Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


25 de enero de 2011

Otro día apático.

Y así a lo tonto a lo tonto estoy aquí en mi casa. Después de una noche eterna, sin poder dormir y con dolores de barriga. Madrugar, coger el autobús a las 7:30 a.m. y escribir hojas y hojas de mi querida libreta de las tapas transparentes, mis inquietudes, mis pensamientos. Ir hasta su casa y esa corta pero intensa conversación. Hasta que se va, y sólo se me ocurre dar vueltas por el parque, sin saber porqué, sin ganas de entrar en el instituto, viendo a la gente pasear con sus perros y la media luna en el cielo, y allí, debajo de toda esa inmensidad estaba yo pequeñita, sintiéndome fuerte y vulnerable por momentos. 
Se me pasó la hora y supe que no me dejarían entrar en clase, así que decidí hacer más tiempo, darle más vueltas a todo, porque en el fondo me la sudaba el instituto y me la sudaba todo. 
Pensé en ese momento que no le había visto pasar por donde siempre, así que fui a su portal, a eso de las 8:25 a.m., aún sabiendo que no estaría, que no le vería, que no hablaríamos, sólo por andar, por alejarme de allí. 
En ese momento tuve el impulso de coger un autobús e irme lo más lejos posible sólo para salir de aquella maldita atmósfera asfixiante. Se me pasaron miles de locuras por la cabeza, mientras mi mente se empeñaba en dar vueltas en círculos. 
Al cabo de un rato en su portal y ver que no bajaba recapacité, tenía que ir al instituto, no podía dejarme perder de esa manera, así que me fui con paso lento en dirección al enorme edificio blanco, quizá no estaba tan mal que estuviera en esa cárcel durante las dos escasas horas que pensaba estar allí. 
Porque no aguanto hasta el recreo, porque me hundo aquí dentro. 
Por suerte los dolores de barriga iban en aumento y no tendría que dramatizar demasiado para irme a casa, y enseguida saltaban los típicos que se creen que lo saben todo con lo de "seguro que es gripe", pues no, no es gripe, porque yo en mi vida he estado mala por gripe y no voy a ponerme mala ahora, es más, no es que sepa que no es por eso, es que sé por lo que es, y podríais ahorraros vuestra convicción. 
Acaban las dos horas y bajo las escaleras al mismo tiempo que hago el intento de poner mala cara, sin mucho esfuerzo. Llego a secretaría y  llamo a mi madre, a tomar por culo, me voy a mi casa y me rallo tranquila, y me tomo una pastilla o lo que sea, o me duermo, yo qué sé. 
Justo cuando la campana indica que se ha terminado el recreo aparece mi madre, en seguida le veo entrar por el enorme portón de madera y me voy hacia ella. "Ana, será gripe" es lo único que se le ocurre decirme, "no sé, he tenido temblores esta noche y mucho frío" le digo, intentando darle poca importancia, "entonces lo más probable es que sea gripe", "lo que tú digas mamá, pero en mi vida he tenido gripe..." 
Intento salir al paso de la conversación porque no me apetece darle explicaciones de nada, no sea que vaya a meter la pata con algún comentario. Nos montamos en el coche y  para evitar responder preguntas incómodas me hago la distraída mirando los coches y los transeúntes, y por un momento deseo ser una de esas personas que ni sienten ni padecen, que no se preocupan por nada, que no tienen aspiraciones, ni metas, pero tampoco miedo a fracasar, porque no tienen nada que perder, y tampoco hay alguien esperándoles en su casa cuando llegan después de un duro día de no hacer nada, sentir que nada me pesa, que un día si quiero puedo dejarlo todo y marcharme y nadie va a echarme de menos, que hoy estoy aquí y mañana quién sabe, pero sin nada que me ate. Sentirme libre.
Mi madre me deja en casa y se marcha de nuevo al trabajo, yo subo las escaleras y llego al portal, toco el timbre, "¿quién es?" preguntan al otro lado de la puerta, "soy yo", responde "¿quién es?" repiten, "abuela, que soy yo", por fin abre la puerta y pone cara de sorpresa, "me ha traído mamá, me encontraba mal" intento explicarle apresuradamente, "será gripe hija, cambiate y ponte algo cómodo, y vente aquí al salón conmigo" me dice para no variar,  "no me apetece, estoy bien así, mejor voy a mi cuarto", intento esquivar esta conversación también y abro la puerta de mi habitación, tiro la mochila encima de mi cama y enciendo el ordenador. Me meto en Tuenti, miro algún que otro perfil salteado, miro blogs, que por cierto me salen desordenados, y al principio creí que se me habían borrado. 
Me quedo empanada y reaparecen los dolores de barriga más fuerte todavía.
Ahora la verdad es que tengo un poco de hambre, pero me niego a comer nada, lo único que espero de lo que me queda de día es empeorar, no tener que ir mañana al instituto, porque no pienso ir, y si me obligan pues ya se me ocurrirá algo, o le echaré un poco de cuento al asunto. También espero hablar con él, necesito su ayuda, verle o al menos que me de su apoyo en estos momentos, sí, en estos momentos, como aquel al que se le ha muerto un ser querido.

1 comentario:

  1. Pfff... Qué emotivo, escribes muy fluido, me gusta. Además, me siento algo... identificada.

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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.