Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


22 de enero de 2011

Y aún así no todo es odio.

Odio cuando me hablas pero no quieres escucharme. No soporto tu sonrisa, ni que me mires así, con esa repugnante mezcla de cinismo y ternura que me incita a hacerte cosas que ni te imaginarías. Aborrezco esos pantalones que llevas, porque me gustas más cuando estás sin ellos. Me da tanto asco lo que siento, que hasta podría ayudarte en mi propia autodestrucción. Odio que me mientas, creerme tus mentiras y que me hagas mentir, que tengas razón en todo, o que intentes tenerla hasta cuando ambos sabemos que no la llevas. No aguanto que alegres mi vida, que tengas la habilidad de hacerme sonreír hasta enfadada, incluso cuando estoy triste por tu culpa. Pero lo que más odio es no tenerte cerca, porque la manera en la que nos besábamos era mejor que cualquier droga.

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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.