Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


26 de abril de 2011

Recuerdos que vienen y se van.

Subió las escaleras y ese olor a vainilla tan característico empezó a embriagarla. Nunca sabía de dónde venía, pero la verdad era que le encantaba, y aunque al principio sabía dulce, luego se asemejaba más a las barritas de incienso que de vez en cuando encendía su madre cuando aún vivían en el chalet, en esos días en los que el tiempo pasaba más despacio y un cambio parecía un suplicio. Se puso a recordar el olor al incienso de aquellos días de domingo, cuando se sentaba junto a la enorme boisserie del salón y encendía un palito de color púrpura o rojo, que eran sus preferidos, y entonces se entretenía observando cómo se consumía, casi sin parpadear, dejándose transportar por el olor e imaginando cosas sin sentido. Pensaba que las barritas de incienso se parecían mucho a las vidas de las personas, o al menos a la suya: se quemaba por un extremo, y se consumía dejando cenizas, siempre cenizas, hasta que ya no quedaba nada y la somnolencia duraba lo que tardaban en disiparse los aromas. No le gustaba pensar esas cosas, pero lo cierto era que lo hacía sin querer. No era capaz de controlar su mente, pero tampoco se molestaba en intentarlo.

Volvió al mundo real. Ella subiendo las escaleras y el olor a vainilla penetrando por cada poro de su piel. Llegó al descansillo y dejó la mirada perdida en el felpudo y sus manos pulsaron incesantes el timbre. Abrió su abuela, y se fue directamente a su dormitorio, tiró la mochila en un rincón y se tumbó encima de la cama. Las ganas de chillar se apoderaron de ella, pero resistió. A veces sabía controlarse, no siempre, pero algo había aprendido acerca de autocontrol después de tantos años de entrenamiento. Así que decidió hundir la cabeza en la almohada y aguantó la respiración, un poco más, un poco más...

4 comentarios:

  1. Los detalles de ciertos momentos que decoran nuestra rutina son como tesoros en el tiempo, esas pequeñas cosas que parecen insignificantes, como observar la cera de una vela que se derrite, la llama, esas varitas de incienso que yo también tengo en casa. Y pensar, pensar en la vida y pasar de cosas muy generales a partes más profundas, indagar en nuestro cerebro. Es fantástico.

    Yo me pongo un cojín en la cara cuando me invaden esas incontrolables ganas de gritar.

    Y hola, Ana.

    :)

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  2. http://teemuchisimocuquui.blogspot.com/2011/04/que-sere-como-soy-pero-no-me-lo-merezco.html

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  3. Me gusta!!
    Casi siento el olor a vainilla!

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  4. Los pequeños detalles que añades en cada escrito son los que realmente dan vida a tus textos. Sigue asi, y a veces es bueno desahogarse y gritar, si no acabamos por explotar.

    Un beso :)
    http://acrosseternity.blogspot.com

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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.