Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


21 de febrero de 2011

Las melancolías que tenían cosquillas.

Se despertó y los recuerdos ya estaban acechándola, como cada día, y no tardaron en golpearla donde más le dolía. Le echaba de menos, pero eso no le importaba, en el fondo le gustaba echarle de menos. Deseaba pasar a su lado cada minuto de su miserable y sórdida existencia. Poco a poco volvía a sumergirse en la oscuridad, flotando entre sueños transversales de ideas paralelas, encadenada a su propia mente, a su propia destrucción, con un estado anímico al borde del colapso en la tristeza de las noches. Puede que aquello fuese todo, o que no fuese nada.
Se pasaba los dedos por los labios mientras acariciaba sus melancolías con las pestañas, le hacía cosquillas para verlas reír y le daba besos de mariposa, le parecía que aquella situación era una simpática imitación a los restos de recuerdos alegres que quedaban y que de vez en cuando le seguía proporcionando su subconsciente. Le gustaba recordar morbosamente sus colmillos, pese a que odiaba añorar el modo en que sus incisivos se clavaban y mordían  el corazón. Extrañaba su lengua lamiéndole las heridas que le habían hecho sus propios sentimientos contrapuestos. Sus manos arrancándole la ropa, desgarrándole las ganas, fluyendo en sus ojos el reflejo de las ansias por devorarle los miedos. Le encantaba poner su piel contra la suya y que ardieran, tanto hasta llegar al punto de fundirse en uno solo. Las lluvias de estrellas danzaban con los relámpagos sobre el negro escenario de la noche, donde la luna llena acaparaba todas las miradas de sus tímidas compañeras. Hasta que ellos dos llegaron y se convirtieron en los únicos protagonistas, convirtiéndose la luna en público, junto con sus amigas las estrellas, que ya habían cesado de bailar y se habían calmado para contemplar el espectáculo. Todas miraban atónitas como el amor se iba personificando entre dos cuerpo bañados en sudor y lujuria. Las estrellas parecían linternas diminutas y enfocaban directamente a su cínica sonrisa, que brillaba de tal forma que le hacía la competencia a los destellos plateados de nuestra amiga nocturna, curtida por los meteoritos que en su día quisieron besarla y acabaron hiriéndola y cambiándola para siempre. Igual que hacía él con ella. Sus besos eran meteoritos de fuego que le agujereaban el alma y le hacían arder, convirtiendo su ser en un enorme colador de cenizas donde se quedaban acumuladas las heridas, porque eran los restos más grandes y pesados, y la habían vuelto una persona triste y sombría, fría y oscura. Porque las personas son capaces de hacerte daño. 
Tanto, tanto, tanto daño.

2 comentarios:

  1. Me encanta este blog y ni te digo el escrito!
    Voy a seguir tus pasos, espero que de vez en cuando pases por el mío ^^
    un abrazo de oso amoroso! :)

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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.