Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


4 de abril de 2011

Que todo parezca bonito sin serlo.

Las heridas sangran. Las personas no son tiritas ni tampoco desinfectan, por el contrario intoxican. No son abismos donde echar la pena ni cajones donde guardar la alegría. No son baúles sin fondo para coleccionar recuerdos. No son cajas de donde puedes sacar una sonrisa para ponerte cada día de la semana. No son todo eso que podríamos pensar. Ni tampoco podemos pretenderlo, nunca. Porque la mayoría de las personas son una pérdida de tiempo. Y cuando nos hayamos cosido la tristeza con la fuerza de un abrazo alguien nos soltará la mano y tirará del hilo, y se abrirá la brecha mientras sientes como tu piel se encharca de sangre y lágrimas entre las grietas y las arrugas, inundando los surcos de tu corazón, y te hará falta un beso para cicatrizar y no lo tendrás. Y al ir a echar la pena por el abismo se te olvidará que la tienes encadenada a una pierna y caerás por su peso junto a ella, y quizá mientras caigas al vacío te sientas libre, pero cuando llegues al fondo no creas que será fácil salir de ahí. Haciéndote cada vez más pequeñita y vulnerable, mientras te consumen las ganas de gritar y vomitar todo tu odio, en un intento vano por sobrevivir asfixiándote entre tus propias cenizas, que te tiñen el alma de negro. Y quizá mueras y seas más feliz. Ojalá.

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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.