Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


27 de junio de 2011

Mentalizarse no sirve para nada.

Se me juntan ahora tantas cosas que prefiero no abrir los ojos, aunque de este modo pasen desapercibidos los pequeños rayos de sol que se cuelan por las rendijas de mi persiana, aún bajada. No hay nada que me anime a levantarme, ni mucho menos a levantarme con una sonrisa. Me refriego con los puños mis ojos llenos de lágrimas y me aparto el pelo de la cara. Me siento increíblemente sola. Increíblemente sola y perdida. Como si se me hubiese roto la brújula justo cuando me encontraba atravesando una selva tropical del amazonas, y las circunstancias se apoderasen ahora de mí para hacerme sentir aún peor. Me sitúo en medio de un feroz huracán. Cada vez más débil, cada vez más hundida. Últimamente mi memoria a corto plazo me parece un chiste, y mi susceptibilidad ante los cambios convierte en vulnerables mis estados de ánimo. Me aterra esto. Parece que todo se me olvida, que me he despertado pero aún sigo dormida, y juraría que confundo lo real con lo que proviene de mi mente.

Me puse a leerlo y a darle vueltas a la forma en la que pudiste interpretar todas aquellas palabras que en algún momento plasmé, y que carecen de la suficiente importancia en estos momentos. Imaginé las miles de posibilidades que pudo engendrar tu ingenua cabeza, cuando en un impulso decidiste hacerlo. No me enfada que lo hicieras, me enfada más que lo hayas ocultado todo este tiempo impidiéndome que te explicara el significado de aquellos nombres y aquellos números. Pero no lo hiciste, y quizá desde ese momento te empezaran a torturar todas tus suposiciones.

Me empiezo a concienciar de que todo lo que tenga que pasar, pasará. Cada persona me dice cosas diferentes, y me destroza pensar que tengan razón. Que quizá el problema soy yo, y los problemas hay que cortarlos de raíz, sobre todo cuando llega este punto, en el que se hacen insostenibles. Y será un mal trago que ambos tenemos que pasar y será lo mejor. Tampoco me hagas caso, sabes que no lo pienso, pero tendré que empezar a engañarme con esto también, no me queda otra, tampoco me sirve de nada, nada me sirve de nada. Comprobarás lo optimista que estoy, pero si pudiese estar de otra manera lo estaría, que no te quepa la menor duda. Aún me quedan muchas cosas por decirte, y espero que a ti también.

26 de junio de 2011

Apercibiendo sensaciones.

Me siento como si intentase escapar continuamente. Como si mi único objetivo fuese evitar a ciertas personas, o algunas situaciones, o temas de conversación concretos. Todo me atemoriza. Se me olvida la máscara que me pongo cuando salgo a la calle y solo se me ocurre mentir a conocidos y extraños. Todo va bien, sonrisa aquí y sonrisa allá, y vuelta a casa y a pensar en lo mismo. No sé qué hacer para seguir. Cuanto más me atasco más me hundo, y más me cuesta y más me encierro. Estoy perdiendo la confianza en todo, hasta en mí misma, y parece que solo varios recuerdos tristes del pasado me hacen ponerme los zapatos y salir a recorrer mis penas. Evado mis propias preguntas, tus preguntas, sus preguntas. No me apetece dar explicaciones a nadie, no las necesitáis. Todo es tan confuso que me gustaría no haber entrado nunca en este círculo vicioso, que parecía inofensivo al principio y que ahora me obliga a caer en un  lamentable caos demente. Sigo buscando una salida que parece que no existe.

25 de junio de 2011

Divagaciones nocturnas.

Los pensamientos se agolpan en mi mente, unos sobre otros, como una montaña de piedras, unas enormes y otras más pequeñas, unas con los bordes cortantes y otras con los bordes redondeados, pero todas piedras al fin y al cabo, todos pensamientos, dolorosos o no. Empiezo a barajar posibilidades, sin saltarme ninguna, sin omitir los detalles, aunque siempre me quede atrapada entre dos de ellas, que me hacen reprocharme muchas cosas. Tengo tendencia a echarme todo en cara a mí misma, a ver mal todo lo que hago, pese a que esas cosas las haga más por los demás que por mí. Empiezo a pensar que es una locura, un salto al vacío quizá. Se me duerme el cuerpo de puro cansancio y mis ojos sueñan con cerrarse, pero mi mente sigue traspuesta, queriendo liberarse sin saber cómo ni de qué, preguntándose una vez más qué ha hecho para llegar otra vez al principio, y se siente tan perdida ahora que cualquiera diría que nunca se ha sentido así antes, olvidada de sí misma y con miedo a su propio miedo. Había demasiadas cosas que no iban bien, y quería continuamente que no lo pareciera, para idear así una increíble felicidad imaginaria que tardaba poco en difuminarse. Luchar contra el destino, siempre lo hice, y lo seguiré haciendo por ti, y aunque todo nos aleje. Tengo miedo a que el destino sea más fuerte que nosotros, tengo miedo a resignarme, a conformarme, a pensar que quizá sí. Que el dolor me hace pensar que debería actuar, puede que por ti, puede que por mí, y destruirme sea la única manera de que tú puedas flotar sobre mis restos y llegar a salvo. Los recuerdos son el bote salvavidas esta vez, el chubasquero para los días de lluvia, menos cuando decido deambular por mi cabeza, como si caminara descalza sobre un campo de minas que yo misma he construido y colocado estratégicamente en mis puntos más débiles, para que parezca que alejarme es la única forma de escapar de tanto sufrimiento, buscando lo mejor para ti sin saber qué es, ni adonde me lleva el camino, o adonde me llevas tú. Y a lo tonto a lo tonto me da por pensar que el amor es lo más fuerte del mundo, más fuerte que un huracán, más fuerte que la fuerza de atracción gravitaroria de los planetas, lo único capaz de movernos, y que parezca que llevamos toda nuestra vida detenidos en el mismo punto, pero felices porque seguimos juntos. Porque el amor es lo único capaz de quitarnos la vida y devolvérnosla, sabiendo que sin amor no somos nadie. 

Pienso que la gente se espera otras cosas de mí, y que les decepciono, una vez tras otra, y les hago daño. Parece que el tiempo pasa más rápido últimamente, y que los baches se van sumando junto a los errores, y la ansiedad de soledad me hace creer que hay gente que depende de mí, y yo sin embargo añoro no depender de nadie. Llego a la conclusión de que necesito irme sola a donde nadie me encuentre, porque no quiero ver a nadie, ni nadie me puede ayudar, y me gustaría contemplar la ciudad desde arriba, posando mis ojos en cada una de las diminutas luces que alumbran las calles de madrugada, y sentirme aún más pequeña rodeada de tanta inmensidad. Todo carece de sentido ahora, y buscarle un sentido lógico equivale a un desangramiento psicológico demasiado arriesgado para alguien tan débil como yo en estos momentos. Empiezo a buscarle sentido al vivir, un por qué y un para qué, sin caer en la cuenta de que al fin y al cabo, el sentido a la vida se encuentra en la unión de dos vidas sin sentido, en un lugar en el que la felicidad es un arma de doble filo.

19 de junio de 2011

Adiós.

Y dejo los textos importantes guardados en borradores, que nunca leerás, para decirte que a fin de cuentas es tu decisión, y podré ser la persona más inmadura del mundo, pero también tengo que hacer las cosas fáciles para mí, aunque me cueste y me duela. Que es lo que tú quieres contra mí, y este yo ya no opone resistencia, y que sea lo que quieras. No digas que haces las cosas por los dos, di que las haces por ti, porque yo voy a hacer las cosas por mí, hasta el punto en el que te lo haré tan sencillo que creerás que soy feliz, y con suerte saldremos ganando los dos. Porque al fin y al cabo siempre nos unieron cosas impares, y las cosas impares no pueden dividirse a la mitad, así que te dejo que te lleves el pico, que a mí se me clava. Y que te vaya bien la vida, que si cambio es porque el dolor nos hace cambiar, y si no soy la misma pues ya se acostumbrará quien se quiera acostumbrar y quien no pues nada. Que ya sabes cuánto de cabezona soy, y eso sí que no cambiará nunca, tampoco los recuerdos, pero eso es otro tema. No busques a la de siempre, te garantizo que no la encontrarás, porque para ti ha muerto, creo que incluso ha muerto para mí, como tú. Por mucho que me hagas intentar entrar en razón, ya conoces mis argumentos, así que no te molestes. Tampoco espero que lo hagas. Y sin más podría acabar agradeciéndote que me hicieras tan feliz, pero prefiero disculparme por hacerte tanto daño. Quizá nuestras vidas nunca debieron cruzarse.

Tu ausencia pesa demasiado.

Todo mi cuerpo se convierte en un mecanismo de autodefensa cuando llego al extremo. Salta un resorte y dentro de mí estalla un complejo conjunto de engranajes encargados de buscar una forma de salvarme. No importa el modo que sea, si es efectivo se vuelve válido. Un dolor nuevo, para disimular el dolor verdadero, para pensar menos en esa idea. Parecía que todo estaba conectado y preparado, que pasaría de nuevo, mil veces, mil y una, puede que más. El dolor de barriga parece un chiste si me quedo dormida y mi cerebro despierta, haciéndose él con el poder de masacrar las esperanzas latentes que aún quieren que sonría a base de mentiras del ayer. Y yo me quedo pálida y absorta bajo la tenue sombra que proyectan tus recuerdos en mi mente, como un fotograma de imágenes en blanco y negro, que me apetece volver a colorear con el sol que entra por mi ventana, cuyos rayos ya no iluminan mi túnel. Porque no tiene salida, porque vuelvo a estar donde no quiero, en mi opuesto, y solo seré capaz de salir si retrocedo y te digo que lamento que mis ganas de amarte pasaran desapercibidas entre los escoldos, pero esta herida comienza a escocer de nuevo y tu saliva me puede curar. Y parece que el equipaje de mano se me ha vuelto a perder en uno de esos muchos trenes que un día decidí coger sin motivo, porque ninguno me llevaba a mi destino, y ahora la amnesia me transporta a un estado de lamentable somnolencia y quiero que al despertar vuelvas a estar a mi lado. Que tu ausencia ya pesa demasiado y yo me hundo.


PD: Una entrada que en tiempos borré, y releyéndola ahora me parece un buen momento para hacerse un hueco y ver de nuevo la luz.

18 de junio de 2011

Déjame ser un poco ingenua.

Y vuelvo a quedarme hablando sola frente a la pantalla del ordenador, con los hombros encogidos y un par de lágrimas retándose para ver quién llega antes hasta mi barbilla. Me había creído las cosas de un mundo que yo misma me había inventado, inocentemente, al pensar que las cosas que imaginaba eran más fáciles de destruir que las que se iban volviendo verdaderas y quizá tangibles. Por eso empezaste a existir solo en mi mente. En ese vertedero con vía de escape hacia el corazón. Con altas probabilidades de metástasis o de provocar un paro cardíaco, o de inundar con lágrimas mis ojeras. Me resultó tan sencillo acostumbrarme a tus cosas buenas y adaptarme a las demás que habría dicho que por momentos encajábamos. Encajábamos dentro de nuestro propio caos. Siempre me gustó. El caos, quiero decir. Tu caos. Es irónico decir que encajen dos caos, pero juraría que así era, me atrevería a decir incluso que eran dos caos completamente distintos unidos por finas sonrisas los días impares y las tardes de domingo, por galletas y caricias, por películas las noches de tormenta y las que no. Y me siento incompleta ahora, y noto insuficiente esta entrada, por omitir tantas cosas necesarias, que deberías saber y prefiero que se me queden taladradas en la cabeza, por ti y por mí, por ahora.
Agacho la cabeza y pienso que no es lo que quiero, pero es lo que me queda.

13 de junio de 2011

Contrastes, como tu sonrisa y la mía.

A veces pienso que tengo un demonio en mi cabeza, quizá dos. Y que siempre se contradicen. Me preocupaba más en evadir preguntas que en formularlas, y lo único que lograba era girar sobre mi eje. El golpe hizo que mis ojos se abrieran desde dentro, el golpe psicológico, obviamente. No tengo por qué decir cosas con sentido, así que me veo en la necesidad de objetar que si mis nudillos comenzaban a tirar a bermellón no era porque hubiese decidido untármelos con ketchup, aunque podría ser. El sabor era igualmente bueno, para contrastar con algo posiblemente más agrio que se encontraba esparcido sobre mi masa cerebral, palpable en mi paladar imaginario. Ya lo decía Kurt, ¿quién necesita acción cuando tenemos palabras? Y un disparo al corazón no tiene por qué ser más doloroso que un puñado de letras bien ordenadas en el momento preciso, y acabarás por estar más muerto que vivo, o vivo sin poder morir, o qué sé yo. Ni siquiera sé si estamos vivos cuando no estamos muertos, porque puedes estar vivo y no vivir, y ya no tendría sentido esta majadería, o tendría más sentido que si no escribiera nada y estos pensamientos acabaran por incrustarse, como los pedazos de un cristal roto que podría rajarme en canal si me lanzara contra ellos sin apreciar sus bordes afilados y cortantes. Cortantes, sí. Como tú y puede que en ocasiones incluso como yo. Y no por ello dejo de tirarme de cabeza en tus pupilas en un intento, casi siempre fallido, por flotar en algo tan inmenso. Porque chapotear ya no sirve de nada, y acabo por acostumbrarme a aguantar la respiración y a sonreír con desgana. O con ganas fingidas, que viene a ser parecido. Mientras miro a otro lado para que no me delate mi mirada, que es la única incapaz de mentir, pese a los entrenamientos intensivos de no brillar cuando estoy triste, o todos esos atisbos que dejan al descubierto mi verdadero estado emocional. Sin darme cuenta de que el día que deje de ser un delito mi cárcel volveré a ser yo misma.
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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.