Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


22 de febrero de 2011

Nada es casualidad.

Odio tener días ñoños, o cursis, como queráis llamarlos. Este tipo de días me recuerdan que tengo sentimientos bonitos, si es que se puede considerar bonito un sentimiento. Porque a mí me da asco.
Y me entretengo a pensar todo esto mientras escucho las malditas canciones de mierda que suenan en el autobús y que hacen que se me revuelva la bilis de mi estómago, cuando en realidad debería estar repasando las putas ecuaciones logarítmicas. Me doy rabia, pero al mismo tiempo no me importa. Simplemente soy un desastre, ya lo tengo asumido. Y mientras escribo mierdas sin sentido, mientras mi mente fluye a través del bolígrafo convirtiendo en tinta mis pensamientos, me da por alzar la vista, ¿y qué me encuentro? Una pareja dándose el lote, y automáticamente pienso: "lástima que no tenga mi pistola a mano cuando la necesito".
Sí, lo siento, tengo un día rarísimo. Es como si me gustase y odiase todo a la vez. Como si huyera dando vueltas en círculos, como si... creo que he vuelto a perderme.

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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.