiperventilaba.
Caminamos entre la espesura de la hierba y llegamos al sendero que formaba el laberinto muy, muy lejos de la casa, hasta el punto de que ya no se veía con la maleza, ni tampoco los árboles ni mucho menos las vacas. Sólo se veía una gran explanada llana con hierba seca. El cielo estaba despejado, sólo había alguna que otra nube blanca danzando ligera de aquí para allá, mientras el sol iluminaba todo, no llevaba reloj pero me imaginaba que sería cerca de mediodía.
Él continuaba avanzando, de vez en cuando me miraba o me apretaba la mano con fuerza, y yo me seguía hundiendo en una tristeza nostálgica, su mirada continuaba vidriosa y su rostro no mostraba emoción alguna, sólo tiraba de mi mano hacia él hasta que nos hubimos alejado mucho, podíamos haber caminado fácilmente una media hora entre las espigas.
Mientras tanto los dos seguíamos sin mencionar una sola palabra.
Al cabo de un rato se paró en seco frente a mí, con esa mirada rota que había llevado todo el trayecto, yo me quedé mirándole mientras se me iba haciendo añicos el alma de tanto quererle, me entraron unas ganas inmensas de llorar, de estas que no se te quitan ni comiendo mucho chocolate, moría lentamente de amor cuando estaba con él.
Se acercó y me rodeó la cintura con sus brazos, inclinando su cabeza hacia la mía, colocando su boca a la altura de mis labios, apretados. Entreabrí ligeramente la boca, como para decir algo, en una especie de suspiro ahogado que se quedó a medias, pero me callé. 
Mis esquemas se desmoronaban y se estrellaban contra sus manos al tocarme como sólo él sabía hacerlo. Entonces comenzó a acercar su boca a la mía, hasta que sólo unos pocos milímetros las separaban. En ese momento podía sentir su respiración, cómo el aire que salía de su boca llegaba a la mía y parecía que podía saborear su irresistible olor entre el que miles de veces me había despertado entre legañas y bostezos. Pasaron segundos que se me hicieron eternos, con su mirada ahogándose en mis pupilas, como el tiempo que transcurre frenético hasta que se llega al orgasmo, y me besó suavemente, acariciando mis labios con los suyos, haciéndome llegar entonces al éxtasis de mis sentidos, a mi pequeño orgasmo
Se separó un poco para volverme a mirar fijamente a los ojos, ya no le brillaban como antes, con ese atisbo de tristeza en sus negras pupilas; ahora sonreía pícaramente. Se aproximó y me mordió el labio inferior con esa expresión traviesa que me vuelve tan loca, y comencé a notar cómo me derretía por dentro con cada uno de sus besos, con el jugueteo de su lengua y la mía, dos bocas que se buscaban casi con furia. Fue entonces cuando el miedo se hizo cargo de mí, volviéndome pequeñita y vulnerable. Miedo a que se vaya y no haya llegado a entender lo mucho que le necesito. A que se de cuenta de que no es lo mejor para mí, pero que ni mucho menos lo soy yo para él. Porque sólo soy lo que ve, no hay más, en definitiva:
Sé que no lograré jamás estar a la altura.

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