Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


22 de abril de 2011

Toda mi existencia es defectuosa.

Sería como tomar otro camino, el camino más largo, para evitar males peores. Sí, otra de esas entradas que cuando acabo de escribirlas no las entiendo ni yo pero me siento sorprendentemente mejor. 

Me gusta la frase de que más vale lo malo conocido, que lo bueno por conocer. Hoy, mientras divagaba, mientras atravesaba un camino que hacía tiempo que ni cruzaba, he dejado a mi mente que me torturase un poquito. Suena graciosa la forma en que lo he dicho, suena a dejarme hacer daño por compasión. Pero bueno, prosigamos, y pasemos por alto la posibilidad de que quizá las grandes creaciones surgen de su propia destrucción. Y así, como quien no quiere la cosa, digo todo y al mismo tiempo no estoy diciendo nada. Pero nada de nada. Me importa, es decir, estoy diciendo lo que quiero. 

A veces necesito sentirme. Sentir cosas, aunque sea mi propio dolor clavándose por debajo de mis uñas. He deseado morir muchas veces, casi tantas como las que he deseado matar, muchas menos de las que he deseado escapar. Nunca me encuentro sentido. Tampoco es que me lo busque, solo a veces, casi por inercia, me pregunto cosas y no encuentro ninguna respuesta. 

Me da miedo no encontrar respuestas, creo que es por eso por lo que no me hago preguntas y tampoco suelo hacerles preguntas a los demás. Es como si sintiera que vivo por vivir, y que si algún día desapareciera el mundo volvería a su orden normal. No, no vivo por vivir, lo he dicho sin pensar. Alguien que vive por vivir no tiene la capacidad de tomar las riendas de su vida, ni es capaz de cambiar el rumbo de la vida de los demás. A veces prefiero no tomarlas, las riendas digo, y dejar que todo ocurra al azar. Pero una cosa es la que prefiero y otra la que me sale, y la que me sale es la Ana impulsiva. La que si dice negro es negro, y ya puede venir el Papa a hacerle cambiar de idea, porque ni por esas. La que cogerá las riendas aunque se le escapen de las manos y la propia fuerza de fricción haga que se le desgarren las yemas de los dedos y se le levanten las postillas. La que luchará, ante todo, y jamás dejará al destino que haga su trabajo, porque es más divertido luchar contra él y sonreírle cuando le hayamos derrotado.

Me gusta como soy, no siempre, pero sé que no hay nadie como yo y eso me alegra. Yo sería capaz de tantas cosas que me aterra imaginarlo. Por eso en algunos momentos, casi siempre, me gusta pasar desapercibida, menos cuando no paso desapercibida, que lo hago con toda la intención y es una locura. Creo que si me pidieran que me describiera no sería capaz del todo, me saldrían pocos adjetivos, quizá me considere excéntrica y directa fundamentalmente, pero también soy una loca sin remedio, y disfruto siéndolo. 

Me acuerdo de una vez que me preguntaron si era dulce para esconder un corazón amargo, o amarga para esconder un corazón dulce, me hizo pensar mucho. Recuerdo que contesté que era amarga para esconder un corazón dulce, y no sé si es del todo cierto, pero en ese momento me pareció la más acertada. 

Me da miedo tomar decisiones, por eso casi siempre me dejo llevar por mis intuiciones y mis impulsos, que no suelen equivocarse. Odio las cosas premeditadas, odio planear un final perfecto, por eso no lo hago, y me parecen patéticas las personas que sí lo hacen. Los finales no existen, o eso pienso yo. Dentro de cada uno de nosotros hay un universo. Hay personas a las que les gusta escavar en su propio cosmos y descubrir planetas y constelaciones de estrellas, y se sienten orgullosas cuando crecen hacia adentro, como un sol en expansión, llevándose por delante los agujeros negros que les absorven la energía. Luego las hay que convierten su compleja integridad en algo austero, que tampoco está mal, pero yo soy más de complicarlo todo, es como darle encanto. Romper un castillo y hacer uno a tu manera con los mismos ladrillos. 

Es más, si hay dos caminos, y los dos me llevan al mismo sitio, y me garantizan que en uno tardaré la mitad, que es la vía fácil, que no me pasará nada emocionante en el trayecto; y que sin embargo, por el otro camino tardaré el doble pero viviré emociones intensas, cogería el segundo camino sin pensarlo. Sí, ese es mi problema, o no pienso, o pienso demasiado. Y cuando no pienso no sufro, pero son demasiadas veces las que necesito pensar aunque me implique sufrir, la mayoría de la gente es comerse la cabeza, rallarse, para mí no. Para mí no es malo ni algo que tenga que evitar, a mí me encanta pensar, bueno, en realidad no me gusta pensar por el hecho de sufrir cuando lo hago, pero nadie negará que amamos lo que nos hace sufrir, y mucho menos yo, que es ese mismo hecho el que me hace estar aquí escribiendo esta retahíla de cosas sin sentido. 

Aunque no tiene nada que ver el sufrimiento que nos produce nuestra mente con el sufrimiento que nos produce una persona, aunque al final todo los afluentes sean del mismo río, y si nos hace sufrir nuestra mente es porque hay una persona que pone en funcionamiento todo esa compleja unión de neuronas que forman nuestra materia gris, y si hay una sola persona en el mundo capaz de hacerlo, sí, amamos a esa persona. De todos modos, ¿sabéis qué? Todas las personas van a hacernos daño, solo tenemos que encontrar a la persona por quien merece la pena sufrir. Porque no hay nada más bonito que amar hasta el dolor, ni nada más sincero, y quién sabe, quizá tampoco nada más estúpido. Pero eso no significará que no merezca la pena, porque mi balanza se ha roto por el lado de las cosas positivas, una vez más.

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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.