Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


21 de diciembre de 2011

Líneas que se torcieron, hasta más.

Hasta que alguien me dijo una vez que el cinismo no tenía por qué ser tan malo, que incluso podía ser bueno.
Y quizá se me dé mejor mentir y sonreír, a la vez.
Y a lo mejor no es tanta mentira.
Y es más dolor.

Vacíos.

Hasta lo que no es un abismo
se convierte en abismo
cuando te atrapa
y no eres capaz
de escapar.

28 de noviembre de 2011

¿Y si dejamos de pensar?

Puedes parar de llorar y preguntarte por qué lloras y que ninguna bombilla se encienda, quizá hasta se apague. Puedes querer ponerle cadenas a cosas abstractas, a cosas que incluso no son abstractas. Puedes engullir las cosas abstractas y ponerte un puto bozal en la boca. Puedes hacer millones de gilipolleces e incluso puedes no hacer nada, y pararte en seco y cuestionarte qué haces y para qué y más mierdas que no llevan a ningún sitio (igual que esto, pero bueno).

Una mosca revoloteando por aquí, un murmullo, estrellas y alguna que otra mirada inquisidora, y una gran luna roja, que unas veces calla y otras hace tanto ruido que parece que se ha ido.

Te quiero de tal modo, de verdad, de tal manera, que cualquiera diría lo que yo misma desmiento, pero no importa. Y podría decirte que tengo miedo, y eso tampoco sería mentira; pero no miedo a lo que vaya a pasar, miedo a mí, a mis niñerías y todas esas cosas. A que un día te des cuenta de que no soy tan estupenda, que ni siquiera te hago tan feliz, en ese momento podría ocurrir que me diera cuenta, que no era yo, sino contigo.

5 de noviembre de 2011

Puede serlo si queremos que lo sea.

A veces tienes una herida, pero el agua de la lluvia es dulce, las lágrimas son dulces, todo es jodidamente dulce, y hasta que no escuece no dices, hostias tengo una herida, y parece que hasta entonces no había sangrado en absoluto y ahora crees estar muriéndote. Ni si quiera pienso que sea verdad, todo. Quiero decir que creo que se puede mirar mintiendo, algo así como mentir para ver si el otro miente y entonces ambos mienten, o ninguno miente o qué sé yo. La verdad es que no sé mirar mintiendo, ni siquiera sé mirar a alguien a los ojos y mentir, creo que es un defecto. Y si acaso me diera por intentarlo fracasaría, se me nota cuando miento. Pero no se me nota cuando actúo, quiero decir, no se me nota cuando juego a ser alguien que no soy, y eso es muy divertido, incluso demasiado. Lo bueno es que con las personas que me importan soy yo misma, siempre. Con las personas que no me importan no porque me dan igual, por esa regla de tres no debería actuar porque esas personas me son indiferentes, pero por eso mismo actúo. Me son tan sumamente indiferentes que no quiero que sepan quién soy en realidad, sobre todo cuando ni yo sé quién soy en realidad. Temo que me conozcan. Como si tuviese infinidad de defectos, secretos y más mierdas. Quizá los tenga, quizá no. Pero dentro del abrigo se está más calentito. Y si tiene capucha y esa capucha te tapa los ojos puede ser maravilloso.

15 de agosto de 2011

Que tus hijos se conviertan en engendros.

Puedes sumar. Sumar uno más uno, cinco más cinco, veinte más veinte. Y que las caras de un poliedro se conviertan en las hipótesis de teorías que nunca se han formulado, porque nada es imposible cuando aprendes a hacer el amor con la mente.

29 de julio de 2011

Suponer, siempre suponer.

Supongo que no se trata de lo que quiera, o en el fondo sí. Siento como si tuviera que reaccionar ante estímulos que pasan desapercibidos por momentos, y luego me quedo revoloteando entre mis intenciones, o quizá sobre las intenciones de los demás, que pueden ser incluso peores. Palabras que no sé cómo encajar, o decisiones tanto propias como ajenas, y un hilo de repercusiones que es lo más parecido a una escalera de dominó. Tengo miedo a que me afecten las cosas, a que se rompa mi escudo, a que deje de parecer que todo van tan perfecto que no tengo que sostener mi coraza ni fingir mi sonrisa. Supongo que no se puede vivir así, ocultando las cosas que no soy capaz de moldear. Enmascarando emociones para que sus formas sean suaves y no raspen. Lo malo es cuando se trata de aquellos capaces de leer tus ojos, que por fortuna o por desgracia no son muchos, porque los ojos es lo único que una careta no es capaz de ocultar. Cuando alguien tiene la habilidad de sumergirse en tus pupilas no importa nada, ni los miedos, ni los impulsos, y dentro de ti estalla.

27 de junio de 2011

Mentalizarse no sirve para nada.

Se me juntan ahora tantas cosas que prefiero no abrir los ojos, aunque de este modo pasen desapercibidos los pequeños rayos de sol que se cuelan por las rendijas de mi persiana, aún bajada. No hay nada que me anime a levantarme, ni mucho menos a levantarme con una sonrisa. Me refriego con los puños mis ojos llenos de lágrimas y me aparto el pelo de la cara. Me siento increíblemente sola. Increíblemente sola y perdida. Como si se me hubiese roto la brújula justo cuando me encontraba atravesando una selva tropical del amazonas, y las circunstancias se apoderasen ahora de mí para hacerme sentir aún peor. Me sitúo en medio de un feroz huracán. Cada vez más débil, cada vez más hundida. Últimamente mi memoria a corto plazo me parece un chiste, y mi susceptibilidad ante los cambios convierte en vulnerables mis estados de ánimo. Me aterra esto. Parece que todo se me olvida, que me he despertado pero aún sigo dormida, y juraría que confundo lo real con lo que proviene de mi mente.

Me puse a leerlo y a darle vueltas a la forma en la que pudiste interpretar todas aquellas palabras que en algún momento plasmé, y que carecen de la suficiente importancia en estos momentos. Imaginé las miles de posibilidades que pudo engendrar tu ingenua cabeza, cuando en un impulso decidiste hacerlo. No me enfada que lo hicieras, me enfada más que lo hayas ocultado todo este tiempo impidiéndome que te explicara el significado de aquellos nombres y aquellos números. Pero no lo hiciste, y quizá desde ese momento te empezaran a torturar todas tus suposiciones.

Me empiezo a concienciar de que todo lo que tenga que pasar, pasará. Cada persona me dice cosas diferentes, y me destroza pensar que tengan razón. Que quizá el problema soy yo, y los problemas hay que cortarlos de raíz, sobre todo cuando llega este punto, en el que se hacen insostenibles. Y será un mal trago que ambos tenemos que pasar y será lo mejor. Tampoco me hagas caso, sabes que no lo pienso, pero tendré que empezar a engañarme con esto también, no me queda otra, tampoco me sirve de nada, nada me sirve de nada. Comprobarás lo optimista que estoy, pero si pudiese estar de otra manera lo estaría, que no te quepa la menor duda. Aún me quedan muchas cosas por decirte, y espero que a ti también.

26 de junio de 2011

Apercibiendo sensaciones.

Me siento como si intentase escapar continuamente. Como si mi único objetivo fuese evitar a ciertas personas, o algunas situaciones, o temas de conversación concretos. Todo me atemoriza. Se me olvida la máscara que me pongo cuando salgo a la calle y solo se me ocurre mentir a conocidos y extraños. Todo va bien, sonrisa aquí y sonrisa allá, y vuelta a casa y a pensar en lo mismo. No sé qué hacer para seguir. Cuanto más me atasco más me hundo, y más me cuesta y más me encierro. Estoy perdiendo la confianza en todo, hasta en mí misma, y parece que solo varios recuerdos tristes del pasado me hacen ponerme los zapatos y salir a recorrer mis penas. Evado mis propias preguntas, tus preguntas, sus preguntas. No me apetece dar explicaciones a nadie, no las necesitáis. Todo es tan confuso que me gustaría no haber entrado nunca en este círculo vicioso, que parecía inofensivo al principio y que ahora me obliga a caer en un  lamentable caos demente. Sigo buscando una salida que parece que no existe.

25 de junio de 2011

Divagaciones nocturnas.

Los pensamientos se agolpan en mi mente, unos sobre otros, como una montaña de piedras, unas enormes y otras más pequeñas, unas con los bordes cortantes y otras con los bordes redondeados, pero todas piedras al fin y al cabo, todos pensamientos, dolorosos o no. Empiezo a barajar posibilidades, sin saltarme ninguna, sin omitir los detalles, aunque siempre me quede atrapada entre dos de ellas, que me hacen reprocharme muchas cosas. Tengo tendencia a echarme todo en cara a mí misma, a ver mal todo lo que hago, pese a que esas cosas las haga más por los demás que por mí. Empiezo a pensar que es una locura, un salto al vacío quizá. Se me duerme el cuerpo de puro cansancio y mis ojos sueñan con cerrarse, pero mi mente sigue traspuesta, queriendo liberarse sin saber cómo ni de qué, preguntándose una vez más qué ha hecho para llegar otra vez al principio, y se siente tan perdida ahora que cualquiera diría que nunca se ha sentido así antes, olvidada de sí misma y con miedo a su propio miedo. Había demasiadas cosas que no iban bien, y quería continuamente que no lo pareciera, para idear así una increíble felicidad imaginaria que tardaba poco en difuminarse. Luchar contra el destino, siempre lo hice, y lo seguiré haciendo por ti, y aunque todo nos aleje. Tengo miedo a que el destino sea más fuerte que nosotros, tengo miedo a resignarme, a conformarme, a pensar que quizá sí. Que el dolor me hace pensar que debería actuar, puede que por ti, puede que por mí, y destruirme sea la única manera de que tú puedas flotar sobre mis restos y llegar a salvo. Los recuerdos son el bote salvavidas esta vez, el chubasquero para los días de lluvia, menos cuando decido deambular por mi cabeza, como si caminara descalza sobre un campo de minas que yo misma he construido y colocado estratégicamente en mis puntos más débiles, para que parezca que alejarme es la única forma de escapar de tanto sufrimiento, buscando lo mejor para ti sin saber qué es, ni adonde me lleva el camino, o adonde me llevas tú. Y a lo tonto a lo tonto me da por pensar que el amor es lo más fuerte del mundo, más fuerte que un huracán, más fuerte que la fuerza de atracción gravitaroria de los planetas, lo único capaz de movernos, y que parezca que llevamos toda nuestra vida detenidos en el mismo punto, pero felices porque seguimos juntos. Porque el amor es lo único capaz de quitarnos la vida y devolvérnosla, sabiendo que sin amor no somos nadie. 

Pienso que la gente se espera otras cosas de mí, y que les decepciono, una vez tras otra, y les hago daño. Parece que el tiempo pasa más rápido últimamente, y que los baches se van sumando junto a los errores, y la ansiedad de soledad me hace creer que hay gente que depende de mí, y yo sin embargo añoro no depender de nadie. Llego a la conclusión de que necesito irme sola a donde nadie me encuentre, porque no quiero ver a nadie, ni nadie me puede ayudar, y me gustaría contemplar la ciudad desde arriba, posando mis ojos en cada una de las diminutas luces que alumbran las calles de madrugada, y sentirme aún más pequeña rodeada de tanta inmensidad. Todo carece de sentido ahora, y buscarle un sentido lógico equivale a un desangramiento psicológico demasiado arriesgado para alguien tan débil como yo en estos momentos. Empiezo a buscarle sentido al vivir, un por qué y un para qué, sin caer en la cuenta de que al fin y al cabo, el sentido a la vida se encuentra en la unión de dos vidas sin sentido, en un lugar en el que la felicidad es un arma de doble filo.

19 de junio de 2011

Adiós.

Y dejo los textos importantes guardados en borradores, que nunca leerás, para decirte que a fin de cuentas es tu decisión, y podré ser la persona más inmadura del mundo, pero también tengo que hacer las cosas fáciles para mí, aunque me cueste y me duela. Que es lo que tú quieres contra mí, y este yo ya no opone resistencia, y que sea lo que quieras. No digas que haces las cosas por los dos, di que las haces por ti, porque yo voy a hacer las cosas por mí, hasta el punto en el que te lo haré tan sencillo que creerás que soy feliz, y con suerte saldremos ganando los dos. Porque al fin y al cabo siempre nos unieron cosas impares, y las cosas impares no pueden dividirse a la mitad, así que te dejo que te lleves el pico, que a mí se me clava. Y que te vaya bien la vida, que si cambio es porque el dolor nos hace cambiar, y si no soy la misma pues ya se acostumbrará quien se quiera acostumbrar y quien no pues nada. Que ya sabes cuánto de cabezona soy, y eso sí que no cambiará nunca, tampoco los recuerdos, pero eso es otro tema. No busques a la de siempre, te garantizo que no la encontrarás, porque para ti ha muerto, creo que incluso ha muerto para mí, como tú. Por mucho que me hagas intentar entrar en razón, ya conoces mis argumentos, así que no te molestes. Tampoco espero que lo hagas. Y sin más podría acabar agradeciéndote que me hicieras tan feliz, pero prefiero disculparme por hacerte tanto daño. Quizá nuestras vidas nunca debieron cruzarse.

Tu ausencia pesa demasiado.

Todo mi cuerpo se convierte en un mecanismo de autodefensa cuando llego al extremo. Salta un resorte y dentro de mí estalla un complejo conjunto de engranajes encargados de buscar una forma de salvarme. No importa el modo que sea, si es efectivo se vuelve válido. Un dolor nuevo, para disimular el dolor verdadero, para pensar menos en esa idea. Parecía que todo estaba conectado y preparado, que pasaría de nuevo, mil veces, mil y una, puede que más. El dolor de barriga parece un chiste si me quedo dormida y mi cerebro despierta, haciéndose él con el poder de masacrar las esperanzas latentes que aún quieren que sonría a base de mentiras del ayer. Y yo me quedo pálida y absorta bajo la tenue sombra que proyectan tus recuerdos en mi mente, como un fotograma de imágenes en blanco y negro, que me apetece volver a colorear con el sol que entra por mi ventana, cuyos rayos ya no iluminan mi túnel. Porque no tiene salida, porque vuelvo a estar donde no quiero, en mi opuesto, y solo seré capaz de salir si retrocedo y te digo que lamento que mis ganas de amarte pasaran desapercibidas entre los escoldos, pero esta herida comienza a escocer de nuevo y tu saliva me puede curar. Y parece que el equipaje de mano se me ha vuelto a perder en uno de esos muchos trenes que un día decidí coger sin motivo, porque ninguno me llevaba a mi destino, y ahora la amnesia me transporta a un estado de lamentable somnolencia y quiero que al despertar vuelvas a estar a mi lado. Que tu ausencia ya pesa demasiado y yo me hundo.


PD: Una entrada que en tiempos borré, y releyéndola ahora me parece un buen momento para hacerse un hueco y ver de nuevo la luz.

18 de junio de 2011

Déjame ser un poco ingenua.

Y vuelvo a quedarme hablando sola frente a la pantalla del ordenador, con los hombros encogidos y un par de lágrimas retándose para ver quién llega antes hasta mi barbilla. Me había creído las cosas de un mundo que yo misma me había inventado, inocentemente, al pensar que las cosas que imaginaba eran más fáciles de destruir que las que se iban volviendo verdaderas y quizá tangibles. Por eso empezaste a existir solo en mi mente. En ese vertedero con vía de escape hacia el corazón. Con altas probabilidades de metástasis o de provocar un paro cardíaco, o de inundar con lágrimas mis ojeras. Me resultó tan sencillo acostumbrarme a tus cosas buenas y adaptarme a las demás que habría dicho que por momentos encajábamos. Encajábamos dentro de nuestro propio caos. Siempre me gustó. El caos, quiero decir. Tu caos. Es irónico decir que encajen dos caos, pero juraría que así era, me atrevería a decir incluso que eran dos caos completamente distintos unidos por finas sonrisas los días impares y las tardes de domingo, por galletas y caricias, por películas las noches de tormenta y las que no. Y me siento incompleta ahora, y noto insuficiente esta entrada, por omitir tantas cosas necesarias, que deberías saber y prefiero que se me queden taladradas en la cabeza, por ti y por mí, por ahora.
Agacho la cabeza y pienso que no es lo que quiero, pero es lo que me queda.

13 de junio de 2011

Contrastes, como tu sonrisa y la mía.

A veces pienso que tengo un demonio en mi cabeza, quizá dos. Y que siempre se contradicen. Me preocupaba más en evadir preguntas que en formularlas, y lo único que lograba era girar sobre mi eje. El golpe hizo que mis ojos se abrieran desde dentro, el golpe psicológico, obviamente. No tengo por qué decir cosas con sentido, así que me veo en la necesidad de objetar que si mis nudillos comenzaban a tirar a bermellón no era porque hubiese decidido untármelos con ketchup, aunque podría ser. El sabor era igualmente bueno, para contrastar con algo posiblemente más agrio que se encontraba esparcido sobre mi masa cerebral, palpable en mi paladar imaginario. Ya lo decía Kurt, ¿quién necesita acción cuando tenemos palabras? Y un disparo al corazón no tiene por qué ser más doloroso que un puñado de letras bien ordenadas en el momento preciso, y acabarás por estar más muerto que vivo, o vivo sin poder morir, o qué sé yo. Ni siquiera sé si estamos vivos cuando no estamos muertos, porque puedes estar vivo y no vivir, y ya no tendría sentido esta majadería, o tendría más sentido que si no escribiera nada y estos pensamientos acabaran por incrustarse, como los pedazos de un cristal roto que podría rajarme en canal si me lanzara contra ellos sin apreciar sus bordes afilados y cortantes. Cortantes, sí. Como tú y puede que en ocasiones incluso como yo. Y no por ello dejo de tirarme de cabeza en tus pupilas en un intento, casi siempre fallido, por flotar en algo tan inmenso. Porque chapotear ya no sirve de nada, y acabo por acostumbrarme a aguantar la respiración y a sonreír con desgana. O con ganas fingidas, que viene a ser parecido. Mientras miro a otro lado para que no me delate mi mirada, que es la única incapaz de mentir, pese a los entrenamientos intensivos de no brillar cuando estoy triste, o todos esos atisbos que dejan al descubierto mi verdadero estado emocional. Sin darme cuenta de que el día que deje de ser un delito mi cárcel volveré a ser yo misma.

8 de mayo de 2011

Narcolepsia.

Por eso siempre llevaba algo de amoniaco y nectarinas. Y aquel agónico caos esquizofrénico tergiversaba su mundo y su percepción de las cosas. De un modo tan asombroso que no importaban las causas, o quizá las causas importaban más que cualquier otra cosa. Y el zarandeo se debía a su narcolepsia, que la perseguía por los túneles más oscuros de los recuerdos tenues de su infancia. Jugar al escondite era tan divertido cuando se encontraba en ese estado que las nubes se volvían los refugios perfectos, y no había nada que frenase su frenesí ascendente, hasta que volvía a encontrarse tranquila y sumisa mecida por su sonrisa.

Como si pudiera devorar tus miedos con la misma facilidad que mis miedos me devoran a mí, en vez de dejar a nuestros miedos devorarse entre ellos y seguir su ejemplo.

27 de abril de 2011

Los polos opuestos se tocan.

Hoy era uno de esos días de pensar mucho y hablar poco, o mejor dicho, de hablar con la persona adecuada. Sabía esas cosas igual que se sabe algo sin saber por qué se sabe o se deja de saber, le venía de dentro. En esos momentos, de pocas cosas estaba segura, excepto de una, pero prefería guardármela para mí misma. No dejaba de entrar y salir, de hacer y deshacer, de recordar y olvidar. Ya no me importaba el dolor, si siempre provenía del mismo lugar. Me sentía confundida, pero no tenía miedo, o al menos no el mismo miedo de antes ni con la misma intensidad. Pensé que la clave era ser constante, ante todo, como siempre lo había sido y jamás dejaría de serlo. 

En ocasiones me preguntaba si realmente debía preocuparme, o en el caso de que ya estuviera preocupada, si hacía bien en hacerlo. Acababa pensando que no, que no tenía motivos, y que si los tenía tampoco importaban, porque me acabaría conformando como una imbécil. Ojalá no fuese la única que estaba haciendo la imbécil en aquel momento, ojalá y dentro de una semana, ya no te acordaras de nada, y yo tampoco.

Esperaba que tus métodos de autoliberación mental, espiritual, emocional, o lo que pretendieras, realmente estuvieran mereciendo la pena. Y pese a todo, aunque me centrase en el hipotético caso de que todo fuera posible, quizá solo estaríamos volviendo al principio, donde un maldito pez de estanque se cree el rey del océano y su único objetivo es morder su propio anzuelo, sin que se de cuenta. En un intento por engañarte al pensar que todo te haría daño y todo haría daño a los demás, y que cualquier cadena acabaría asfixiando tus ganas de seguir viviendo. Por no sufrir, por no estropear algo de lo que ya solo quedan añicos y tristes promesas vendidas al porvenir, intentos vanos por salir del lodo en el que tú mismo te estás hundiendo de tanto zambullirte en el barrizal de tu memoria, por creerte alguien libre capaz de hacer esclavos a los demás de tu propio destino, criando recuerdos para arrancarte la nostalgia, en un continuo echar de menos cosas que creíamos que habían existido e incluso supimos palpables, pero que cuando íbamos a acariciarlas se difuminaban como meros espejismos de nuestro subconsciente. Temerosos de la felicidad y del miedo que nos ocasionaría, al pensar que puede llegar un día en el que los momentos dejen una huella imborrable sobre nosotros y sea entonces cuando nos empeñemos más que nunca en pensar que nunca existieron, y que ni tú formaste parte de mi vida ni yo de la tuya, aquel jueves de primavera por la tarde en el que te despediste de mí diciéndome que habías vuelto para quedarte, y sonaba a mis espaldas el agolpar de los recuerdos en mi mente, como figuras intangibles capaces de matar de dolor, mientras en el fondo de nosotros seguíamos amándonos a trompicones, como siempre, como nunca, demasiado tarde. En momentos de tristeza en los que el único consuelo era pensar que seríamos capaces de seguir nuestro propio camino de forma independiente, pálidos y ajenos de nuestro pasado, torturados por la idea de que éramos mucho más felices juntos, y que algún día nos volveremos a ver y nos habremos mentido tantas veces que diremos que definitivamente nunca sentimos nada el uno por el otro, que nunca habíamos deseado no separarnos jamás, ni salir de nuestro frenesí de felicidad infinita, pero que acabamos por creernos en al certeza de que lo más sencillo sería una vida propia. Con la verdad de que no queríamos volver a vernos, tú lo sabes tan bien como yo. Nos encerramos junto al miedo a sentir cosas bonitas, cosas tristes. Nos aislamos junto al miedo a sufrir sin saber que el dolor nace de nuestro propio miedo, porque ambas cosas están unidas por estrechos lazos. 

Pero en realidad fue tu parte lúgubre la que intervino para echarme de tu vida, en un ultimátum sin remitente, sin explicación, sin argumentos, tan diferente a las mil y una historias que nos habíamos inventado para escribir con el mismo puño y diferente tinta que nos quedamos como dos papeles arrugados en el fondo de una papelera, con las letras ilegibles formando sueños abstractos, como tú y como yo. Porque nos pasó como les pasa a todas las cosas bonitas, que cuando nos despertamos ya se han esfumado, y la melancolía nos fulmina, nos arrasa, nos destruye, junto con los recuerdos de una felicidad que tardó muy poco en llegar y se fue antes de que pudiéramos saborearla tan siquiera con el alma. Y la nostalgia no tarda en recordarnos que fuimos personas distintas y que corremos el riesgo de echar de menos nuestro yo de antaño, que es casi peor que echar de menos al yo que se va cuando estoy contigo, o al yo que echo de menos cuando estoy sin ti, cuando a fin de cuentas lo único que echo de menos es ser feliz. Como si ya no importara qué echo de menos, sino la sensación de necesitar algo que no tengo, y que cuando lo tengo no lo necesito o me queda demasiado grande. 

Sin embargo la única conclusión es que si echamos de menos es porque existió algo bonito que queremos volver a sentir, pero entonces aparece la frase que nos recuerda que los polvos duran una noche y la sífilis dura toda la vida. Y es como si todo lo que había pensado hasta entonces cayese al vacío y se hiciese pedazos. Pero no importa, porque siempre prevalece en mi memoria eso de que quien ama mucho habla poco, y eso me evoca cosas  como el hecho de que hay personas que necesitan continuamente hacer ver a los demás lo mucho que les quieren mientras se reafirman en que no pueden vivir sin ellos. A mí jamás me ha pasado, lo de tener esa necesidad de decir una y otra vez algo que se da por sentado con una mirada. No necesito una palabra de afecto porque yo sé cuándo una persona me quiere mucho antes de que haya abierto la boca para decir la primera palabra, porque a fin de cuentas son solo palabras. 

De todos modos hay personas que necesitan despertar para darse cuenta de quiénes les han amado con todo su corazón, y mientras malgastan el tiempo estando con la persona con la que creen querer estar, acabando en un inverosímil. Pero lo peor que les podría pasar a esas personas no es eso, sino que cuando llegue el día en el que de verdad sepan lo que quieren esa persona se haya ido para siempre, y sepan lo que es sufrir con el corazón, porque la vida es muy corta y la felicidad no se vende embotellada.

No importa el tiempo que pase, porque por ahora seguiré esperando, y quizá la ausencia de señales sea una señal, pero nos dijimos muchas cosas que no puedo olvidar, y tampoco quiero, o quizá sí. Pese a todo prefiero concienciarme de que mereció la pena invertir tantas miradas para dar giros inesperados a tu sonrisa traviesa. Porque te conocí, y en ningún momento pensé que llegaría a escribir nada sobre ti en un blog, hoy día 27 de abril a las 22:23, y de hecho se me pone la piel de gallina de pensarlo. De pensar que gracias a unas cuantas decisiones, buenas o menos buenas en su momento, pero siempre difíciles, te he conocido y estoy segura que eso ha hecho que no sea la misma persona, sino alguien completamente diferente que está haciendo algo completamente distinto a lo que habría hecho dadas otras circunstancias. Porque sí, algunos os preguntaréis que si estoy enamorada o cosas por el estilo, y yo os digo que no lo sé, pero que nunca he tenido la sensación de quererlo dar todo, o de no tener miedo, o de muchas cosas. Y sería realmente difícil que volviera a sentir esto por otra persona, es más, ni siquiera me imaginé con el coraje de llegar a sentir esto por alguien, ni mucho menos abrirme de este modo. Pero hay cosas que te crees que nunca vas a ser capaz de hacer o que nunca van a pasar, pero que acaban pasando y no te has dado ni cuenta ni has podido evitarlo y tampoco te habrías molestado en evitar si hubieras podido.

Ese momento en el que caes en la cuenta de que jamás conocerás a dos personas iguales, ni a dos personas que te hagan sentir de la misma manera, y ves que es posible llegar a sentir tanto amor, tanto miedo, tanto odio a la vez, provocados por una sola persona. Y si conociese a alguien, no os niego que no sentiría sensaciones únicas e irrepetibles con ella, pero serían amores distintos igual que son personas distintas, que pueden llegar a ser igual de hermosos, pero quiero una cosa y no la otra, y es ahí donde está la verdadera diferencia y el por qué estoy escribiendo esto y no algo diferente. 

Solo me queda decir que todos los idiotas nos enamoramos, y que merece la pena ser idiota entonces, porque solo los idiotas saben lo que es ser feliz, aunque sin lugar a dudas lo mejor de ser idiota es que puedes haces estupideces sin pensar en lo idiota que llegas a ser, y no tienes que pedir permiso ni el beneplácito de nadie para hacer todas esas estupideces que quieres hacer. Porque el día que tengamos que pedir permiso para enamorarnos nadie se enamorará. Se enamorarán los demás de nosotros, y los auténticos idiotas seremos nosotros mismos por no habernos enamorado. Y así como si nada he dicho un montón de cosas que se contradicen pero que acaban teniendo sentido si vas cambiando la perspectiva, porque como se suele decir: los polos opuestos se tocan, por la sencilla razón de que se crearon para tocarse.

26 de abril de 2011

Recuerdos que vienen y se van.

Subió las escaleras y ese olor a vainilla tan característico empezó a embriagarla. Nunca sabía de dónde venía, pero la verdad era que le encantaba, y aunque al principio sabía dulce, luego se asemejaba más a las barritas de incienso que de vez en cuando encendía su madre cuando aún vivían en el chalet, en esos días en los que el tiempo pasaba más despacio y un cambio parecía un suplicio. Se puso a recordar el olor al incienso de aquellos días de domingo, cuando se sentaba junto a la enorme boisserie del salón y encendía un palito de color púrpura o rojo, que eran sus preferidos, y entonces se entretenía observando cómo se consumía, casi sin parpadear, dejándose transportar por el olor e imaginando cosas sin sentido. Pensaba que las barritas de incienso se parecían mucho a las vidas de las personas, o al menos a la suya: se quemaba por un extremo, y se consumía dejando cenizas, siempre cenizas, hasta que ya no quedaba nada y la somnolencia duraba lo que tardaban en disiparse los aromas. No le gustaba pensar esas cosas, pero lo cierto era que lo hacía sin querer. No era capaz de controlar su mente, pero tampoco se molestaba en intentarlo.

Volvió al mundo real. Ella subiendo las escaleras y el olor a vainilla penetrando por cada poro de su piel. Llegó al descansillo y dejó la mirada perdida en el felpudo y sus manos pulsaron incesantes el timbre. Abrió su abuela, y se fue directamente a su dormitorio, tiró la mochila en un rincón y se tumbó encima de la cama. Las ganas de chillar se apoderaron de ella, pero resistió. A veces sabía controlarse, no siempre, pero algo había aprendido acerca de autocontrol después de tantos años de entrenamiento. Así que decidió hundir la cabeza en la almohada y aguantó la respiración, un poco más, un poco más...

22 de abril de 2011

Toda mi existencia es defectuosa.

Sería como tomar otro camino, el camino más largo, para evitar males peores. Sí, otra de esas entradas que cuando acabo de escribirlas no las entiendo ni yo pero me siento sorprendentemente mejor. 

Me gusta la frase de que más vale lo malo conocido, que lo bueno por conocer. Hoy, mientras divagaba, mientras atravesaba un camino que hacía tiempo que ni cruzaba, he dejado a mi mente que me torturase un poquito. Suena graciosa la forma en que lo he dicho, suena a dejarme hacer daño por compasión. Pero bueno, prosigamos, y pasemos por alto la posibilidad de que quizá las grandes creaciones surgen de su propia destrucción. Y así, como quien no quiere la cosa, digo todo y al mismo tiempo no estoy diciendo nada. Pero nada de nada. Me importa, es decir, estoy diciendo lo que quiero. 

A veces necesito sentirme. Sentir cosas, aunque sea mi propio dolor clavándose por debajo de mis uñas. He deseado morir muchas veces, casi tantas como las que he deseado matar, muchas menos de las que he deseado escapar. Nunca me encuentro sentido. Tampoco es que me lo busque, solo a veces, casi por inercia, me pregunto cosas y no encuentro ninguna respuesta. 

Me da miedo no encontrar respuestas, creo que es por eso por lo que no me hago preguntas y tampoco suelo hacerles preguntas a los demás. Es como si sintiera que vivo por vivir, y que si algún día desapareciera el mundo volvería a su orden normal. No, no vivo por vivir, lo he dicho sin pensar. Alguien que vive por vivir no tiene la capacidad de tomar las riendas de su vida, ni es capaz de cambiar el rumbo de la vida de los demás. A veces prefiero no tomarlas, las riendas digo, y dejar que todo ocurra al azar. Pero una cosa es la que prefiero y otra la que me sale, y la que me sale es la Ana impulsiva. La que si dice negro es negro, y ya puede venir el Papa a hacerle cambiar de idea, porque ni por esas. La que cogerá las riendas aunque se le escapen de las manos y la propia fuerza de fricción haga que se le desgarren las yemas de los dedos y se le levanten las postillas. La que luchará, ante todo, y jamás dejará al destino que haga su trabajo, porque es más divertido luchar contra él y sonreírle cuando le hayamos derrotado.

Me gusta como soy, no siempre, pero sé que no hay nadie como yo y eso me alegra. Yo sería capaz de tantas cosas que me aterra imaginarlo. Por eso en algunos momentos, casi siempre, me gusta pasar desapercibida, menos cuando no paso desapercibida, que lo hago con toda la intención y es una locura. Creo que si me pidieran que me describiera no sería capaz del todo, me saldrían pocos adjetivos, quizá me considere excéntrica y directa fundamentalmente, pero también soy una loca sin remedio, y disfruto siéndolo. 

Me acuerdo de una vez que me preguntaron si era dulce para esconder un corazón amargo, o amarga para esconder un corazón dulce, me hizo pensar mucho. Recuerdo que contesté que era amarga para esconder un corazón dulce, y no sé si es del todo cierto, pero en ese momento me pareció la más acertada. 

Me da miedo tomar decisiones, por eso casi siempre me dejo llevar por mis intuiciones y mis impulsos, que no suelen equivocarse. Odio las cosas premeditadas, odio planear un final perfecto, por eso no lo hago, y me parecen patéticas las personas que sí lo hacen. Los finales no existen, o eso pienso yo. Dentro de cada uno de nosotros hay un universo. Hay personas a las que les gusta escavar en su propio cosmos y descubrir planetas y constelaciones de estrellas, y se sienten orgullosas cuando crecen hacia adentro, como un sol en expansión, llevándose por delante los agujeros negros que les absorven la energía. Luego las hay que convierten su compleja integridad en algo austero, que tampoco está mal, pero yo soy más de complicarlo todo, es como darle encanto. Romper un castillo y hacer uno a tu manera con los mismos ladrillos. 

Es más, si hay dos caminos, y los dos me llevan al mismo sitio, y me garantizan que en uno tardaré la mitad, que es la vía fácil, que no me pasará nada emocionante en el trayecto; y que sin embargo, por el otro camino tardaré el doble pero viviré emociones intensas, cogería el segundo camino sin pensarlo. Sí, ese es mi problema, o no pienso, o pienso demasiado. Y cuando no pienso no sufro, pero son demasiadas veces las que necesito pensar aunque me implique sufrir, la mayoría de la gente es comerse la cabeza, rallarse, para mí no. Para mí no es malo ni algo que tenga que evitar, a mí me encanta pensar, bueno, en realidad no me gusta pensar por el hecho de sufrir cuando lo hago, pero nadie negará que amamos lo que nos hace sufrir, y mucho menos yo, que es ese mismo hecho el que me hace estar aquí escribiendo esta retahíla de cosas sin sentido. 

Aunque no tiene nada que ver el sufrimiento que nos produce nuestra mente con el sufrimiento que nos produce una persona, aunque al final todo los afluentes sean del mismo río, y si nos hace sufrir nuestra mente es porque hay una persona que pone en funcionamiento todo esa compleja unión de neuronas que forman nuestra materia gris, y si hay una sola persona en el mundo capaz de hacerlo, sí, amamos a esa persona. De todos modos, ¿sabéis qué? Todas las personas van a hacernos daño, solo tenemos que encontrar a la persona por quien merece la pena sufrir. Porque no hay nada más bonito que amar hasta el dolor, ni nada más sincero, y quién sabe, quizá tampoco nada más estúpido. Pero eso no significará que no merezca la pena, porque mi balanza se ha roto por el lado de las cosas positivas, una vez más.

20 de abril de 2011

Dejar de huir para empezar a escapar.

Todos los detalles que puedes encontrar solo están atrapados entre las sonrisas y las respiraciones.­ 

Y fue en ese momento cuando todo desapareció a su alrededor y sintió como si estuviera cayendo en un agujero metafórico de miedos irracionales. Le dio por pensar que huir y escapar no es lo mismo, aunque se parezcan, y que había dejado de huir para empezar a escapar. No entendía de dónde provenía ese amasijo de absurdas ideas y suposiciones. No entendía, tampoco, por qué decía lo siento por algo que debía ser como estaba ocurriendo, que ya no importaba. 

Recordó la noche anterior, yéndose a dormir con el rimmel corrido y el pelo mojado por la leve lluvia de fuera. Tenía un aspecto que dejaba mucho que desear, pero eso no era problema de nadie. Se desnudó y se quedó frente al espejo. Se veía a sí misma rota y sucia, herida por su propio sentimiento de culpa, por la tristeza que nacía de su miedo y le ahogaba las ganas. Estaba hecha un ovillo por dentro, como si su propia pena hiciera de cobijo interno, de chubasquero para las emociones. Parecía que se encontraba en medio de una feroz tormenta, pero sabía que todo lo malo era incluso más necesario que lo bueno, mucho más. Siguió mirándose en el espejo, la forma en que su pelo caía sobre sus hombros, su mirada triste y perdida, su sonrisa torcida en una mueca de desilusión. Frunció el ceño como si estuviera conteniendo las ganas de echar a llorar y apretó los labios, fingiendo dureza en su corazón. Fue a su cuarto como en un acto reflejo, tan reflejo que fue casi automático, y cogió de su armario la sudadera. Se la puso y el olor le tranquilizó incluso más rápido de lo que ella misma hubiese imaginado. No llevaba nada más debajo y sin embargo empezaba a tener calor, pensó que dormiría así, le apetecía. Apagó todas las luces de la casa y se metió en su dormitorio, dejando el flexo de su mesilla encendido y curvado hacia el techo, y le permitió a su mente volar mientras ella miraba una y otra vez las sombras que se proyectaban en las pareces de su habitación. Todo estaba en silencio y ese silencio era solo suyo, algo que le produjo felicidad por momentos, momentos que duraron demasiado poco. El tic-tac del reloj de su mesilla la distrajo de sus pensamientos, por lo que estiró el brazo y le quitó la pila para que dejase de sonar. Justo después apagó el flexo y se metió en la cama, buscando con sus pies quién sabe qué, quizá un poco de frío o un poco de calor, y acabó durmiéndose entre suspiros y sollozos.

10 de abril de 2011

Mariposas blancas por la mañana.

Le gustaba tentar a la suerte, mirarle a los ojos, sacarle la lengua, lanzarle un guiño. Se ponía de puntillas y erguía su cabeza para mirar por encima de su hombro y sentirse más alta, más miedosa. Dar zancadas de jirafa, y camuflarse entre sus lunares, porque a veces le apetecía jugar a ser el camaleón verde pistacho que enrolla la lengua y hace volteretas de canguro.

9 de abril de 2011

Aquella que se arropaba el alma con recuerdos.

Estuvo a punto de escribir lo que sería el punto y final de un personaje, pero prefirió meterse desnuda en la cama en busca del frío de las sábanas, dejando que su pelo le hiciera cosquillas por su espalda. Como si se tratara de miles de hormiguitas escalando hasta sus hombros y resbalando por sus curvas. Hasta que se quedó completamente dormida, entre suspiros con sabor a nectarina. 

Al día siguiente subió la persiana y rescató la primera sonrisa que encontró en su cajón, como un pececillo que chapotea en un océano inmenso de lágrimas. No sabía si acostumbrarse era bueno, pero algo le decía que no. Las cosas nunca se veían igual a través de su ventana, y eso le encantaba. Nunca eran las mismas personas ni las mismas prisas, al menos no siempre, y miraba a cada una de ellas como si quisiera leer en sus rostros sus problemas. A ella no le gustaban los problemas, pero tenía muchos. Tampoco le gustaban las mentiras y cada mañana se mentía a sí misma. Se decía que era bueno todo aquello. Que si la escalera tenía diez peldaños ya iba por el séptimo, pero siempre se sintió más feliz debajo de sus pestañas. 

Ahora se encontraba descansando sobre un rizo. Se alimentaba de su piel, que sabía como a miel. No le gustaba la miel, pero su piel sí. Le gustaba más cuando sabía salada como su sudor. Aunque en realidad el sabor era lo de menos, podía conformarse con su olor embriagador. Eso sí que le gustaba. Por eso más de una vez no tuvo frío, se arropó con los recuerdos. Ahora los recuerdos ya no eran lo mismo. El pasado no cambia, pero el mismo recuerdo puede actuar sobre alguien de forma diferente según pasan los días. Ella no quería cambiar nada de su pasado, quería cambiar su presente. 

Aspiraba a un abrazo por semana. Y con eso ya era casi feliz, aunque tuviese que bajar varios peldaños, un poco más arriba de su ombligo y por debajo de su nariz. Pero había un problema, como el de ahogarse en la profundidad de sus pupilas. Le había pasado muchas veces. Sería porque le gustaba correr riesgos y siempre se tiraba de cabeza y sin manguitos, cuando estaban a punto de desbordarse y le apetecía bucear en su amargura y hacerle cosquillas en forma de burbujas. Porque su sonrisa era de las cosas más bonitas que podía haber. La típica sonrisa que te gusta aunque tenga un trozo de espinaca entre los dientes. 

Podría ser que le miraba con buenos ojos, pero no tan buenos como parecía. Le divertía sacarle defectos para después gritar en su cabeza que seguía mereciendo la pena, aunque hacía tiempo que ya no se decía esas cosas. Ni a él ni a ella misma. Nunca decía esas cosas en alto, jamás. Pero se sabían, o eso creía ella. Porque una mirada decía muchas cosas, algunas malas y otras que te dan ganas de hacer las maletas y escapar de la policía para huir a alguna isla desierta. 

Era una persona que decía que nunca lloraba, por eso su almohada siempre estaba húmeda. Se mordía la lengua antes que mostrar una sola emoción que pudiera delatarla ante más de uno. Por eso su caparazón de madera se resquebrajaba con sorprendente facilidad y en cuanto esto ocurría tenía que ponerse manos a la obra para arreglarlo, porque si su caparazón se rompía ella se volvía vulnerable. Y no podía consentirlo.

Ahora estaba roto y solo una persona podía juntar las piezas, una persona que ni siquiera se imaginaba que sería el carpintero perfecto para alguien como ella. Alguien capaz de darle, incluso, alguna mano de pintura a su descolorido corazón.

 No todo le llega al que espera, también es necesario luchar

5 de abril de 2011

Impotencia, una vez más.

Comenzó a hablar y automáticamente sus ojos se clavaron en ella. Sin dejarla de mirar, haciendo que se aludiera a cada palabra que decía. Tenía un mal día. Se había levantado rara. Y no podía hacer nada para evitarlo ni para hacer que las cosas fueran a mejor, era consciente de eso. Sabía que lo malo no era sentirse rara, sino sentirse rara porque le faltara algo y no saber qué, era una de las cosas que más odiaba. O saber lo que era y no poder hacer nada para que esa cosa llene tu vacío, que es incluso peor. Porque no, no le importaba lo que le estuviera diciendo, por toda la razón del mundo que tuviera, lo que le angustiaba era el nudo que se le empezaba a formar en su garganta conforme más aguantaba las ganas de echar a llorar, por mucho que no quisiera hacerlo. Y al final sucedió lo inevitable, como siempre.

Papaya y almendras.

Veo los días demasiado lejanos. Y cuando llegan todo ocurre tan deprisa que parecen haberse esfumado antes de poder siquiera acariciar la felicidad con la yema de mis dedos. Me queda la sensación triste de que todo fueron meras ilusiones, sueños que descosieron botones, mentiras que ahorcaron corazones. Y me quedo quieta mientras el agua de la ducha me limpia la conciencia, y puedo oír pasos a mi espalda cuando en realidad es el agua colándose por el desagüe. Olor a papaya y almendras que me trae recuerdos, ya olvidé si buenos o malos, pero que siguen ahí escondidos para que no pueda echarlos. Y pensar que yo aún sigo aquí, lanzando miradas fugitivas al destino, poniéndole zancadillas a la suerte, dándole la mano al azar. Con una esperanzadora sonrisa negligente, acompañada de la inercia que me dice que no me vaya de tu lado. Tan ingenua como siempre y queriéndote con las mismas ganas o más.

4 de abril de 2011

Que todo parezca bonito sin serlo.

Las heridas sangran. Las personas no son tiritas ni tampoco desinfectan, por el contrario intoxican. No son abismos donde echar la pena ni cajones donde guardar la alegría. No son baúles sin fondo para coleccionar recuerdos. No son cajas de donde puedes sacar una sonrisa para ponerte cada día de la semana. No son todo eso que podríamos pensar. Ni tampoco podemos pretenderlo, nunca. Porque la mayoría de las personas son una pérdida de tiempo. Y cuando nos hayamos cosido la tristeza con la fuerza de un abrazo alguien nos soltará la mano y tirará del hilo, y se abrirá la brecha mientras sientes como tu piel se encharca de sangre y lágrimas entre las grietas y las arrugas, inundando los surcos de tu corazón, y te hará falta un beso para cicatrizar y no lo tendrás. Y al ir a echar la pena por el abismo se te olvidará que la tienes encadenada a una pierna y caerás por su peso junto a ella, y quizá mientras caigas al vacío te sientas libre, pero cuando llegues al fondo no creas que será fácil salir de ahí. Haciéndote cada vez más pequeñita y vulnerable, mientras te consumen las ganas de gritar y vomitar todo tu odio, en un intento vano por sobrevivir asfixiándote entre tus propias cenizas, que te tiñen el alma de negro. Y quizá mueras y seas más feliz. Ojalá.

29 de marzo de 2011

Rompámoslo todo a nuestro paso.

Había tanto silencio en la habitación que podía escucharse el tic-tac de su reloj, algo que le inquietaba y le relajaba casi a partes iguales. Podía recordar, por similitud, el pausado palpitar de su corazón y su cuerpo entre sus brazos. 
Y nítidamente iban viniendo a su mente todos esos momentos llenos de contrastes y tonalidades, sus emociones, el rumbo que iba tomando su vida y junto a ella sus sentimientos, y empezaba a dudar si se sentía con miedo o con fuerzas.
A veces le dolía, pero se conocía lo suficiente como para saber que era una parte necesaria en el proceso de hacerse un poco más inmune. 
Había días en los que no quería comer más y sus pupilas se quedaban dilatadas, sintiéndose como si no estuviera del todo despierta, y se olvidaba por completo de lo gratificante que podía llegar a ser cavar en sí misma y revolver todo lo malo hasta acabar salpicándolo hacia afuera, como un volcán que expulsa en pequeños fogonazos su lava más voraz. 
Los demás creían que estaba cada vez mejor desde su minúscula perspectiva de mediocres ignorantes, que era lo que debían ser todos ellos. 

En algunos momentos se llegaba a plantear, basándose en las dudas existenciales provenientes de lo más remoto de su subconsciente, el verdadero sentido de su vida, y era entonces cuando un inmenso vacío le acechaba para hundirla, aunque ella intentase hacerle frente con su sonrisa y su mirada rotas por la frustración. 
Ella sabía que el mañana no era opcional, o quizá sí; que le vigilaba la valentía, y que nunca iba a permitirse el lujo de renunciar a algo que le hiciese feliz, por mucho daño que pudiera causarle después. Porque la mejor felicidad, según ella, era la que se saboreaba a pequeños sorbitos, unos dulces y otros más amargos para compensar. 

Se sentía en la certeza de que igual que alguien puede sostenerte puede dejarte caer cuando menos te lo esperes, puede romperte, y lo que se rompe se rompe y es mejor dejarlo así, porque muchas veces nos cortamos las manos al intentar unir los pedazos de algo que se rompió hace mucho tiempo, y que ya no merece la pena arreglar. 
Puede que sea porque esa persona se ha marchado, pero sólo hay una cosa que ella odie más que alguien que le abandona, y es alguien que regresa. Más aún si pretende ocupar como si tal cosa el puesto que tenía dentro de la jerarquía de su corazón. 

Porque a veces nuestros padres nos dicen que llegaremos a ser los príncipes y los héroes que nos leen en los cuentos, ellos creen que nunca creceremos y podrán ocultarnos permanentemente lo dura que es la vida, no se plantean la posibilidad de que nos sintamos solos incluso estando al lado de la persona a la que amamos, y eso debería ser algo que tendrían que enseñarnos, enseñarnos a amar, porque queremos estar solos cuando no sabemos amar.

Incluso a veces simplemente se trata de un paso entre el miedo y una noche de diversión en la parte trasera de un Volvo, porque hasta lo que retrocede termina avanzando. Nada permanece igual. Y quizá el secreto erradique en hacer más con menos. Tener sexo salvaje, no pedir perdón y huir de los finales felices. Mejor simplemente vivir. Porque todo lo que digo es una metáfora de todo lo que no digo, y eso al fin y al cabo es decir demasiadas cosas.

Rompámoslo todo y sintamos el placer que produce ver nuestro alrededor absolutamente destruido.

20 de marzo de 2011

Hardcore.

Levantarse temprano guiada por las intuiciones y la falta de sueño. Conectarse y enredar, cotillear, pensar. Alguien que abre una conversación y pensamientos que se cruzan por mi mente. Una ducha rápida que me despeja las ideas, contradicciones. Mentiras, muchas mentiras. Aceptar las consecuencias, llevarse por delante las barreras. Cruzar la calle con los semáforos en rojo. Momento: "me da igual lo que piensen". Puntos suspensivos. Decisiones precipitadas, quién sabe, quizá acertadas. Llegar, hablar. (...) Planes. Comprar, traer, buscar, llevar, correr. Tranquilidad, comer, risas. Amigos. Película. Sábanas. Chicles. Sonidos. Ocurrencias. (...)

19 de marzo de 2011

Las ideas siendo desmontadas.

La música mezclada con el alcohol, con el calor de nuestros cuerpos y nuestras respiraciones entrecortadas. Los roces, las miradas descaradas. Las sonrisas acompañadas de besos en los aseos. Los bailes, los abrazos. La complicidad de una amiga. Los deseos y los impulsos. Las caricias, los muerdos por debajo de la piel. Las palabras expresando sentimientos. El miedo agarrado de la mano. Los dilemas, la luna llena. El aire, las pausas, la impotencia. Las personas, sus ánimos. El subidón. Los picos, las tonterías, la alegría. Las palomitas, la distancia, los vasos por el suelo. Las ideas siendo desmontadas.

18 de marzo de 2011

El todo que forma parte de mi nada, de mi nunca es suficiente.

Siempre me empeño en buscar excusas razonables a mi comportamiento irracional. No sé qué me pasa últimamente que hago todo del revés. Que soy una especie de globo que se va desinflando mientras va chocando contra todo, hasta que se queda sin forma olvidado en cualquier parte y ya nadie se molesta en buscarlo e inflarlo de nuevo. Cómo no, yo y mis comparaciones raras, pero así es. No sé, es una sensación extraña. Como si al hacer las cosas mal, al contrario, quizá fuese a sentirme mejor. Como si inconscientemente pensara que le hago un favor al resto por hacerles las cosas fáciles a quienes me las hacen difíciles. Vuelvo a mi complejo de cangrejo.
Dar marcha atrás para coger carrerilla y huir, que es lo que mejor se me da.

Estímulo -> Respuesta -> Consecuencia

16 de marzo de 2011

El camión de los helados hoy no viene porque ha llovido.

Se me da bien hacer como que se me da mejor. A veces ocurre por accidente. En otras ocasiones somos nosotros los que cambiamos de posición y pasamos a ver las cosas de forma diferente. Es como si empezaras a mascar una parte de tu vida y a hacer pompas con ella. Que te explote en la cara y te deje pegajosa de recuerdos. 
No sé qué hacer. ¿Sugerencias?

15 de marzo de 2011

Metafóricamente hablando.

Ya lo dijo alguien alguna vez, alguna cosa, y aún la tengo grabada en mi mente. No importa cuánto daño me haga a mí misma con tal de dejar de hacerte daño a ti. No importa. Necesito algo que no puedo conseguir, no es algo normal, no es sano. Repito, no importa. Nada de esto tiene sentido. Ni siquiera yo tengo sentido dentro de todo esto. Cómo saberlo a ciencia cierta. No importa. Da igual. Qué cosas digo algunas veces. O qué cosas pienso. O incluso lo que soy capaz de hacer. No lo entiendo. No debería. Tampoco quiero. Ni siquiera lo necesito. O tal vez sí. A lo mejor todos tengan razón o puede que los equivocados sean el resto. Ni lo sé ni me importa. Yo qué sé. Qué más da. Vale, las circunstancias me superan. Continuo cayendo en picado, ¿si tengo alas por qué no me esfuerzo en volar? No es pronto para decir adiós. Las mentiras son una soga que aprietan cada vez más fuerte y cuando me haya asfixiado, quizá muerta sea feliz.

14 de marzo de 2011

Supongamos que todo es mentira.

Sin duda sabía que la caída sería dura. No, dura no, durísima. Pero es lo que toca. Echémosle una tonelada de cinismo al asunto, sonrisas falsas y buenas caras. Que si son los estudios, exámenes suspensos, una mala racha, que si me duelen los ovarios, que hoy he dormido menos, que discutí con Menganito. 
Ella es una persona que nunca se rompe, que nunca está débil, que nunca llora y siempre sabe sobreponerse a las circunstancias. Ella es feliz, claro que lo es. Ella no siente que el mundo se le viene encima, ella nunca comete errores, ella siempre sabe tomar las decisiones acertadas, ella nunca se arrepiente, ella nunca echa de menos, ella nunca quiere hasta que le duele, ella nunca ha sentido compasión, ella no tiene sentimientos. Porque claro, sí, ojalá. Pero cambiemos de tema.

Supongamos que tenemos enfrente un león. Un león feo y terrible. Un león con enormes colmillos y garras. Supongamos que no hay nada que te separe del león, que en cualquier momento puede venir y morderte la yugular, en cualquier momento puede matarte. Supongamos que le miras entre asombrado y aterrado, que no le quitas ojo, que le mantienes la mirada por puro miedo. Supongamos que el león se toma tu mirada como una insinuación, como un desafío. Por suponer supongamos que se enamora de ti. Por último supongamos que no hemos supuesto nada de esto.

Porque sí, porque vale, porque lo reconozco. Que si pone prohibido es lo primero que hago, que si me dicen que no es que sí, que tengo la necesidad de hacer las cosas del revés, que me encanta equivocarme, que voy a contracorriente. Pero... dejémoslo en puntos suspensivos.

13 de marzo de 2011

Beberme el JB con Coca-Cola de tu mirada.

Hoy tengo ganas de gritar. De gritar al mundo entero que te quiero, que te necesito, que eres como ese alcohol que me corroe por dentro. Que quiero beberme el JB con Coca-Cola de tu mirada, alimentarme de tus besos, dormir abrazada a tu sonrisa descarriada. Dos mundos paralelos que se rozan, que saltan chispas y arde el odio en mis entrañas. El echarte de menos cuando estoy rodeada de gente y tú me faltas, que seas la razón de mis ganas de huir y de mi miedo a perderme y que no vengas a buscarme, de escapar a tu encuentro, de volver a tenerte enfrente, de no salirme las palabras, de romperme y volverme inerte. Cogerte la mano e irnos a descubrir los secretos que se esconden debajo de las olas. Que seamos juntos el impulso a nuestras ganas de vivir, y que lo hagamos todo intensamente. 
Debo confesarte que nos hemos salido del guión, que nos hemos saltado las normas, que me encantas más que nunca.

12 de marzo de 2011

Un mundo de pícaras miradas y sonrisas enlatadas.

Le escuché decir que las sonrisas podían enlatarse, sí, como el atún que su madre le echaba a la ensalada. Le oí decir, que los sentimientos los guardaba en cajas de cartón porque absorbían las humedades del corazón y los aislaba del frío. Le escuché decir, que embotellaba las lágrimas para bañar en ellas a sus peces de colores, y que se ponían más brillantes si las lágrimas eran de felicidad. Le oí decir, que los besos de mariposa daban buena suerte, y que tenía los deseos clavados con chinchetas en el corcho de su habitación. Decía, que las miradas pícaras le hacían cosquillas en los pies, y que prefería estar a medio metro sobre el suelo, porque allí estaba la cama, en vez de a tres metros sobre el cielo. Me reveló que a veces hablaba en voz alta para no sentirse sola, y que las paredes sabían mucho más de ella que la mayoría de las personas. También me contó que le encantaba estar siempre de un lado para otro, que de pequeña le decían que parecía que tenía hormigas en el culo, de tanto moverse. Se le escapó, con una tímida sonrisa, que nunca se olvida de los momentos importantes, aunque sean tan buenos que le de tristeza recordarlos, que es una melancólica perdida, y que le encanta darle besos en la frente a la gente que ama con toda su alma, y sólo a esas personas. Porque ella siempre amaba u odiaba con todo su ser, jamás le gustó las cosas hechas a medias, siempre estuvo dispuesta a darlo todo por sus seres queridos, tengan o no su sangre, porque su verdadera familia son las personas que le hacen feliz día a día y nunca le abandonan, tengan sus genes o no. Por eso hoy quiere darle las gracias a su pequeña gran familia, porque le debe todo a ellos, porque son su razón de levantarse cada día con una sonrisa, tener la esperanza de que hará algo emocionante con ellos, estar en la certeza de que están a su lado, y que son lo más grande y lo más bonito que existe, porque ellos son los pilares sobre los que se encuentra su mundo.

10 de marzo de 2011

Puede que otro día, si la Luna brilla.

Todo lo que podía darte se lo aposté al destino y lo he perdido.
Estoy entre la espada y la pared, o entre cuatro paredes y rodeada de puertas.
En cualquier caso, estoy atrapada, asfixiándome lentamente.
Cualquier rumbo que tome, cualquier camino, cualquier decisión.
Todo es demasiado determinante, y es necesario que lo haga.
Yo ya di y dejé todo y entregué mi alma al diablo.
La situación empieza a volverse preocupante.

Entonces pongo la música al máximo volumen.
Insonorizo los ruidos que retumban en mi cabeza.
Por un momento dejo la mirada perdida y pierdo el hilo de la canción.

"Es una antítesis, estoy desesperada, mejor ponerme al margen de los
sentimientos que huyen de los miedos que emergen.

Abusaré de la melancolía mientras muere nuestra melodía.

Espinas, garantías, utopías.

Y pienso que si suspiro es porque Cupido me clavó este arpón.

Las carcajadas se convierten en los ecos rotos de mis llantos crujiéndome el tórax."

Y así, a lo tonto, han pasado varias canciones y he llenado la hoja del diario de ralladas, muchas de las cuales ni me molesto en pasar aquí, ya sea porque son demasiado sinceras o directas, o porque no ibais a entender nada, y la gente que las entendiera no es necesario que lo sepa, o sí, da lo mismo, no sé. El otro tanto por ciento o termina en borradores de este blog, por tenerlo en algún sitio, o en mi otro blog, el privado, así que eso, nada más que añadir.

Suele pasar que cuando más cosas tienes que decir menos palabras te salen.

9 de marzo de 2011

00:27

Hoy parece de esos días en los que cualquier excusa es buena para escribir.
Me encuentro tumbada en la cama. Boca arriba.
Con los ojos abiertos y la mente en alerta.
Me da por pensar en la gente que aprecio, que quiero.
Aquellos que son necesarios en mi vida, imprescindibles.
Me pregunto si la gente que no necesita nada es feliz.
O si, por el contrario, esas personas se sienten muertas.
Y pienso en que hay vivos que están más muertos que los muertos.
Que cuando una persona está gris por dentro, no basta con pintarla de colores.
Que a veces, el problema, son los besos que le robaron las flores.

8 de marzo de 2011

Yo era una cucaracha y me maté sin querer.

Sería algo así como ir a una tienda de mascotas y comprarse el perro más bonito sólo para matarlo. Sí, parecerá una tontería, pero me ha dado por pensar eso. La gente sólo pide explicaciones, continuamente. Que si esto, que si lo otro, que si pitos y que si flautas. Empiezan a poner interrogantes a tus actuaciones y tú sólo observas el rumbo que van tomando sus vidas mientras sigues detenida en el mismo punto y tus sentimientos se fusionan y se destruyen entre ellos. Ardes por dentro, las lágrimas no salen porque se evaporan. Aprietas los puños y continuas mirando, cada vez más impotente, sin darte cuenta de que en realidad la que se aleja eres tú, con los pies quietos y las esperanzas marchitas. Es como tener todo lo que quieres en una jaula y ver que eso se muere poco a poco y lo único que puedes hacer es buscar desesperada la llave de la cárcel que tú misma creaste, ver morir lo que amas, y que una parte de ti se esté regocijando en el resentimiento.

3 de marzo de 2011

Las mariposas que se murieron de hambre y fueron comidas por las hormigas.

La gente le miraba de refilón, con sus sonrisas burlonas y sus descaradas miradas indiscriminadas. Ella avanzaba a paso lento entre la multitud, vagando triste por su mente, escondiendo con recelo sus sentimientos en pañuelos de papel manchados por tinta negra que formaba palabras ilegibles. Las mariposas se habían muerto de hambre y las hormigas se las habían comido, agujereándole el estómago y los bolsillos. La arena caía y caía sobre sus pies, formando montículos de tierra que la sumergían y engullían. Añoraba cosas, cosas que eran personas. A veces, muy de tarde en tarde, echaba de menos a su padre, sobre todo cuando hablaba de él. Se le atascaban las palabras y recordaba tiempo atrás, cuando en su propia debilidad las lágrimas surcaban los poros de su piel al contemplar veía un padre abrazando a su hijo, y venían a su mente, como un auténtico sistema defensivo preparado siempre ante un posible ataque, el recuerdo de una tarde en aquel parque, aquella llamada y su móvil haciéndose pedazos contra el asfalto de la carretera. Su impotencia y las miradas de quienes no la entendían. No les importaba, y si les importaba perdían el tiempo. Pero prefería no pensar en esas cosas, porque no se arrepentía de ninguna decisión, no solía arrepentirse jamás de sus decisiones. Porque aunque se diera el caso de que tomara una decisión equivocada, el error le haría crecer e incluso cambiar, y cualquier cambio es bueno tarde o temprano. 
Todo había cambiado desde entonces, concretamente en estos días atrás experimentaba sensaciones muy extrañas. Tenía la necesidad de refugiarse en su burbuja de jabón cada vez que alguien se acercaba demasiado, y hacía lo imposible para que esa persona no llegase a estar tan cerca como para romper su delicado espacio. Se aferraba a su mente, otra vez, refugiándose y haciéndose amiga inseparable de su música y sus cascos como terapia para escapar de su propio infierno. Necesitaba escribir cada cosa que se le pasaba por la cabeza, cada sentimiento nuevo o cada sentimiento que cambiaba, cada sensación,  cada emoción, cada estímulo y cada respuesta. Lo escribía todo en folios blancos que luego archivaba y revisaba tranquilamente en su casa, y muy poco de lo que escribía lo pasaba al blog, pese a que muchas personas le incitaran a hacerlo. A nadie debía importarle cómo se sintiera, porque se estaba volviendo una persona introvertida de nuevo, estaba débil, tenía miedo a romperse en cualquier momento, su imagen enérgica contrastaba con su apatía interna, que arrastraba un pesado cargamento de dudas e inseguridades, y nadie debía saber cómo se sentía en realidad. 
Ese día no fue menos, y su felicidad se basó en lo que se basa su felicidad de todas las mañanas: escribir lo que siente mientras ese maldito autobús le dirige rumbo al instituto, y nada más bajarse torcer a la izquierda, mirar hacia arriba y ver la Luna, que la tenía ya situada, y cada día veía su forma, si había crecido o menguado. En ese aspecto se parecía a ella, que continuamente cambiaba y ningún día era igual que el anterior. Un día sin Luna ya era un día diferente, ya se sentía diferente, que podía ser mejor o peor, igual que cuando había Luna Llena, que se sentía demasiado susceptible o por el contrario demasiado feliz, normalmente sin motivo. Siempre se había considerado una persona de extremos, de ideas cambiantes, de es negro o es blanco, o es gris para siempre. O es cualquier cosa que será distinta dentro de unos pocos segundos. Su cuerpo eran cambios continuos, por eso le encantaba pasar mucho tiempo haciendo turismo dentro de sí misma, tenía mucho que descubrirse, mucho que descubrir de la vida y del mundo. Y en su cabeza la palabra LIBERTAD sonaba en ese momento con más fuerza que ninguna otra. Empezaba a cansarse de que la trataran como alguien que no era, o de que la protegieran personas que ni siquiera tenían por qué preocuparse, cuando ni siquiera ella mostraba compasión, cuando se culpaba por todo y el único brillo que había en su rostro era el de su cínica sonrisa, complementando a su mirada perdida en ninguna parte.

22 de febrero de 2011

Nada es casualidad.

Odio tener días ñoños, o cursis, como queráis llamarlos. Este tipo de días me recuerdan que tengo sentimientos bonitos, si es que se puede considerar bonito un sentimiento. Porque a mí me da asco.
Y me entretengo a pensar todo esto mientras escucho las malditas canciones de mierda que suenan en el autobús y que hacen que se me revuelva la bilis de mi estómago, cuando en realidad debería estar repasando las putas ecuaciones logarítmicas. Me doy rabia, pero al mismo tiempo no me importa. Simplemente soy un desastre, ya lo tengo asumido. Y mientras escribo mierdas sin sentido, mientras mi mente fluye a través del bolígrafo convirtiendo en tinta mis pensamientos, me da por alzar la vista, ¿y qué me encuentro? Una pareja dándose el lote, y automáticamente pienso: "lástima que no tenga mi pistola a mano cuando la necesito".
Sí, lo siento, tengo un día rarísimo. Es como si me gustase y odiase todo a la vez. Como si huyera dando vueltas en círculos, como si... creo que he vuelto a perderme.

21 de febrero de 2011

Las melancolías que tenían cosquillas.

Se despertó y los recuerdos ya estaban acechándola, como cada día, y no tardaron en golpearla donde más le dolía. Le echaba de menos, pero eso no le importaba, en el fondo le gustaba echarle de menos. Deseaba pasar a su lado cada minuto de su miserable y sórdida existencia. Poco a poco volvía a sumergirse en la oscuridad, flotando entre sueños transversales de ideas paralelas, encadenada a su propia mente, a su propia destrucción, con un estado anímico al borde del colapso en la tristeza de las noches. Puede que aquello fuese todo, o que no fuese nada.
Se pasaba los dedos por los labios mientras acariciaba sus melancolías con las pestañas, le hacía cosquillas para verlas reír y le daba besos de mariposa, le parecía que aquella situación era una simpática imitación a los restos de recuerdos alegres que quedaban y que de vez en cuando le seguía proporcionando su subconsciente. Le gustaba recordar morbosamente sus colmillos, pese a que odiaba añorar el modo en que sus incisivos se clavaban y mordían  el corazón. Extrañaba su lengua lamiéndole las heridas que le habían hecho sus propios sentimientos contrapuestos. Sus manos arrancándole la ropa, desgarrándole las ganas, fluyendo en sus ojos el reflejo de las ansias por devorarle los miedos. Le encantaba poner su piel contra la suya y que ardieran, tanto hasta llegar al punto de fundirse en uno solo. Las lluvias de estrellas danzaban con los relámpagos sobre el negro escenario de la noche, donde la luna llena acaparaba todas las miradas de sus tímidas compañeras. Hasta que ellos dos llegaron y se convirtieron en los únicos protagonistas, convirtiéndose la luna en público, junto con sus amigas las estrellas, que ya habían cesado de bailar y se habían calmado para contemplar el espectáculo. Todas miraban atónitas como el amor se iba personificando entre dos cuerpo bañados en sudor y lujuria. Las estrellas parecían linternas diminutas y enfocaban directamente a su cínica sonrisa, que brillaba de tal forma que le hacía la competencia a los destellos plateados de nuestra amiga nocturna, curtida por los meteoritos que en su día quisieron besarla y acabaron hiriéndola y cambiándola para siempre. Igual que hacía él con ella. Sus besos eran meteoritos de fuego que le agujereaban el alma y le hacían arder, convirtiendo su ser en un enorme colador de cenizas donde se quedaban acumuladas las heridas, porque eran los restos más grandes y pesados, y la habían vuelto una persona triste y sombría, fría y oscura. Porque las personas son capaces de hacerte daño. 
Tanto, tanto, tanto daño.

13 de febrero de 2011

Las pirañas que le mordían las ganas de vivir.

No sabía qué le pasaba. Se sentía como si fuese una autómata, pequeña y vulnerable como tantas otras veces. Tenía la sensación de caminar sobre el borde de un precipicio gigantesco, con piedras y enormes picos acabados en puntas afiladas capaces de atravesarla como un palillo atraviesa un trozo de plastilina. Sentía curiosidad por lo que había en el fondo del abismo. Caminaba y se asomaba, y tenía miedo y empezaba a andar en círculos hasta que la curiosidad volvía a vencerle y el aire la empujaba en remolinos como si de una débil pluma se tratase, pero sin llegar a arrojarla por el barranco. Aunque nada de eso le importaba a ella. Se sentía sin vida. Como un zombie. Todo carecía de sentido. Le daba igual. Desgarrarse. Destruirse. Arruinarse. Y volvía a asomar sus ojos curiosos por el acantilado y veía algunas olas rompiéndose en el fondo. Y una voz dulce le decía que saltara, que no le pasaría nada. Ella quería hacerlo. Amaba las olas y su musicalidad. Quería tocarlas, bañarse en ellas, que el agua acariciase su cuerpo y sentise libre. Odiaba estar allí mirando hacia abajo con deseos que se hacían pedazos contra sus miedos. Malditas inseguridades que la dominaban y oprimían. Odiaba sentirse como un robot. Quería escapar. Sus pantalones estaban rotos y ensangrentados de tanto caerse allí arriba del acantilado en ese suelo escarpado y pedregoso, en esas ocasiones en las que andaba sin rumbo y chocaba contra la indiferencia de los demás y caía torpemente al suelo. Le sangraban las rodillas y tenía grapas en sus cicatrices, que cubrían casi todo su cuerpo. Su cerebro la torturaba en la peor cárcel de todas, su cabeza. Era en ese instante en el que comenzaba a analizarse a sí misma y se daba cuenta de que estaba perdida, y lloraba por dentro a la vez que su niña interior hacía un intento vano de luchar contra sus costillas, convirtiendose todo en una agonía mientras se ahogaba. Sentía la necesidad de librarse de aquello. Era tan grande su impotencia y su frustración que no le importaba de qué manera se las ingeniaría para escapar de allí con tal de hacerlo. Soñaba con sobrevolar las nubes y regocijarse en un poco de felicidad. Pero la realidad era que estaba a punto de caer a lo más profundo y oscuro de aquel abismo. Se planteó que quizá la solución fuese dejarse caer, golpearse y sangrar de verdad hasta el punto en el que no sintiera ninguna parte de su cuerpo. Morir flotando en aquellas aguas turbulentas o con un poco de suerte sobrevivir, pero escapar al fin y al cabo de su propio infierno. Ella no podía con todo eso. Con la presión. Luchaba incansable por lo que más quería sin importarle nada más. Luchaba contra el rugido atronador de los que no la entendían y menospreciaban. Porque amaba con locura y ese amor era el que le daba las fuerzas necesarias para seguir luchando, un amor puro que nacía de sí misma, saliendo a borbotones de las espinas que se hallaban incrustadas en su corazón y en lo más profundo de sus entrañas. Intentaba arrancarse aquel dolor y la sangre se acumulaba con fuerza. Las lágrimas se agolpaban en sus ojos mientras ella se rompía lentamente en su martirio. Y lloraba como jamás había llorado, lloraba con el corazón. Mientras el cerebro aguardaba silencioso el momento de contraatacar y destruir lo poco que quedaba vivo de ella, los sentimientos, que guardaba como el oro bajo grandes caparazones antibalas, y los mismos que tanto daño le estaban haciendo. Entonces los vacíos se comían unos a otros como si se tratase de una lucha entre pirañas, y sentía darse la vuelta dentro de sí misma y esconderse en un huequecito acobardada y silenciosa. Mirando con temor a todos lados. Sintiendo miedo de todas las personas, porque se sentía tan frágil que cualquier cosa le afectaba. Y después de tanta lucha, irremediablemente, se quedaba dormida sobre su cama, medio desnuda y boca abajo, mientras se abrazaba a sí misma y se balanceaba en su triste melancolía. Después, la luz de un nuevo día le devolvía a la realidad, y se tocaba la cara empapada y el pelo alborotado, al tiempo que intentaba erguirse a duras penas. Caminaba varios metros por su habitación tambaleándose mientras se aproximaba a mirar por la ventana, y veía a todas esas personas ajenas a ella, y sólo deseaba que alguien la abrazara y le susurrara que no pasaba nada, porque jamás en la vida volvería a sentirse tan sola. Ni sola ni sin él. Porque era el único capaz de acabar con las pirañas de su interior, esas pirañas que le mordían las ganas de vivir y las engullían con ansias.

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12 de febrero de 2011

Cuando echas algo de menos nada es suficiente.

Por eso en el amor nunca nada es suficiente, siempre vas a querer más. Sin lugar a dudas lo peor es echar de menos, sentir la sensación de que te encarcelas en tu mente y sólo esa persona tiene la llave para darte salida. El amor es así de complicado. Es normal. Cuanto más quieres más daño pueden causarte. En cambio, si te importase una grandísima mierda te pasarías todos esos quebraderos de cabeza por donde todos sabemos, pero no es el caso. Te importa, te preocupas, te das cuenta de que sinceramente esa persona es necesaria en tu vida. Lo que pasa es que el amor es una hijo de la gran puta, maldito, traicionero y rencoroso. No penséis que soy superficial, pero muchas veces no viene mal un polvo sin compromiso, mejor eso que nada. No hay sentimientos, sólo se pasa un buen rato. Aunque la gran mayoría de personas prefiera mezclarlo con sentimientos. Pero pensad una cosa, si es mutuo bueno, ¿pero eso cuántas veces ocurre? Casi siempre una persona tendrá más sentimientos que la otra, la balanza estará desequilibrada en la mayoría de las ocasiones, eso es lo malo.

10 de febrero de 2011

A veces nosotros mismos somos el diablo.

Miró al diablo a los ojos y le mintió. Sí, fue capaz, a pesar de que pensaba que nunca lo haría lo hizo, y se sintió mejor que nunca. Ella, mirando a aquel despreciable ser a sus ojos infinitos y diciéndole aquello. En ese momento se sentía orgullosa de sí misma, tan orgullosa que era feliz, aún sabiendo que se arrepentiría tarde o temprano. Pero le daba igual, necesitaba decir aquello. Siempre pensaba que las cadenas invisibles eran las peores, peores que las visibles, porque una cadena normal está ahí, y la tocas y puedes destruirla por mucho que cueste, pero las cadenas invisibles son muy distintas, no puedes destruirlas con la misma facilidad, cuesta mucho más, y a ella sólo se le ocurrieron las mentiras para escapar de allí. Ponerse su peor máscara y esconder cualquier sentimiento, que no fuese de venganza.
Simplemente decir que quizás pronto haga público mi otro blog, el privado, porque estoy un poco hasta las narices de todo, o quizá me lo piense mejor.

6 de febrero de 2011

Cinco.

No me gustan los números, ni las cifras, ni las fechas. Alguien dijo alguna vez que no recordamos nada de eso, que no se nos quedan grabadas en nuestras cabezas por sus dígitos, sino por los momentos que significan. Yo pienso que no se necesita fecha para los momentos, ni para los pasados ni para los futuros. Pero a veces una fecha no está nada mal cuando quieres marcar el principio de algo de una forma más simbólica e importante. Cuando te proponen que un cinco de febrero es un buen momento para empezar a plantearse las cosas de otra manera, y aceptas. Es entonces cuando marcas el comienzo de una historia, cuando no sabes si poner una coma, un punto o comprar una libreta nueva donde seguir escribiendo lo que se avecina. Pero eres feliz y sabes que esa persona va a ser feliz contigo, que vas a cuidarle y te va a cuidar, que estará a tu lado como tú lo estarás al suyo. Y sobre todo que le quieres por encima de todas las cosas.

4 de febrero de 2011

Café y ansias de libertad.

El "ding" del microondas la arrancó de sus pensamientos devolviéndola a la realidad. La taza de café a la que había estado dando vueltas de forma mecánica e inconsciente se derramó sobre el mantel de cuadros que cubría la mesa de la cocina. Se levantó mientras bufaba y cogió el paño que había en el fregadero. Lo retorció, lo pasó por la mesa y dejó caer la taza sobre varios platos sucios de la cena de anoche. Se sentó en la silla y volvió a hundir su cabeza entre sus manos. Cerró fuertemente los ojos y apretó las mandíbulas. Pasó un minuto, dos, cinco, diez. Se puso a soñar despierta, vagando entre las escasas esperanzas que tenía depositadas en su nuevo propósito, un propósito que le consumía, se planteó varias veces tirar la toalla. Recordó las tostadas. Se dirigió al microondas. Estaban frías. Volvió a darle para que volvieran a calentarse. Eran las tostadas de ayer. Se las había dejado su madre en la cocina antes de irse a trabajar con una nota que decía "desayuna, y no se te ocurra salir de casa". Precisamente eso necesitaba, que le dijeran qué no hacer, porque lo haría, hacía algunos días que tenía la extraña tendencia a hacer cosas que no debía. Había dejado las tostadas debajo del plato de macarrones aquella mañana para que su madre pensara que se las había comido, y poniéndose sus pantalones más desgastados, su sudadera más ancha y sus zapatos más cómodos, junto con su música y sus cascos, había salido a la calle a evadirse. Qué mierdas le importaba a ella si se ponía más mala o no. Si se enteraba su madre, si la reñían, si la castigaban. Qué le importaba todo eso si lo único que era capaz de hacerla sentir bien era huir de su maldita casa e irse lo más lejos posible. Ponerse a andar sin rumbo, perdiendo su mirada entre la gente, intentado olvidar el odio que sentía hacia sí misma y que parecía aplastarla poco a poco. Por eso necesitaba escapar de allí, de todo el mundo y de todos los lugares que pudieran traerle algún recuerdo. No podía seguir aguantando tanta culpabilidad sobre sus hombros. Tantos reproches, tanta ausencia de libertad, tanta falta de sinceridad. La situaciones la ahogaban, estaba perdiendo su esencia, su energía, los días apáticos ya no eran una novedad y lo único capaz de animarla eran alguna que otra tarde -o mañana- de aventuras con alguien de confianza. Sentirse querida, un poco menos sola. "Ding". Las tostadas. Sacudió la cabeza. Arrastró la silla por el suelo hasta que el ruido chirriante le perforó el tímpano y se levantó. Sacó las tostadas. Parecían cartón humeante. Abrió el mueble de debajo de la encimera y echó las tostadas al fondo de la basura. Debería haber hecho eso ayer, pero se le ocurrió pensar que quizá esa mañana le apetecerían, pero aquella agonía le quitaba el hambre. Últimamente la gente le decía que estaba más delgada y más alta. Se lo había dicho su abuela, su madre, el novio de su madre. Qué más da que estuviera más alta. Se fue a su cuarto y se metió en la cama, necesitaba energía si pensaba escaparse esa tarde en busca de un poco de... y mientras buscaba la palabra volvió a aparecer él entre sus pensamientos haciendo eco en sus heridas, "empatía", pensó, y se quedó dormida.

31 de enero de 2011

Te voy a echar de menos.

Me he levantado a esta hora sólo para releerlo. Ayer no me dio tiempo bien, y no he podido dormir dándole vueltas a todo en mi cabeza, necesitaba analizar cada palabra, cada coma, cada espacio, para sacarle el mayor sentido.

Yo sabía que esto pasaría, lo sabía de sobra. Y no quería darme cuenta, me engañaba como tantas otras veces. Pero yo te entiendo, o quiero pensar que te entiendo. No te echo nada en cara, no te guardo rencor. Si lo haces bien hecho está, tus motivos tienes y es lo mejor, y yo no puedo hacer nada para intentar cambiar eso.

No sé qué pensarás ahora, si intento hacer como si no me importase es por hacerte las cosas más sencillas, o por hacérmelas a mí, hacerme antes a la idea de esto. Que no hay marcha atrás y las cosas nunca volverán a ser lo que era.

Pero pese a todo quiero que sepas que aquí tienes una amiga, que no tengas en cuenta lo que haga de ahora en adelante, por favor, porque no sé qué haré para asimilar esto, pero no te preocupes. Que sepas que yo también te voy a echar de menos, y mucho, ya te estoy echando de menos. Que si hago como que me das igual, no te lo creas, porque si has sido una de las personas más importantes de mi vida eso no va a cambiar en una escasa semana, ni tampoco en muchas, es más, creo que siempre vas a ser importante en mi vida, aunque cambien los sentimientos. Quiero que sepas que nunca fuiste una carga para mí, jamás. Que si alguien lo fue fui yo, que si algún tren se descarriló fue el mío.

Y mientras escribía esto me he prometido no llorar y fíjate, casi podría decirse que ya me he desangrado por dentro.

30 de enero de 2011

A tomar por culo.

Pues eso, ya está. La gota que colmó el vaso si queréis llamarlo así. Aunque no haya ni gota ni vaso. Creo que voy a tirar la casa por la ventana. Que me he cansado. Mi paciencia no es eterna, y este momento tendría que llegar tarde o temprano. Quizá hubiese sido mejor que llegara antes pero cómo no, yo siempre comprensiva y empática buscando el porqué a tus razones. Y ya ni hay porqués ni hay razones. Porque no hay nada. Creo que las cosas van a cambiar bastante, o al menos eso me gustaría a mí. A veces puedo tomarme las cosas tan en serio que te sorprenderías de lo drástica que puedo llegar a ser. Pero en fin, si estamos con esas pues habrá que joderse y mirar hacia adelante, que hacia atrás ya dolió bastante.
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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.