Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


12 de octubre de 2010

Tu sonrisa es mi sonrisa.

Todos estos días sin actualizar se han debido a que me sentía, digamos, mediocremente bien, muy bien, puede que a ratos incluso demasiado bien.

Pero no, parece que algo vuelve a fallar, esa espinita clavada sangrante, que creía arrancada y cicatrizada a base de betadine y muchas sonrisas dibujadas un trocitos arrugados de papel, vuelve a sangrar, produciendo dolor en cantidades industriales.

Demasiado dolor de golpe,
sin presentirlo,
sin esperarlo, 
sin buscarlo, 
sin comerlo,
sin beberlo,
sin quererlo.

Dolor que viene de la nada y ¡BOOM! da en la diana.

No sé por qué duele, la verdad, pero mi corazón parece estar siendo aplastado por una apisonadora que avanza sin rodeos y se me está encharcando el estómago.
No soy capaz digerirlo, se me atasca en un punto muerto que ni sube ni baja.
Tengo ganas de vomitarlo todo, odio, mierda, sangre, vomitar este dolor.
De quedarme sin nada aunque fuese lo que siempre he estado buscando.

Tengo ganas de llorar, las lágrimas se van acumulando en mis ojos y parecen esperar su turno para dejarse caer silenciosamente, rodando por mis mejillas, hasta que llegan a mis labios y saboreo el dolor con todas sus saladas consecuencias. 

Me gusta como saben las lágrimas, pero no como sabe el dolor.

Un dolor con nombre y apellidos, pese a que no esté segura de nada.

Sólo que arda o hiele siempre quema.

Me atrevería a confesarte, (y de eso estoy un poco más segura), que te echo de menos, y que si ahora me demostraras de algún modo que te preocupas por mí aunque fuese mínimamente, lloraría menos, o quizás lo mismo, pero el dolor se reduciría considerablemente hasta llegar a la mitad y dejaría de escocer.

Si vinieras con tu brillante sonrisa y me dieras un asfixiante abrazo, entonces si que lloraría, me caerían lágrimas como puños, a chorros, me inundaría por dentro de cosas indescriptibles, pero te aseguro una cosa, estaría sonriendo y me sentiría bien, demasiado bien como para decir que esas lágrimas que me caen ahora son de dolor, no, es imposible que sean de dolor teniéndote a ti ahí, abrazándome y sonriéndome, como si nada importase, como si el pasado y el futuro perdiesen importancia en ese momento y quisiera darlo todo para que nunca te marcharas de mi lado, que fueras una luz, incluso de bajo consumo, no importa, pero que me iluminase siempre, que tu sonrisa estuviera siempre a mi disposición para alimentar de ella mis alegrías, una sonrisa que nunca se gastara ni borrara, y que tus brazos no se cansaran de abrazarme, y tu boca de decirme que nunca estaré sola, pese a que sepa de más y de sobra que es mentira y que te irás, porque siempre te vas, aunque hagas creer que no, será por eso por lo que siempre duele tanto.

Como si fueras una medicación con terribles efectos secundarios, con horrendas contraindicaciones, de estas de las que no se pueden abusar porque te hacen tanto bien que tu cuerpo crea una especie de dependencia invisible de la que sólo te das cuenta cuando la medicación en cuestión deja de estar al alcance de tus manos y ya no hay nada que pueda aliviarte, ni tan siquiera grandes dosis de metadona.

Pero lo necesito para (¡UF!) echarlo todo fuera.


No te haces ni una idea de cuánto te necesito
Justamente ahora, ahora y para siempre. 


P.D.: Y al final siempre acabo hablando de ti en cada entrada y es algo que odio.

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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.