Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


29 de enero de 2011

Miedos.

Casandra se despertó entre sudores y lágrimas. Estiró el brazo en un movimiento automático hacia su derecha y encendió el pequeño flexo que se retorcía en su mesilla de noche. Se frotó los ojos y se pasó las manos por el pelo echándose su preciosa melena castaña hacia un lado. Acababa de tener una pesadilla horrible, porque a ella le encantaban las pesadillas, pero no tanto si salía él. Entonces hizo un esfuerzo por recordar el sueño con los máximos detalles:

"Estaba ella y sus amigos en un lugar oscuro, una enorme puerta negra se abría ante ellos y al otro lado podían vislumbrarse varías puertas más que conducían a eternos pasadizos, o eso se pensaban. Los amigos se fueron aglomerando en la puerta principal y discutieron varios minutos sobre cuál puerta debería escoger cada uno. Pero él no hizo caso, no quería hacerles caso, le cogió la mano a Casandra y le susurró "vente conmigo, antes de que nos sigan", y se colaron rápidamente por una de las salidas. Al otro lado de la puerta la luz fue aumentando progresivamente y tuvieron que entrecerrar los ojos hasta que se acostumbraron a la iluminación, que se basaba en varias bombillas de bajo consumo repartidas a lo largo del ancho pasillo, que por lo que parecía comunicaba con los pasillos de las otras puertas. Las paredes eran blancas como la leche y parecían de un material muy poco resistente, ya que se podían oír las voces de los demás a través de ellas. Los dos avanzaron a lo largo del pasillo hasta que vieron que su extremo final se bifurcaba en dos estrechos túneles que estaban conectados con las salidas de otras dos puertas. El chico frenó en seco y Casandra se detuvo a pocos centímetros de él. De pronto él comenzó a hablar, la voz se le entrecortaba y hablaba con un tono muy bajo y suave, por lo que Casandra tuvo que acercarse a él aún más mientras le miraba muy fijamente, porque ella a menudo era capaz de leer más cosas en su mirada de las que su propia voz era capaz de decirle, así que miró muy adentro de sus ojos, buscando en su alma un poco de sinceridad. "Bésame, dime que me quieres, te necesito, no puedo perderte", comenzó diciendo. Casandra le miraba con incredulidad y ternura mientras continuaba escarbando es sus inmensas pupilas. No quería creerle, no podía, le había mentido tantas veces con las mismas palabras que tenía la sensación de vivir en una montaña de falsedades que la atormentaban y parecía crecer cada vez más. Pero en sus ojos notaba que decía la verdad, aquellos ojos verdosos, porque se le ponían aún más verdes cuando no mentía, complementaban con sus palabras, y la capa de lágrimas que cubría sus ojos se traspasó a la mirada de Casandra y se le formó un nudo en la garganta. No podía echarse a llorar ahora, aunque fueran lágrimas de felicidad. "Te quiero, sabes que te quiero, que para mí eres el único, que te necesito más que nunca". Y tras oír eso ambos se fusionaron en un fuerte abrazo, un abrazo verdadero, no de los que abrazan el cuerpo, sino de los que abrazan el corazón e incluso el alma. "Yo también te quiero, y de verdad" y Casandra se sintió la persona más feliz"

Tras recordar el sueño se le erizó la piel y tuvo ganas de romperse a llorar sobre su cama. De arroparse con las miles de mantas que había sobre su lecho y volverse a dormir. Pensar que no se había soñado aquello, o que hubiese pasado de verdad. Porque ella le quería de verdad y él lo único que sabía era ponerlo en duda, "eso le dices a todos", era su mejor excusa. Pero ella sabía que no sólo le quería como a nadie en el mundo, sino que a nadie le querría jamás del mismo modo al que le quería a él. Aunque lo peor no era eso, que ya bastante malo es, lo peor era que él no se daba cuenta, o prefería no darse cuenta. Por eso Casandra no sabía qué más hacer, porque intentaba ignorarle, pero luego se daba cuenta de que se mentía a sí misma y se rompía por dentro como una idiota. "¿Eres gilipollas Casandra? ¿vas a dejarle ir? ¿no vas a luchar como has luchado siempre por todo lo que querías? ¿no vas a demostrarle lo importante que es él para ti? ¿te vas a rendir?", se preguntaba a sí misma. "Él se merece que le demuestres algo, necesita una chispa, algo que le haga cuestionarse por lo menos si mereces la pena, aunque en el fondo él sabe que sí, porque te quiere de verdad pero prefiere engañarse y huir, en el fondo es un cobarde", le decía su optimista voz interior. ¿Pero y si le demuestro que le quiero de verdad y que haría todo lo que estuviese en mi mano por hacerle feliz y me deja de lado? ¿y si tiene miedo y huye y me deja tiritando y con los sentimientos desnudos? Porque Casandra sabía que él no quería un vínculo demasiado intenso con nadie, no quería atarse, ni cadenas, pero ella tampoco pensaba pedirle nada de eso, aunque al fin y al cabo siempre volvía a su mente la misma intuición de que acabaría pasándolo mal si le abría su corazón, y era en ese momento cuando echaba por tierra tanta valentía y sinceridad, para esconderse dentro de sí misma mientras sangraban sus heridas y el brillo de su mirada que decía que algo no iba bien chocaba contra su sonrisa de "soy la persona más feliz del mundo y no tengo problemas". Y nadie sabía que estaba destrozada, no quería que nadie lo supiera, no quería sufrir más ni contagiar su angustia a los demás, al fin y al cabo no le iba tan mal con esa máscara y no tendría miedo a que la traicionaran. Pero también tenía su lado negativo, y era que de ese modo él nunca sabría lo que ella sentía en realidad, aunque por un casual sintiesen algo parecido. Porque Casandra sabía que sólo tenía dos opciones, o decirle todo y correr el riesgo de que él se alejase de ella, o seguir en su pequeña y absurda escafandra de miedos interiores. Y aún así de vez en cuando por alguna extraña razón se le pasaba por la mente que él tenía el mismo miedo, y que se encontraba en una situación parecida a la de ella, y que si seguían así y ninguno abría un poquito su corazón o se entregaba iban a acabar pasándolo mal. O al menos Casandra ya no se encontraba demasiado bien en esa situación. Y a fin de cuentas siempre llegaba a la misma conclusión, y era que tantos miedos no la llevaban a ninguna parte, pero tampoco encontraba el modo de deshacerse de ellos.

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