Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


27 de abril de 2011

Los polos opuestos se tocan.

Hoy era uno de esos días de pensar mucho y hablar poco, o mejor dicho, de hablar con la persona adecuada. Sabía esas cosas igual que se sabe algo sin saber por qué se sabe o se deja de saber, le venía de dentro. En esos momentos, de pocas cosas estaba segura, excepto de una, pero prefería guardármela para mí misma. No dejaba de entrar y salir, de hacer y deshacer, de recordar y olvidar. Ya no me importaba el dolor, si siempre provenía del mismo lugar. Me sentía confundida, pero no tenía miedo, o al menos no el mismo miedo de antes ni con la misma intensidad. Pensé que la clave era ser constante, ante todo, como siempre lo había sido y jamás dejaría de serlo. 

En ocasiones me preguntaba si realmente debía preocuparme, o en el caso de que ya estuviera preocupada, si hacía bien en hacerlo. Acababa pensando que no, que no tenía motivos, y que si los tenía tampoco importaban, porque me acabaría conformando como una imbécil. Ojalá no fuese la única que estaba haciendo la imbécil en aquel momento, ojalá y dentro de una semana, ya no te acordaras de nada, y yo tampoco.

Esperaba que tus métodos de autoliberación mental, espiritual, emocional, o lo que pretendieras, realmente estuvieran mereciendo la pena. Y pese a todo, aunque me centrase en el hipotético caso de que todo fuera posible, quizá solo estaríamos volviendo al principio, donde un maldito pez de estanque se cree el rey del océano y su único objetivo es morder su propio anzuelo, sin que se de cuenta. En un intento por engañarte al pensar que todo te haría daño y todo haría daño a los demás, y que cualquier cadena acabaría asfixiando tus ganas de seguir viviendo. Por no sufrir, por no estropear algo de lo que ya solo quedan añicos y tristes promesas vendidas al porvenir, intentos vanos por salir del lodo en el que tú mismo te estás hundiendo de tanto zambullirte en el barrizal de tu memoria, por creerte alguien libre capaz de hacer esclavos a los demás de tu propio destino, criando recuerdos para arrancarte la nostalgia, en un continuo echar de menos cosas que creíamos que habían existido e incluso supimos palpables, pero que cuando íbamos a acariciarlas se difuminaban como meros espejismos de nuestro subconsciente. Temerosos de la felicidad y del miedo que nos ocasionaría, al pensar que puede llegar un día en el que los momentos dejen una huella imborrable sobre nosotros y sea entonces cuando nos empeñemos más que nunca en pensar que nunca existieron, y que ni tú formaste parte de mi vida ni yo de la tuya, aquel jueves de primavera por la tarde en el que te despediste de mí diciéndome que habías vuelto para quedarte, y sonaba a mis espaldas el agolpar de los recuerdos en mi mente, como figuras intangibles capaces de matar de dolor, mientras en el fondo de nosotros seguíamos amándonos a trompicones, como siempre, como nunca, demasiado tarde. En momentos de tristeza en los que el único consuelo era pensar que seríamos capaces de seguir nuestro propio camino de forma independiente, pálidos y ajenos de nuestro pasado, torturados por la idea de que éramos mucho más felices juntos, y que algún día nos volveremos a ver y nos habremos mentido tantas veces que diremos que definitivamente nunca sentimos nada el uno por el otro, que nunca habíamos deseado no separarnos jamás, ni salir de nuestro frenesí de felicidad infinita, pero que acabamos por creernos en al certeza de que lo más sencillo sería una vida propia. Con la verdad de que no queríamos volver a vernos, tú lo sabes tan bien como yo. Nos encerramos junto al miedo a sentir cosas bonitas, cosas tristes. Nos aislamos junto al miedo a sufrir sin saber que el dolor nace de nuestro propio miedo, porque ambas cosas están unidas por estrechos lazos. 

Pero en realidad fue tu parte lúgubre la que intervino para echarme de tu vida, en un ultimátum sin remitente, sin explicación, sin argumentos, tan diferente a las mil y una historias que nos habíamos inventado para escribir con el mismo puño y diferente tinta que nos quedamos como dos papeles arrugados en el fondo de una papelera, con las letras ilegibles formando sueños abstractos, como tú y como yo. Porque nos pasó como les pasa a todas las cosas bonitas, que cuando nos despertamos ya se han esfumado, y la melancolía nos fulmina, nos arrasa, nos destruye, junto con los recuerdos de una felicidad que tardó muy poco en llegar y se fue antes de que pudiéramos saborearla tan siquiera con el alma. Y la nostalgia no tarda en recordarnos que fuimos personas distintas y que corremos el riesgo de echar de menos nuestro yo de antaño, que es casi peor que echar de menos al yo que se va cuando estoy contigo, o al yo que echo de menos cuando estoy sin ti, cuando a fin de cuentas lo único que echo de menos es ser feliz. Como si ya no importara qué echo de menos, sino la sensación de necesitar algo que no tengo, y que cuando lo tengo no lo necesito o me queda demasiado grande. 

Sin embargo la única conclusión es que si echamos de menos es porque existió algo bonito que queremos volver a sentir, pero entonces aparece la frase que nos recuerda que los polvos duran una noche y la sífilis dura toda la vida. Y es como si todo lo que había pensado hasta entonces cayese al vacío y se hiciese pedazos. Pero no importa, porque siempre prevalece en mi memoria eso de que quien ama mucho habla poco, y eso me evoca cosas  como el hecho de que hay personas que necesitan continuamente hacer ver a los demás lo mucho que les quieren mientras se reafirman en que no pueden vivir sin ellos. A mí jamás me ha pasado, lo de tener esa necesidad de decir una y otra vez algo que se da por sentado con una mirada. No necesito una palabra de afecto porque yo sé cuándo una persona me quiere mucho antes de que haya abierto la boca para decir la primera palabra, porque a fin de cuentas son solo palabras. 

De todos modos hay personas que necesitan despertar para darse cuenta de quiénes les han amado con todo su corazón, y mientras malgastan el tiempo estando con la persona con la que creen querer estar, acabando en un inverosímil. Pero lo peor que les podría pasar a esas personas no es eso, sino que cuando llegue el día en el que de verdad sepan lo que quieren esa persona se haya ido para siempre, y sepan lo que es sufrir con el corazón, porque la vida es muy corta y la felicidad no se vende embotellada.

No importa el tiempo que pase, porque por ahora seguiré esperando, y quizá la ausencia de señales sea una señal, pero nos dijimos muchas cosas que no puedo olvidar, y tampoco quiero, o quizá sí. Pese a todo prefiero concienciarme de que mereció la pena invertir tantas miradas para dar giros inesperados a tu sonrisa traviesa. Porque te conocí, y en ningún momento pensé que llegaría a escribir nada sobre ti en un blog, hoy día 27 de abril a las 22:23, y de hecho se me pone la piel de gallina de pensarlo. De pensar que gracias a unas cuantas decisiones, buenas o menos buenas en su momento, pero siempre difíciles, te he conocido y estoy segura que eso ha hecho que no sea la misma persona, sino alguien completamente diferente que está haciendo algo completamente distinto a lo que habría hecho dadas otras circunstancias. Porque sí, algunos os preguntaréis que si estoy enamorada o cosas por el estilo, y yo os digo que no lo sé, pero que nunca he tenido la sensación de quererlo dar todo, o de no tener miedo, o de muchas cosas. Y sería realmente difícil que volviera a sentir esto por otra persona, es más, ni siquiera me imaginé con el coraje de llegar a sentir esto por alguien, ni mucho menos abrirme de este modo. Pero hay cosas que te crees que nunca vas a ser capaz de hacer o que nunca van a pasar, pero que acaban pasando y no te has dado ni cuenta ni has podido evitarlo y tampoco te habrías molestado en evitar si hubieras podido.

Ese momento en el que caes en la cuenta de que jamás conocerás a dos personas iguales, ni a dos personas que te hagan sentir de la misma manera, y ves que es posible llegar a sentir tanto amor, tanto miedo, tanto odio a la vez, provocados por una sola persona. Y si conociese a alguien, no os niego que no sentiría sensaciones únicas e irrepetibles con ella, pero serían amores distintos igual que son personas distintas, que pueden llegar a ser igual de hermosos, pero quiero una cosa y no la otra, y es ahí donde está la verdadera diferencia y el por qué estoy escribiendo esto y no algo diferente. 

Solo me queda decir que todos los idiotas nos enamoramos, y que merece la pena ser idiota entonces, porque solo los idiotas saben lo que es ser feliz, aunque sin lugar a dudas lo mejor de ser idiota es que puedes haces estupideces sin pensar en lo idiota que llegas a ser, y no tienes que pedir permiso ni el beneplácito de nadie para hacer todas esas estupideces que quieres hacer. Porque el día que tengamos que pedir permiso para enamorarnos nadie se enamorará. Se enamorarán los demás de nosotros, y los auténticos idiotas seremos nosotros mismos por no habernos enamorado. Y así como si nada he dicho un montón de cosas que se contradicen pero que acaban teniendo sentido si vas cambiando la perspectiva, porque como se suele decir: los polos opuestos se tocan, por la sencilla razón de que se crearon para tocarse.

26 de abril de 2011

Recuerdos que vienen y se van.

Subió las escaleras y ese olor a vainilla tan característico empezó a embriagarla. Nunca sabía de dónde venía, pero la verdad era que le encantaba, y aunque al principio sabía dulce, luego se asemejaba más a las barritas de incienso que de vez en cuando encendía su madre cuando aún vivían en el chalet, en esos días en los que el tiempo pasaba más despacio y un cambio parecía un suplicio. Se puso a recordar el olor al incienso de aquellos días de domingo, cuando se sentaba junto a la enorme boisserie del salón y encendía un palito de color púrpura o rojo, que eran sus preferidos, y entonces se entretenía observando cómo se consumía, casi sin parpadear, dejándose transportar por el olor e imaginando cosas sin sentido. Pensaba que las barritas de incienso se parecían mucho a las vidas de las personas, o al menos a la suya: se quemaba por un extremo, y se consumía dejando cenizas, siempre cenizas, hasta que ya no quedaba nada y la somnolencia duraba lo que tardaban en disiparse los aromas. No le gustaba pensar esas cosas, pero lo cierto era que lo hacía sin querer. No era capaz de controlar su mente, pero tampoco se molestaba en intentarlo.

Volvió al mundo real. Ella subiendo las escaleras y el olor a vainilla penetrando por cada poro de su piel. Llegó al descansillo y dejó la mirada perdida en el felpudo y sus manos pulsaron incesantes el timbre. Abrió su abuela, y se fue directamente a su dormitorio, tiró la mochila en un rincón y se tumbó encima de la cama. Las ganas de chillar se apoderaron de ella, pero resistió. A veces sabía controlarse, no siempre, pero algo había aprendido acerca de autocontrol después de tantos años de entrenamiento. Así que decidió hundir la cabeza en la almohada y aguantó la respiración, un poco más, un poco más...

22 de abril de 2011

Toda mi existencia es defectuosa.

Sería como tomar otro camino, el camino más largo, para evitar males peores. Sí, otra de esas entradas que cuando acabo de escribirlas no las entiendo ni yo pero me siento sorprendentemente mejor. 

Me gusta la frase de que más vale lo malo conocido, que lo bueno por conocer. Hoy, mientras divagaba, mientras atravesaba un camino que hacía tiempo que ni cruzaba, he dejado a mi mente que me torturase un poquito. Suena graciosa la forma en que lo he dicho, suena a dejarme hacer daño por compasión. Pero bueno, prosigamos, y pasemos por alto la posibilidad de que quizá las grandes creaciones surgen de su propia destrucción. Y así, como quien no quiere la cosa, digo todo y al mismo tiempo no estoy diciendo nada. Pero nada de nada. Me importa, es decir, estoy diciendo lo que quiero. 

A veces necesito sentirme. Sentir cosas, aunque sea mi propio dolor clavándose por debajo de mis uñas. He deseado morir muchas veces, casi tantas como las que he deseado matar, muchas menos de las que he deseado escapar. Nunca me encuentro sentido. Tampoco es que me lo busque, solo a veces, casi por inercia, me pregunto cosas y no encuentro ninguna respuesta. 

Me da miedo no encontrar respuestas, creo que es por eso por lo que no me hago preguntas y tampoco suelo hacerles preguntas a los demás. Es como si sintiera que vivo por vivir, y que si algún día desapareciera el mundo volvería a su orden normal. No, no vivo por vivir, lo he dicho sin pensar. Alguien que vive por vivir no tiene la capacidad de tomar las riendas de su vida, ni es capaz de cambiar el rumbo de la vida de los demás. A veces prefiero no tomarlas, las riendas digo, y dejar que todo ocurra al azar. Pero una cosa es la que prefiero y otra la que me sale, y la que me sale es la Ana impulsiva. La que si dice negro es negro, y ya puede venir el Papa a hacerle cambiar de idea, porque ni por esas. La que cogerá las riendas aunque se le escapen de las manos y la propia fuerza de fricción haga que se le desgarren las yemas de los dedos y se le levanten las postillas. La que luchará, ante todo, y jamás dejará al destino que haga su trabajo, porque es más divertido luchar contra él y sonreírle cuando le hayamos derrotado.

Me gusta como soy, no siempre, pero sé que no hay nadie como yo y eso me alegra. Yo sería capaz de tantas cosas que me aterra imaginarlo. Por eso en algunos momentos, casi siempre, me gusta pasar desapercibida, menos cuando no paso desapercibida, que lo hago con toda la intención y es una locura. Creo que si me pidieran que me describiera no sería capaz del todo, me saldrían pocos adjetivos, quizá me considere excéntrica y directa fundamentalmente, pero también soy una loca sin remedio, y disfruto siéndolo. 

Me acuerdo de una vez que me preguntaron si era dulce para esconder un corazón amargo, o amarga para esconder un corazón dulce, me hizo pensar mucho. Recuerdo que contesté que era amarga para esconder un corazón dulce, y no sé si es del todo cierto, pero en ese momento me pareció la más acertada. 

Me da miedo tomar decisiones, por eso casi siempre me dejo llevar por mis intuiciones y mis impulsos, que no suelen equivocarse. Odio las cosas premeditadas, odio planear un final perfecto, por eso no lo hago, y me parecen patéticas las personas que sí lo hacen. Los finales no existen, o eso pienso yo. Dentro de cada uno de nosotros hay un universo. Hay personas a las que les gusta escavar en su propio cosmos y descubrir planetas y constelaciones de estrellas, y se sienten orgullosas cuando crecen hacia adentro, como un sol en expansión, llevándose por delante los agujeros negros que les absorven la energía. Luego las hay que convierten su compleja integridad en algo austero, que tampoco está mal, pero yo soy más de complicarlo todo, es como darle encanto. Romper un castillo y hacer uno a tu manera con los mismos ladrillos. 

Es más, si hay dos caminos, y los dos me llevan al mismo sitio, y me garantizan que en uno tardaré la mitad, que es la vía fácil, que no me pasará nada emocionante en el trayecto; y que sin embargo, por el otro camino tardaré el doble pero viviré emociones intensas, cogería el segundo camino sin pensarlo. Sí, ese es mi problema, o no pienso, o pienso demasiado. Y cuando no pienso no sufro, pero son demasiadas veces las que necesito pensar aunque me implique sufrir, la mayoría de la gente es comerse la cabeza, rallarse, para mí no. Para mí no es malo ni algo que tenga que evitar, a mí me encanta pensar, bueno, en realidad no me gusta pensar por el hecho de sufrir cuando lo hago, pero nadie negará que amamos lo que nos hace sufrir, y mucho menos yo, que es ese mismo hecho el que me hace estar aquí escribiendo esta retahíla de cosas sin sentido. 

Aunque no tiene nada que ver el sufrimiento que nos produce nuestra mente con el sufrimiento que nos produce una persona, aunque al final todo los afluentes sean del mismo río, y si nos hace sufrir nuestra mente es porque hay una persona que pone en funcionamiento todo esa compleja unión de neuronas que forman nuestra materia gris, y si hay una sola persona en el mundo capaz de hacerlo, sí, amamos a esa persona. De todos modos, ¿sabéis qué? Todas las personas van a hacernos daño, solo tenemos que encontrar a la persona por quien merece la pena sufrir. Porque no hay nada más bonito que amar hasta el dolor, ni nada más sincero, y quién sabe, quizá tampoco nada más estúpido. Pero eso no significará que no merezca la pena, porque mi balanza se ha roto por el lado de las cosas positivas, una vez más.

20 de abril de 2011

Dejar de huir para empezar a escapar.

Todos los detalles que puedes encontrar solo están atrapados entre las sonrisas y las respiraciones.­ 

Y fue en ese momento cuando todo desapareció a su alrededor y sintió como si estuviera cayendo en un agujero metafórico de miedos irracionales. Le dio por pensar que huir y escapar no es lo mismo, aunque se parezcan, y que había dejado de huir para empezar a escapar. No entendía de dónde provenía ese amasijo de absurdas ideas y suposiciones. No entendía, tampoco, por qué decía lo siento por algo que debía ser como estaba ocurriendo, que ya no importaba. 

Recordó la noche anterior, yéndose a dormir con el rimmel corrido y el pelo mojado por la leve lluvia de fuera. Tenía un aspecto que dejaba mucho que desear, pero eso no era problema de nadie. Se desnudó y se quedó frente al espejo. Se veía a sí misma rota y sucia, herida por su propio sentimiento de culpa, por la tristeza que nacía de su miedo y le ahogaba las ganas. Estaba hecha un ovillo por dentro, como si su propia pena hiciera de cobijo interno, de chubasquero para las emociones. Parecía que se encontraba en medio de una feroz tormenta, pero sabía que todo lo malo era incluso más necesario que lo bueno, mucho más. Siguió mirándose en el espejo, la forma en que su pelo caía sobre sus hombros, su mirada triste y perdida, su sonrisa torcida en una mueca de desilusión. Frunció el ceño como si estuviera conteniendo las ganas de echar a llorar y apretó los labios, fingiendo dureza en su corazón. Fue a su cuarto como en un acto reflejo, tan reflejo que fue casi automático, y cogió de su armario la sudadera. Se la puso y el olor le tranquilizó incluso más rápido de lo que ella misma hubiese imaginado. No llevaba nada más debajo y sin embargo empezaba a tener calor, pensó que dormiría así, le apetecía. Apagó todas las luces de la casa y se metió en su dormitorio, dejando el flexo de su mesilla encendido y curvado hacia el techo, y le permitió a su mente volar mientras ella miraba una y otra vez las sombras que se proyectaban en las pareces de su habitación. Todo estaba en silencio y ese silencio era solo suyo, algo que le produjo felicidad por momentos, momentos que duraron demasiado poco. El tic-tac del reloj de su mesilla la distrajo de sus pensamientos, por lo que estiró el brazo y le quitó la pila para que dejase de sonar. Justo después apagó el flexo y se metió en la cama, buscando con sus pies quién sabe qué, quizá un poco de frío o un poco de calor, y acabó durmiéndose entre suspiros y sollozos.

10 de abril de 2011

Mariposas blancas por la mañana.

Le gustaba tentar a la suerte, mirarle a los ojos, sacarle la lengua, lanzarle un guiño. Se ponía de puntillas y erguía su cabeza para mirar por encima de su hombro y sentirse más alta, más miedosa. Dar zancadas de jirafa, y camuflarse entre sus lunares, porque a veces le apetecía jugar a ser el camaleón verde pistacho que enrolla la lengua y hace volteretas de canguro.

9 de abril de 2011

Aquella que se arropaba el alma con recuerdos.

Estuvo a punto de escribir lo que sería el punto y final de un personaje, pero prefirió meterse desnuda en la cama en busca del frío de las sábanas, dejando que su pelo le hiciera cosquillas por su espalda. Como si se tratara de miles de hormiguitas escalando hasta sus hombros y resbalando por sus curvas. Hasta que se quedó completamente dormida, entre suspiros con sabor a nectarina. 

Al día siguiente subió la persiana y rescató la primera sonrisa que encontró en su cajón, como un pececillo que chapotea en un océano inmenso de lágrimas. No sabía si acostumbrarse era bueno, pero algo le decía que no. Las cosas nunca se veían igual a través de su ventana, y eso le encantaba. Nunca eran las mismas personas ni las mismas prisas, al menos no siempre, y miraba a cada una de ellas como si quisiera leer en sus rostros sus problemas. A ella no le gustaban los problemas, pero tenía muchos. Tampoco le gustaban las mentiras y cada mañana se mentía a sí misma. Se decía que era bueno todo aquello. Que si la escalera tenía diez peldaños ya iba por el séptimo, pero siempre se sintió más feliz debajo de sus pestañas. 

Ahora se encontraba descansando sobre un rizo. Se alimentaba de su piel, que sabía como a miel. No le gustaba la miel, pero su piel sí. Le gustaba más cuando sabía salada como su sudor. Aunque en realidad el sabor era lo de menos, podía conformarse con su olor embriagador. Eso sí que le gustaba. Por eso más de una vez no tuvo frío, se arropó con los recuerdos. Ahora los recuerdos ya no eran lo mismo. El pasado no cambia, pero el mismo recuerdo puede actuar sobre alguien de forma diferente según pasan los días. Ella no quería cambiar nada de su pasado, quería cambiar su presente. 

Aspiraba a un abrazo por semana. Y con eso ya era casi feliz, aunque tuviese que bajar varios peldaños, un poco más arriba de su ombligo y por debajo de su nariz. Pero había un problema, como el de ahogarse en la profundidad de sus pupilas. Le había pasado muchas veces. Sería porque le gustaba correr riesgos y siempre se tiraba de cabeza y sin manguitos, cuando estaban a punto de desbordarse y le apetecía bucear en su amargura y hacerle cosquillas en forma de burbujas. Porque su sonrisa era de las cosas más bonitas que podía haber. La típica sonrisa que te gusta aunque tenga un trozo de espinaca entre los dientes. 

Podría ser que le miraba con buenos ojos, pero no tan buenos como parecía. Le divertía sacarle defectos para después gritar en su cabeza que seguía mereciendo la pena, aunque hacía tiempo que ya no se decía esas cosas. Ni a él ni a ella misma. Nunca decía esas cosas en alto, jamás. Pero se sabían, o eso creía ella. Porque una mirada decía muchas cosas, algunas malas y otras que te dan ganas de hacer las maletas y escapar de la policía para huir a alguna isla desierta. 

Era una persona que decía que nunca lloraba, por eso su almohada siempre estaba húmeda. Se mordía la lengua antes que mostrar una sola emoción que pudiera delatarla ante más de uno. Por eso su caparazón de madera se resquebrajaba con sorprendente facilidad y en cuanto esto ocurría tenía que ponerse manos a la obra para arreglarlo, porque si su caparazón se rompía ella se volvía vulnerable. Y no podía consentirlo.

Ahora estaba roto y solo una persona podía juntar las piezas, una persona que ni siquiera se imaginaba que sería el carpintero perfecto para alguien como ella. Alguien capaz de darle, incluso, alguna mano de pintura a su descolorido corazón.

 No todo le llega al que espera, también es necesario luchar

5 de abril de 2011

Impotencia, una vez más.

Comenzó a hablar y automáticamente sus ojos se clavaron en ella. Sin dejarla de mirar, haciendo que se aludiera a cada palabra que decía. Tenía un mal día. Se había levantado rara. Y no podía hacer nada para evitarlo ni para hacer que las cosas fueran a mejor, era consciente de eso. Sabía que lo malo no era sentirse rara, sino sentirse rara porque le faltara algo y no saber qué, era una de las cosas que más odiaba. O saber lo que era y no poder hacer nada para que esa cosa llene tu vacío, que es incluso peor. Porque no, no le importaba lo que le estuviera diciendo, por toda la razón del mundo que tuviera, lo que le angustiaba era el nudo que se le empezaba a formar en su garganta conforme más aguantaba las ganas de echar a llorar, por mucho que no quisiera hacerlo. Y al final sucedió lo inevitable, como siempre.

Papaya y almendras.

Veo los días demasiado lejanos. Y cuando llegan todo ocurre tan deprisa que parecen haberse esfumado antes de poder siquiera acariciar la felicidad con la yema de mis dedos. Me queda la sensación triste de que todo fueron meras ilusiones, sueños que descosieron botones, mentiras que ahorcaron corazones. Y me quedo quieta mientras el agua de la ducha me limpia la conciencia, y puedo oír pasos a mi espalda cuando en realidad es el agua colándose por el desagüe. Olor a papaya y almendras que me trae recuerdos, ya olvidé si buenos o malos, pero que siguen ahí escondidos para que no pueda echarlos. Y pensar que yo aún sigo aquí, lanzando miradas fugitivas al destino, poniéndole zancadillas a la suerte, dándole la mano al azar. Con una esperanzadora sonrisa negligente, acompañada de la inercia que me dice que no me vaya de tu lado. Tan ingenua como siempre y queriéndote con las mismas ganas o más.

4 de abril de 2011

Que todo parezca bonito sin serlo.

Las heridas sangran. Las personas no son tiritas ni tampoco desinfectan, por el contrario intoxican. No son abismos donde echar la pena ni cajones donde guardar la alegría. No son baúles sin fondo para coleccionar recuerdos. No son cajas de donde puedes sacar una sonrisa para ponerte cada día de la semana. No son todo eso que podríamos pensar. Ni tampoco podemos pretenderlo, nunca. Porque la mayoría de las personas son una pérdida de tiempo. Y cuando nos hayamos cosido la tristeza con la fuerza de un abrazo alguien nos soltará la mano y tirará del hilo, y se abrirá la brecha mientras sientes como tu piel se encharca de sangre y lágrimas entre las grietas y las arrugas, inundando los surcos de tu corazón, y te hará falta un beso para cicatrizar y no lo tendrás. Y al ir a echar la pena por el abismo se te olvidará que la tienes encadenada a una pierna y caerás por su peso junto a ella, y quizá mientras caigas al vacío te sientas libre, pero cuando llegues al fondo no creas que será fácil salir de ahí. Haciéndote cada vez más pequeñita y vulnerable, mientras te consumen las ganas de gritar y vomitar todo tu odio, en un intento vano por sobrevivir asfixiándote entre tus propias cenizas, que te tiñen el alma de negro. Y quizá mueras y seas más feliz. Ojalá.
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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.