Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


4 de febrero de 2011

Café y ansias de libertad.

El "ding" del microondas la arrancó de sus pensamientos devolviéndola a la realidad. La taza de café a la que había estado dando vueltas de forma mecánica e inconsciente se derramó sobre el mantel de cuadros que cubría la mesa de la cocina. Se levantó mientras bufaba y cogió el paño que había en el fregadero. Lo retorció, lo pasó por la mesa y dejó caer la taza sobre varios platos sucios de la cena de anoche. Se sentó en la silla y volvió a hundir su cabeza entre sus manos. Cerró fuertemente los ojos y apretó las mandíbulas. Pasó un minuto, dos, cinco, diez. Se puso a soñar despierta, vagando entre las escasas esperanzas que tenía depositadas en su nuevo propósito, un propósito que le consumía, se planteó varias veces tirar la toalla. Recordó las tostadas. Se dirigió al microondas. Estaban frías. Volvió a darle para que volvieran a calentarse. Eran las tostadas de ayer. Se las había dejado su madre en la cocina antes de irse a trabajar con una nota que decía "desayuna, y no se te ocurra salir de casa". Precisamente eso necesitaba, que le dijeran qué no hacer, porque lo haría, hacía algunos días que tenía la extraña tendencia a hacer cosas que no debía. Había dejado las tostadas debajo del plato de macarrones aquella mañana para que su madre pensara que se las había comido, y poniéndose sus pantalones más desgastados, su sudadera más ancha y sus zapatos más cómodos, junto con su música y sus cascos, había salido a la calle a evadirse. Qué mierdas le importaba a ella si se ponía más mala o no. Si se enteraba su madre, si la reñían, si la castigaban. Qué le importaba todo eso si lo único que era capaz de hacerla sentir bien era huir de su maldita casa e irse lo más lejos posible. Ponerse a andar sin rumbo, perdiendo su mirada entre la gente, intentado olvidar el odio que sentía hacia sí misma y que parecía aplastarla poco a poco. Por eso necesitaba escapar de allí, de todo el mundo y de todos los lugares que pudieran traerle algún recuerdo. No podía seguir aguantando tanta culpabilidad sobre sus hombros. Tantos reproches, tanta ausencia de libertad, tanta falta de sinceridad. La situaciones la ahogaban, estaba perdiendo su esencia, su energía, los días apáticos ya no eran una novedad y lo único capaz de animarla eran alguna que otra tarde -o mañana- de aventuras con alguien de confianza. Sentirse querida, un poco menos sola. "Ding". Las tostadas. Sacudió la cabeza. Arrastró la silla por el suelo hasta que el ruido chirriante le perforó el tímpano y se levantó. Sacó las tostadas. Parecían cartón humeante. Abrió el mueble de debajo de la encimera y echó las tostadas al fondo de la basura. Debería haber hecho eso ayer, pero se le ocurrió pensar que quizá esa mañana le apetecerían, pero aquella agonía le quitaba el hambre. Últimamente la gente le decía que estaba más delgada y más alta. Se lo había dicho su abuela, su madre, el novio de su madre. Qué más da que estuviera más alta. Se fue a su cuarto y se metió en la cama, necesitaba energía si pensaba escaparse esa tarde en busca de un poco de... y mientras buscaba la palabra volvió a aparecer él entre sus pensamientos haciendo eco en sus heridas, "empatía", pensó, y se quedó dormida.

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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.