Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


9 de abril de 2011

Aquella que se arropaba el alma con recuerdos.

Estuvo a punto de escribir lo que sería el punto y final de un personaje, pero prefirió meterse desnuda en la cama en busca del frío de las sábanas, dejando que su pelo le hiciera cosquillas por su espalda. Como si se tratara de miles de hormiguitas escalando hasta sus hombros y resbalando por sus curvas. Hasta que se quedó completamente dormida, entre suspiros con sabor a nectarina. 

Al día siguiente subió la persiana y rescató la primera sonrisa que encontró en su cajón, como un pececillo que chapotea en un océano inmenso de lágrimas. No sabía si acostumbrarse era bueno, pero algo le decía que no. Las cosas nunca se veían igual a través de su ventana, y eso le encantaba. Nunca eran las mismas personas ni las mismas prisas, al menos no siempre, y miraba a cada una de ellas como si quisiera leer en sus rostros sus problemas. A ella no le gustaban los problemas, pero tenía muchos. Tampoco le gustaban las mentiras y cada mañana se mentía a sí misma. Se decía que era bueno todo aquello. Que si la escalera tenía diez peldaños ya iba por el séptimo, pero siempre se sintió más feliz debajo de sus pestañas. 

Ahora se encontraba descansando sobre un rizo. Se alimentaba de su piel, que sabía como a miel. No le gustaba la miel, pero su piel sí. Le gustaba más cuando sabía salada como su sudor. Aunque en realidad el sabor era lo de menos, podía conformarse con su olor embriagador. Eso sí que le gustaba. Por eso más de una vez no tuvo frío, se arropó con los recuerdos. Ahora los recuerdos ya no eran lo mismo. El pasado no cambia, pero el mismo recuerdo puede actuar sobre alguien de forma diferente según pasan los días. Ella no quería cambiar nada de su pasado, quería cambiar su presente. 

Aspiraba a un abrazo por semana. Y con eso ya era casi feliz, aunque tuviese que bajar varios peldaños, un poco más arriba de su ombligo y por debajo de su nariz. Pero había un problema, como el de ahogarse en la profundidad de sus pupilas. Le había pasado muchas veces. Sería porque le gustaba correr riesgos y siempre se tiraba de cabeza y sin manguitos, cuando estaban a punto de desbordarse y le apetecía bucear en su amargura y hacerle cosquillas en forma de burbujas. Porque su sonrisa era de las cosas más bonitas que podía haber. La típica sonrisa que te gusta aunque tenga un trozo de espinaca entre los dientes. 

Podría ser que le miraba con buenos ojos, pero no tan buenos como parecía. Le divertía sacarle defectos para después gritar en su cabeza que seguía mereciendo la pena, aunque hacía tiempo que ya no se decía esas cosas. Ni a él ni a ella misma. Nunca decía esas cosas en alto, jamás. Pero se sabían, o eso creía ella. Porque una mirada decía muchas cosas, algunas malas y otras que te dan ganas de hacer las maletas y escapar de la policía para huir a alguna isla desierta. 

Era una persona que decía que nunca lloraba, por eso su almohada siempre estaba húmeda. Se mordía la lengua antes que mostrar una sola emoción que pudiera delatarla ante más de uno. Por eso su caparazón de madera se resquebrajaba con sorprendente facilidad y en cuanto esto ocurría tenía que ponerse manos a la obra para arreglarlo, porque si su caparazón se rompía ella se volvía vulnerable. Y no podía consentirlo.

Ahora estaba roto y solo una persona podía juntar las piezas, una persona que ni siquiera se imaginaba que sería el carpintero perfecto para alguien como ella. Alguien capaz de darle, incluso, alguna mano de pintura a su descolorido corazón.

 No todo le llega al que espera, también es necesario luchar

3 comentarios:

  1. Me encanta tu forma de expresarte, en serio. Es tan sutil, tan dulce y tan tierno... El blog es precioso, porque habla de todo lo que merece la pena hablar, y no cuenta nada que no haya que contar *_*

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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.