Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


22 de febrero de 2011

Nada es casualidad.

Odio tener días ñoños, o cursis, como queráis llamarlos. Este tipo de días me recuerdan que tengo sentimientos bonitos, si es que se puede considerar bonito un sentimiento. Porque a mí me da asco.
Y me entretengo a pensar todo esto mientras escucho las malditas canciones de mierda que suenan en el autobús y que hacen que se me revuelva la bilis de mi estómago, cuando en realidad debería estar repasando las putas ecuaciones logarítmicas. Me doy rabia, pero al mismo tiempo no me importa. Simplemente soy un desastre, ya lo tengo asumido. Y mientras escribo mierdas sin sentido, mientras mi mente fluye a través del bolígrafo convirtiendo en tinta mis pensamientos, me da por alzar la vista, ¿y qué me encuentro? Una pareja dándose el lote, y automáticamente pienso: "lástima que no tenga mi pistola a mano cuando la necesito".
Sí, lo siento, tengo un día rarísimo. Es como si me gustase y odiase todo a la vez. Como si huyera dando vueltas en círculos, como si... creo que he vuelto a perderme.

21 de febrero de 2011

Las melancolías que tenían cosquillas.

Se despertó y los recuerdos ya estaban acechándola, como cada día, y no tardaron en golpearla donde más le dolía. Le echaba de menos, pero eso no le importaba, en el fondo le gustaba echarle de menos. Deseaba pasar a su lado cada minuto de su miserable y sórdida existencia. Poco a poco volvía a sumergirse en la oscuridad, flotando entre sueños transversales de ideas paralelas, encadenada a su propia mente, a su propia destrucción, con un estado anímico al borde del colapso en la tristeza de las noches. Puede que aquello fuese todo, o que no fuese nada.
Se pasaba los dedos por los labios mientras acariciaba sus melancolías con las pestañas, le hacía cosquillas para verlas reír y le daba besos de mariposa, le parecía que aquella situación era una simpática imitación a los restos de recuerdos alegres que quedaban y que de vez en cuando le seguía proporcionando su subconsciente. Le gustaba recordar morbosamente sus colmillos, pese a que odiaba añorar el modo en que sus incisivos se clavaban y mordían  el corazón. Extrañaba su lengua lamiéndole las heridas que le habían hecho sus propios sentimientos contrapuestos. Sus manos arrancándole la ropa, desgarrándole las ganas, fluyendo en sus ojos el reflejo de las ansias por devorarle los miedos. Le encantaba poner su piel contra la suya y que ardieran, tanto hasta llegar al punto de fundirse en uno solo. Las lluvias de estrellas danzaban con los relámpagos sobre el negro escenario de la noche, donde la luna llena acaparaba todas las miradas de sus tímidas compañeras. Hasta que ellos dos llegaron y se convirtieron en los únicos protagonistas, convirtiéndose la luna en público, junto con sus amigas las estrellas, que ya habían cesado de bailar y se habían calmado para contemplar el espectáculo. Todas miraban atónitas como el amor se iba personificando entre dos cuerpo bañados en sudor y lujuria. Las estrellas parecían linternas diminutas y enfocaban directamente a su cínica sonrisa, que brillaba de tal forma que le hacía la competencia a los destellos plateados de nuestra amiga nocturna, curtida por los meteoritos que en su día quisieron besarla y acabaron hiriéndola y cambiándola para siempre. Igual que hacía él con ella. Sus besos eran meteoritos de fuego que le agujereaban el alma y le hacían arder, convirtiendo su ser en un enorme colador de cenizas donde se quedaban acumuladas las heridas, porque eran los restos más grandes y pesados, y la habían vuelto una persona triste y sombría, fría y oscura. Porque las personas son capaces de hacerte daño. 
Tanto, tanto, tanto daño.

13 de febrero de 2011

Las pirañas que le mordían las ganas de vivir.

No sabía qué le pasaba. Se sentía como si fuese una autómata, pequeña y vulnerable como tantas otras veces. Tenía la sensación de caminar sobre el borde de un precipicio gigantesco, con piedras y enormes picos acabados en puntas afiladas capaces de atravesarla como un palillo atraviesa un trozo de plastilina. Sentía curiosidad por lo que había en el fondo del abismo. Caminaba y se asomaba, y tenía miedo y empezaba a andar en círculos hasta que la curiosidad volvía a vencerle y el aire la empujaba en remolinos como si de una débil pluma se tratase, pero sin llegar a arrojarla por el barranco. Aunque nada de eso le importaba a ella. Se sentía sin vida. Como un zombie. Todo carecía de sentido. Le daba igual. Desgarrarse. Destruirse. Arruinarse. Y volvía a asomar sus ojos curiosos por el acantilado y veía algunas olas rompiéndose en el fondo. Y una voz dulce le decía que saltara, que no le pasaría nada. Ella quería hacerlo. Amaba las olas y su musicalidad. Quería tocarlas, bañarse en ellas, que el agua acariciase su cuerpo y sentise libre. Odiaba estar allí mirando hacia abajo con deseos que se hacían pedazos contra sus miedos. Malditas inseguridades que la dominaban y oprimían. Odiaba sentirse como un robot. Quería escapar. Sus pantalones estaban rotos y ensangrentados de tanto caerse allí arriba del acantilado en ese suelo escarpado y pedregoso, en esas ocasiones en las que andaba sin rumbo y chocaba contra la indiferencia de los demás y caía torpemente al suelo. Le sangraban las rodillas y tenía grapas en sus cicatrices, que cubrían casi todo su cuerpo. Su cerebro la torturaba en la peor cárcel de todas, su cabeza. Era en ese instante en el que comenzaba a analizarse a sí misma y se daba cuenta de que estaba perdida, y lloraba por dentro a la vez que su niña interior hacía un intento vano de luchar contra sus costillas, convirtiendose todo en una agonía mientras se ahogaba. Sentía la necesidad de librarse de aquello. Era tan grande su impotencia y su frustración que no le importaba de qué manera se las ingeniaría para escapar de allí con tal de hacerlo. Soñaba con sobrevolar las nubes y regocijarse en un poco de felicidad. Pero la realidad era que estaba a punto de caer a lo más profundo y oscuro de aquel abismo. Se planteó que quizá la solución fuese dejarse caer, golpearse y sangrar de verdad hasta el punto en el que no sintiera ninguna parte de su cuerpo. Morir flotando en aquellas aguas turbulentas o con un poco de suerte sobrevivir, pero escapar al fin y al cabo de su propio infierno. Ella no podía con todo eso. Con la presión. Luchaba incansable por lo que más quería sin importarle nada más. Luchaba contra el rugido atronador de los que no la entendían y menospreciaban. Porque amaba con locura y ese amor era el que le daba las fuerzas necesarias para seguir luchando, un amor puro que nacía de sí misma, saliendo a borbotones de las espinas que se hallaban incrustadas en su corazón y en lo más profundo de sus entrañas. Intentaba arrancarse aquel dolor y la sangre se acumulaba con fuerza. Las lágrimas se agolpaban en sus ojos mientras ella se rompía lentamente en su martirio. Y lloraba como jamás había llorado, lloraba con el corazón. Mientras el cerebro aguardaba silencioso el momento de contraatacar y destruir lo poco que quedaba vivo de ella, los sentimientos, que guardaba como el oro bajo grandes caparazones antibalas, y los mismos que tanto daño le estaban haciendo. Entonces los vacíos se comían unos a otros como si se tratase de una lucha entre pirañas, y sentía darse la vuelta dentro de sí misma y esconderse en un huequecito acobardada y silenciosa. Mirando con temor a todos lados. Sintiendo miedo de todas las personas, porque se sentía tan frágil que cualquier cosa le afectaba. Y después de tanta lucha, irremediablemente, se quedaba dormida sobre su cama, medio desnuda y boca abajo, mientras se abrazaba a sí misma y se balanceaba en su triste melancolía. Después, la luz de un nuevo día le devolvía a la realidad, y se tocaba la cara empapada y el pelo alborotado, al tiempo que intentaba erguirse a duras penas. Caminaba varios metros por su habitación tambaleándose mientras se aproximaba a mirar por la ventana, y veía a todas esas personas ajenas a ella, y sólo deseaba que alguien la abrazara y le susurrara que no pasaba nada, porque jamás en la vida volvería a sentirse tan sola. Ni sola ni sin él. Porque era el único capaz de acabar con las pirañas de su interior, esas pirañas que le mordían las ganas de vivir y las engullían con ansias.

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12 de febrero de 2011

Cuando echas algo de menos nada es suficiente.

Por eso en el amor nunca nada es suficiente, siempre vas a querer más. Sin lugar a dudas lo peor es echar de menos, sentir la sensación de que te encarcelas en tu mente y sólo esa persona tiene la llave para darte salida. El amor es así de complicado. Es normal. Cuanto más quieres más daño pueden causarte. En cambio, si te importase una grandísima mierda te pasarías todos esos quebraderos de cabeza por donde todos sabemos, pero no es el caso. Te importa, te preocupas, te das cuenta de que sinceramente esa persona es necesaria en tu vida. Lo que pasa es que el amor es una hijo de la gran puta, maldito, traicionero y rencoroso. No penséis que soy superficial, pero muchas veces no viene mal un polvo sin compromiso, mejor eso que nada. No hay sentimientos, sólo se pasa un buen rato. Aunque la gran mayoría de personas prefiera mezclarlo con sentimientos. Pero pensad una cosa, si es mutuo bueno, ¿pero eso cuántas veces ocurre? Casi siempre una persona tendrá más sentimientos que la otra, la balanza estará desequilibrada en la mayoría de las ocasiones, eso es lo malo.

10 de febrero de 2011

A veces nosotros mismos somos el diablo.

Miró al diablo a los ojos y le mintió. Sí, fue capaz, a pesar de que pensaba que nunca lo haría lo hizo, y se sintió mejor que nunca. Ella, mirando a aquel despreciable ser a sus ojos infinitos y diciéndole aquello. En ese momento se sentía orgullosa de sí misma, tan orgullosa que era feliz, aún sabiendo que se arrepentiría tarde o temprano. Pero le daba igual, necesitaba decir aquello. Siempre pensaba que las cadenas invisibles eran las peores, peores que las visibles, porque una cadena normal está ahí, y la tocas y puedes destruirla por mucho que cueste, pero las cadenas invisibles son muy distintas, no puedes destruirlas con la misma facilidad, cuesta mucho más, y a ella sólo se le ocurrieron las mentiras para escapar de allí. Ponerse su peor máscara y esconder cualquier sentimiento, que no fuese de venganza.
Simplemente decir que quizás pronto haga público mi otro blog, el privado, porque estoy un poco hasta las narices de todo, o quizá me lo piense mejor.

6 de febrero de 2011

Cinco.

No me gustan los números, ni las cifras, ni las fechas. Alguien dijo alguna vez que no recordamos nada de eso, que no se nos quedan grabadas en nuestras cabezas por sus dígitos, sino por los momentos que significan. Yo pienso que no se necesita fecha para los momentos, ni para los pasados ni para los futuros. Pero a veces una fecha no está nada mal cuando quieres marcar el principio de algo de una forma más simbólica e importante. Cuando te proponen que un cinco de febrero es un buen momento para empezar a plantearse las cosas de otra manera, y aceptas. Es entonces cuando marcas el comienzo de una historia, cuando no sabes si poner una coma, un punto o comprar una libreta nueva donde seguir escribiendo lo que se avecina. Pero eres feliz y sabes que esa persona va a ser feliz contigo, que vas a cuidarle y te va a cuidar, que estará a tu lado como tú lo estarás al suyo. Y sobre todo que le quieres por encima de todas las cosas.

4 de febrero de 2011

Café y ansias de libertad.

El "ding" del microondas la arrancó de sus pensamientos devolviéndola a la realidad. La taza de café a la que había estado dando vueltas de forma mecánica e inconsciente se derramó sobre el mantel de cuadros que cubría la mesa de la cocina. Se levantó mientras bufaba y cogió el paño que había en el fregadero. Lo retorció, lo pasó por la mesa y dejó caer la taza sobre varios platos sucios de la cena de anoche. Se sentó en la silla y volvió a hundir su cabeza entre sus manos. Cerró fuertemente los ojos y apretó las mandíbulas. Pasó un minuto, dos, cinco, diez. Se puso a soñar despierta, vagando entre las escasas esperanzas que tenía depositadas en su nuevo propósito, un propósito que le consumía, se planteó varias veces tirar la toalla. Recordó las tostadas. Se dirigió al microondas. Estaban frías. Volvió a darle para que volvieran a calentarse. Eran las tostadas de ayer. Se las había dejado su madre en la cocina antes de irse a trabajar con una nota que decía "desayuna, y no se te ocurra salir de casa". Precisamente eso necesitaba, que le dijeran qué no hacer, porque lo haría, hacía algunos días que tenía la extraña tendencia a hacer cosas que no debía. Había dejado las tostadas debajo del plato de macarrones aquella mañana para que su madre pensara que se las había comido, y poniéndose sus pantalones más desgastados, su sudadera más ancha y sus zapatos más cómodos, junto con su música y sus cascos, había salido a la calle a evadirse. Qué mierdas le importaba a ella si se ponía más mala o no. Si se enteraba su madre, si la reñían, si la castigaban. Qué le importaba todo eso si lo único que era capaz de hacerla sentir bien era huir de su maldita casa e irse lo más lejos posible. Ponerse a andar sin rumbo, perdiendo su mirada entre la gente, intentado olvidar el odio que sentía hacia sí misma y que parecía aplastarla poco a poco. Por eso necesitaba escapar de allí, de todo el mundo y de todos los lugares que pudieran traerle algún recuerdo. No podía seguir aguantando tanta culpabilidad sobre sus hombros. Tantos reproches, tanta ausencia de libertad, tanta falta de sinceridad. La situaciones la ahogaban, estaba perdiendo su esencia, su energía, los días apáticos ya no eran una novedad y lo único capaz de animarla eran alguna que otra tarde -o mañana- de aventuras con alguien de confianza. Sentirse querida, un poco menos sola. "Ding". Las tostadas. Sacudió la cabeza. Arrastró la silla por el suelo hasta que el ruido chirriante le perforó el tímpano y se levantó. Sacó las tostadas. Parecían cartón humeante. Abrió el mueble de debajo de la encimera y echó las tostadas al fondo de la basura. Debería haber hecho eso ayer, pero se le ocurrió pensar que quizá esa mañana le apetecerían, pero aquella agonía le quitaba el hambre. Últimamente la gente le decía que estaba más delgada y más alta. Se lo había dicho su abuela, su madre, el novio de su madre. Qué más da que estuviera más alta. Se fue a su cuarto y se metió en la cama, necesitaba energía si pensaba escaparse esa tarde en busca de un poco de... y mientras buscaba la palabra volvió a aparecer él entre sus pensamientos haciendo eco en sus heridas, "empatía", pensó, y se quedó dormida.
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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.