Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


27 de abril de 2011

Los polos opuestos se tocan.

Hoy era uno de esos días de pensar mucho y hablar poco, o mejor dicho, de hablar con la persona adecuada. Sabía esas cosas igual que se sabe algo sin saber por qué se sabe o se deja de saber, le venía de dentro. En esos momentos, de pocas cosas estaba segura, excepto de una, pero prefería guardármela para mí misma. No dejaba de entrar y salir, de hacer y deshacer, de recordar y olvidar. Ya no me importaba el dolor, si siempre provenía del mismo lugar. Me sentía confundida, pero no tenía miedo, o al menos no el mismo miedo de antes ni con la misma intensidad. Pensé que la clave era ser constante, ante todo, como siempre lo había sido y jamás dejaría de serlo. 

En ocasiones me preguntaba si realmente debía preocuparme, o en el caso de que ya estuviera preocupada, si hacía bien en hacerlo. Acababa pensando que no, que no tenía motivos, y que si los tenía tampoco importaban, porque me acabaría conformando como una imbécil. Ojalá no fuese la única que estaba haciendo la imbécil en aquel momento, ojalá y dentro de una semana, ya no te acordaras de nada, y yo tampoco.

Esperaba que tus métodos de autoliberación mental, espiritual, emocional, o lo que pretendieras, realmente estuvieran mereciendo la pena. Y pese a todo, aunque me centrase en el hipotético caso de que todo fuera posible, quizá solo estaríamos volviendo al principio, donde un maldito pez de estanque se cree el rey del océano y su único objetivo es morder su propio anzuelo, sin que se de cuenta. En un intento por engañarte al pensar que todo te haría daño y todo haría daño a los demás, y que cualquier cadena acabaría asfixiando tus ganas de seguir viviendo. Por no sufrir, por no estropear algo de lo que ya solo quedan añicos y tristes promesas vendidas al porvenir, intentos vanos por salir del lodo en el que tú mismo te estás hundiendo de tanto zambullirte en el barrizal de tu memoria, por creerte alguien libre capaz de hacer esclavos a los demás de tu propio destino, criando recuerdos para arrancarte la nostalgia, en un continuo echar de menos cosas que creíamos que habían existido e incluso supimos palpables, pero que cuando íbamos a acariciarlas se difuminaban como meros espejismos de nuestro subconsciente. Temerosos de la felicidad y del miedo que nos ocasionaría, al pensar que puede llegar un día en el que los momentos dejen una huella imborrable sobre nosotros y sea entonces cuando nos empeñemos más que nunca en pensar que nunca existieron, y que ni tú formaste parte de mi vida ni yo de la tuya, aquel jueves de primavera por la tarde en el que te despediste de mí diciéndome que habías vuelto para quedarte, y sonaba a mis espaldas el agolpar de los recuerdos en mi mente, como figuras intangibles capaces de matar de dolor, mientras en el fondo de nosotros seguíamos amándonos a trompicones, como siempre, como nunca, demasiado tarde. En momentos de tristeza en los que el único consuelo era pensar que seríamos capaces de seguir nuestro propio camino de forma independiente, pálidos y ajenos de nuestro pasado, torturados por la idea de que éramos mucho más felices juntos, y que algún día nos volveremos a ver y nos habremos mentido tantas veces que diremos que definitivamente nunca sentimos nada el uno por el otro, que nunca habíamos deseado no separarnos jamás, ni salir de nuestro frenesí de felicidad infinita, pero que acabamos por creernos en al certeza de que lo más sencillo sería una vida propia. Con la verdad de que no queríamos volver a vernos, tú lo sabes tan bien como yo. Nos encerramos junto al miedo a sentir cosas bonitas, cosas tristes. Nos aislamos junto al miedo a sufrir sin saber que el dolor nace de nuestro propio miedo, porque ambas cosas están unidas por estrechos lazos. 

Pero en realidad fue tu parte lúgubre la que intervino para echarme de tu vida, en un ultimátum sin remitente, sin explicación, sin argumentos, tan diferente a las mil y una historias que nos habíamos inventado para escribir con el mismo puño y diferente tinta que nos quedamos como dos papeles arrugados en el fondo de una papelera, con las letras ilegibles formando sueños abstractos, como tú y como yo. Porque nos pasó como les pasa a todas las cosas bonitas, que cuando nos despertamos ya se han esfumado, y la melancolía nos fulmina, nos arrasa, nos destruye, junto con los recuerdos de una felicidad que tardó muy poco en llegar y se fue antes de que pudiéramos saborearla tan siquiera con el alma. Y la nostalgia no tarda en recordarnos que fuimos personas distintas y que corremos el riesgo de echar de menos nuestro yo de antaño, que es casi peor que echar de menos al yo que se va cuando estoy contigo, o al yo que echo de menos cuando estoy sin ti, cuando a fin de cuentas lo único que echo de menos es ser feliz. Como si ya no importara qué echo de menos, sino la sensación de necesitar algo que no tengo, y que cuando lo tengo no lo necesito o me queda demasiado grande. 

Sin embargo la única conclusión es que si echamos de menos es porque existió algo bonito que queremos volver a sentir, pero entonces aparece la frase que nos recuerda que los polvos duran una noche y la sífilis dura toda la vida. Y es como si todo lo que había pensado hasta entonces cayese al vacío y se hiciese pedazos. Pero no importa, porque siempre prevalece en mi memoria eso de que quien ama mucho habla poco, y eso me evoca cosas  como el hecho de que hay personas que necesitan continuamente hacer ver a los demás lo mucho que les quieren mientras se reafirman en que no pueden vivir sin ellos. A mí jamás me ha pasado, lo de tener esa necesidad de decir una y otra vez algo que se da por sentado con una mirada. No necesito una palabra de afecto porque yo sé cuándo una persona me quiere mucho antes de que haya abierto la boca para decir la primera palabra, porque a fin de cuentas son solo palabras. 

De todos modos hay personas que necesitan despertar para darse cuenta de quiénes les han amado con todo su corazón, y mientras malgastan el tiempo estando con la persona con la que creen querer estar, acabando en un inverosímil. Pero lo peor que les podría pasar a esas personas no es eso, sino que cuando llegue el día en el que de verdad sepan lo que quieren esa persona se haya ido para siempre, y sepan lo que es sufrir con el corazón, porque la vida es muy corta y la felicidad no se vende embotellada.

No importa el tiempo que pase, porque por ahora seguiré esperando, y quizá la ausencia de señales sea una señal, pero nos dijimos muchas cosas que no puedo olvidar, y tampoco quiero, o quizá sí. Pese a todo prefiero concienciarme de que mereció la pena invertir tantas miradas para dar giros inesperados a tu sonrisa traviesa. Porque te conocí, y en ningún momento pensé que llegaría a escribir nada sobre ti en un blog, hoy día 27 de abril a las 22:23, y de hecho se me pone la piel de gallina de pensarlo. De pensar que gracias a unas cuantas decisiones, buenas o menos buenas en su momento, pero siempre difíciles, te he conocido y estoy segura que eso ha hecho que no sea la misma persona, sino alguien completamente diferente que está haciendo algo completamente distinto a lo que habría hecho dadas otras circunstancias. Porque sí, algunos os preguntaréis que si estoy enamorada o cosas por el estilo, y yo os digo que no lo sé, pero que nunca he tenido la sensación de quererlo dar todo, o de no tener miedo, o de muchas cosas. Y sería realmente difícil que volviera a sentir esto por otra persona, es más, ni siquiera me imaginé con el coraje de llegar a sentir esto por alguien, ni mucho menos abrirme de este modo. Pero hay cosas que te crees que nunca vas a ser capaz de hacer o que nunca van a pasar, pero que acaban pasando y no te has dado ni cuenta ni has podido evitarlo y tampoco te habrías molestado en evitar si hubieras podido.

Ese momento en el que caes en la cuenta de que jamás conocerás a dos personas iguales, ni a dos personas que te hagan sentir de la misma manera, y ves que es posible llegar a sentir tanto amor, tanto miedo, tanto odio a la vez, provocados por una sola persona. Y si conociese a alguien, no os niego que no sentiría sensaciones únicas e irrepetibles con ella, pero serían amores distintos igual que son personas distintas, que pueden llegar a ser igual de hermosos, pero quiero una cosa y no la otra, y es ahí donde está la verdadera diferencia y el por qué estoy escribiendo esto y no algo diferente. 

Solo me queda decir que todos los idiotas nos enamoramos, y que merece la pena ser idiota entonces, porque solo los idiotas saben lo que es ser feliz, aunque sin lugar a dudas lo mejor de ser idiota es que puedes haces estupideces sin pensar en lo idiota que llegas a ser, y no tienes que pedir permiso ni el beneplácito de nadie para hacer todas esas estupideces que quieres hacer. Porque el día que tengamos que pedir permiso para enamorarnos nadie se enamorará. Se enamorarán los demás de nosotros, y los auténticos idiotas seremos nosotros mismos por no habernos enamorado. Y así como si nada he dicho un montón de cosas que se contradicen pero que acaban teniendo sentido si vas cambiando la perspectiva, porque como se suele decir: los polos opuestos se tocan, por la sencilla razón de que se crearon para tocarse.

1 comentario:

  1. Me he quedado un rato embelesado regodeándome en tu perfecta manera de escribir :)
    P.D. : Me encanta :D

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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.