Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


3 de marzo de 2011

Las mariposas que se murieron de hambre y fueron comidas por las hormigas.

La gente le miraba de refilón, con sus sonrisas burlonas y sus descaradas miradas indiscriminadas. Ella avanzaba a paso lento entre la multitud, vagando triste por su mente, escondiendo con recelo sus sentimientos en pañuelos de papel manchados por tinta negra que formaba palabras ilegibles. Las mariposas se habían muerto de hambre y las hormigas se las habían comido, agujereándole el estómago y los bolsillos. La arena caía y caía sobre sus pies, formando montículos de tierra que la sumergían y engullían. Añoraba cosas, cosas que eran personas. A veces, muy de tarde en tarde, echaba de menos a su padre, sobre todo cuando hablaba de él. Se le atascaban las palabras y recordaba tiempo atrás, cuando en su propia debilidad las lágrimas surcaban los poros de su piel al contemplar veía un padre abrazando a su hijo, y venían a su mente, como un auténtico sistema defensivo preparado siempre ante un posible ataque, el recuerdo de una tarde en aquel parque, aquella llamada y su móvil haciéndose pedazos contra el asfalto de la carretera. Su impotencia y las miradas de quienes no la entendían. No les importaba, y si les importaba perdían el tiempo. Pero prefería no pensar en esas cosas, porque no se arrepentía de ninguna decisión, no solía arrepentirse jamás de sus decisiones. Porque aunque se diera el caso de que tomara una decisión equivocada, el error le haría crecer e incluso cambiar, y cualquier cambio es bueno tarde o temprano. 
Todo había cambiado desde entonces, concretamente en estos días atrás experimentaba sensaciones muy extrañas. Tenía la necesidad de refugiarse en su burbuja de jabón cada vez que alguien se acercaba demasiado, y hacía lo imposible para que esa persona no llegase a estar tan cerca como para romper su delicado espacio. Se aferraba a su mente, otra vez, refugiándose y haciéndose amiga inseparable de su música y sus cascos como terapia para escapar de su propio infierno. Necesitaba escribir cada cosa que se le pasaba por la cabeza, cada sentimiento nuevo o cada sentimiento que cambiaba, cada sensación,  cada emoción, cada estímulo y cada respuesta. Lo escribía todo en folios blancos que luego archivaba y revisaba tranquilamente en su casa, y muy poco de lo que escribía lo pasaba al blog, pese a que muchas personas le incitaran a hacerlo. A nadie debía importarle cómo se sintiera, porque se estaba volviendo una persona introvertida de nuevo, estaba débil, tenía miedo a romperse en cualquier momento, su imagen enérgica contrastaba con su apatía interna, que arrastraba un pesado cargamento de dudas e inseguridades, y nadie debía saber cómo se sentía en realidad. 
Ese día no fue menos, y su felicidad se basó en lo que se basa su felicidad de todas las mañanas: escribir lo que siente mientras ese maldito autobús le dirige rumbo al instituto, y nada más bajarse torcer a la izquierda, mirar hacia arriba y ver la Luna, que la tenía ya situada, y cada día veía su forma, si había crecido o menguado. En ese aspecto se parecía a ella, que continuamente cambiaba y ningún día era igual que el anterior. Un día sin Luna ya era un día diferente, ya se sentía diferente, que podía ser mejor o peor, igual que cuando había Luna Llena, que se sentía demasiado susceptible o por el contrario demasiado feliz, normalmente sin motivo. Siempre se había considerado una persona de extremos, de ideas cambiantes, de es negro o es blanco, o es gris para siempre. O es cualquier cosa que será distinta dentro de unos pocos segundos. Su cuerpo eran cambios continuos, por eso le encantaba pasar mucho tiempo haciendo turismo dentro de sí misma, tenía mucho que descubrirse, mucho que descubrir de la vida y del mundo. Y en su cabeza la palabra LIBERTAD sonaba en ese momento con más fuerza que ninguna otra. Empezaba a cansarse de que la trataran como alguien que no era, o de que la protegieran personas que ni siquiera tenían por qué preocuparse, cuando ni siquiera ella mostraba compasión, cuando se culpaba por todo y el único brillo que había en su rostro era el de su cínica sonrisa, complementando a su mirada perdida en ninguna parte.

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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.