Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


13 de junio de 2011

Contrastes, como tu sonrisa y la mía.

A veces pienso que tengo un demonio en mi cabeza, quizá dos. Y que siempre se contradicen. Me preocupaba más en evadir preguntas que en formularlas, y lo único que lograba era girar sobre mi eje. El golpe hizo que mis ojos se abrieran desde dentro, el golpe psicológico, obviamente. No tengo por qué decir cosas con sentido, así que me veo en la necesidad de objetar que si mis nudillos comenzaban a tirar a bermellón no era porque hubiese decidido untármelos con ketchup, aunque podría ser. El sabor era igualmente bueno, para contrastar con algo posiblemente más agrio que se encontraba esparcido sobre mi masa cerebral, palpable en mi paladar imaginario. Ya lo decía Kurt, ¿quién necesita acción cuando tenemos palabras? Y un disparo al corazón no tiene por qué ser más doloroso que un puñado de letras bien ordenadas en el momento preciso, y acabarás por estar más muerto que vivo, o vivo sin poder morir, o qué sé yo. Ni siquiera sé si estamos vivos cuando no estamos muertos, porque puedes estar vivo y no vivir, y ya no tendría sentido esta majadería, o tendría más sentido que si no escribiera nada y estos pensamientos acabaran por incrustarse, como los pedazos de un cristal roto que podría rajarme en canal si me lanzara contra ellos sin apreciar sus bordes afilados y cortantes. Cortantes, sí. Como tú y puede que en ocasiones incluso como yo. Y no por ello dejo de tirarme de cabeza en tus pupilas en un intento, casi siempre fallido, por flotar en algo tan inmenso. Porque chapotear ya no sirve de nada, y acabo por acostumbrarme a aguantar la respiración y a sonreír con desgana. O con ganas fingidas, que viene a ser parecido. Mientras miro a otro lado para que no me delate mi mirada, que es la única incapaz de mentir, pese a los entrenamientos intensivos de no brillar cuando estoy triste, o todos esos atisbos que dejan al descubierto mi verdadero estado emocional. Sin darme cuenta de que el día que deje de ser un delito mi cárcel volveré a ser yo misma.

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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.