Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


5 de noviembre de 2010

Ignorantes.

La gente aún tiene el valor de decir que no la cago constantemente, no, no es eso. Que va. Es lo siguiente, una cagada tras otra.
Ya no es que bueno, que en algún que otro momento haga algo mal. Ahora he pasado a meter la pata cada cinco míseros minutos y a pedir perdón, con suerte, y si me importa esa persona, al poco tiempo.
Esto no puede seguir así, no sé la de miles de veces que habré dicho ya esto y me voy hundiendo entre mis cenizas, de los recuerdos que quemé y de los que aún quedan restos en cada poro de mi piel.
Parece que soy una puta emo, todo el día amargada.
O le estoy dando importancia a estupideces y rallándome por todo o me paso todo el día hecho un ovillo en mi cama, apretando con fuerza los párpados y la mandíbula y torturando mis tímpanos con la música a un volumen considerablemente elevado. Eso si no me da por escribir hojas y hojas con mis tormentos, muchos de los cuales ni se me pasan por la cabeza de publicar aquí, por eso tengo esto un poco más abandonado, porque al tener mi diario me desahogo del mismo modo y de forma menos pública que esta. 
Pues eso, que como iba diciendo no sabéis nada de lo que me pasa y pretendéis ayudarme, pensando que lo entendéis todo. Inyectaros un poco de empatía en vena y ya luego si eso hablamos. Que si os cuento mis problemas no es para que vosotros me contéis los vuestros y acabemos haber quién tiene peores problemas, porque eso no es comprender, eso es entorpecer. Si me queréis ayudar a algo que no sabéis ni lo que es, empezando por ahí, limitaros a escucharme, aunque dudo que lo entendáis nunca.

Cambiando de tema, acabo de darme cuenta que mi mayor momento de felicidad se centra en cada mañana, cuando cojo el autobús para irme al instituto a las 7:30 a. m. y durante el trayecto me pongo a escuchar música, con mi pequeño diario sobre mis piernas y un bolígrafo que siempre llevo encima, y una vez así, dejo que mi mente junto con su estampida de ideas y pensamientos fluyan y se escurran entre mis dedos plasmándose en forma de tinta negra sobre papel. Con mi mirada perdida entre las imágenes borrosas que aparecen y desaparecen por el cristal y mis pies apoyados en el asiento de delante. Ahí, justo en ese momento, me siento libre, insmensamente feliz.
Es realmente gratificante. Sentir cómo un papel en blanco y un bolígrafo te entienden y ayudan más que un puñado de ignorantes preguntones que sólo consiguen enfadarte. ¡Qué sabrán ellos!
Por eso, me gustaría pasarme una larga temporada en mi escafandra interna, en mi propia e individual, incomprensible paz interior.
En mi mundo, en mi mente. 
Perderme ahí hasta...
Hasta que vuelvas.
Ya ves lo ilusa que soy, sigo pensando que eso pueda llegar a pasar.

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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.