Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


20 de abril de 2011

Dejar de huir para empezar a escapar.

Todos los detalles que puedes encontrar solo están atrapados entre las sonrisas y las respiraciones.­ 

Y fue en ese momento cuando todo desapareció a su alrededor y sintió como si estuviera cayendo en un agujero metafórico de miedos irracionales. Le dio por pensar que huir y escapar no es lo mismo, aunque se parezcan, y que había dejado de huir para empezar a escapar. No entendía de dónde provenía ese amasijo de absurdas ideas y suposiciones. No entendía, tampoco, por qué decía lo siento por algo que debía ser como estaba ocurriendo, que ya no importaba. 

Recordó la noche anterior, yéndose a dormir con el rimmel corrido y el pelo mojado por la leve lluvia de fuera. Tenía un aspecto que dejaba mucho que desear, pero eso no era problema de nadie. Se desnudó y se quedó frente al espejo. Se veía a sí misma rota y sucia, herida por su propio sentimiento de culpa, por la tristeza que nacía de su miedo y le ahogaba las ganas. Estaba hecha un ovillo por dentro, como si su propia pena hiciera de cobijo interno, de chubasquero para las emociones. Parecía que se encontraba en medio de una feroz tormenta, pero sabía que todo lo malo era incluso más necesario que lo bueno, mucho más. Siguió mirándose en el espejo, la forma en que su pelo caía sobre sus hombros, su mirada triste y perdida, su sonrisa torcida en una mueca de desilusión. Frunció el ceño como si estuviera conteniendo las ganas de echar a llorar y apretó los labios, fingiendo dureza en su corazón. Fue a su cuarto como en un acto reflejo, tan reflejo que fue casi automático, y cogió de su armario la sudadera. Se la puso y el olor le tranquilizó incluso más rápido de lo que ella misma hubiese imaginado. No llevaba nada más debajo y sin embargo empezaba a tener calor, pensó que dormiría así, le apetecía. Apagó todas las luces de la casa y se metió en su dormitorio, dejando el flexo de su mesilla encendido y curvado hacia el techo, y le permitió a su mente volar mientras ella miraba una y otra vez las sombras que se proyectaban en las pareces de su habitación. Todo estaba en silencio y ese silencio era solo suyo, algo que le produjo felicidad por momentos, momentos que duraron demasiado poco. El tic-tac del reloj de su mesilla la distrajo de sus pensamientos, por lo que estiró el brazo y le quitó la pila para que dejase de sonar. Justo después apagó el flexo y se metió en la cama, buscando con sus pies quién sabe qué, quizá un poco de frío o un poco de calor, y acabó durmiéndose entre suspiros y sollozos.

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