Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


25 de junio de 2011

Divagaciones nocturnas.

Los pensamientos se agolpan en mi mente, unos sobre otros, como una montaña de piedras, unas enormes y otras más pequeñas, unas con los bordes cortantes y otras con los bordes redondeados, pero todas piedras al fin y al cabo, todos pensamientos, dolorosos o no. Empiezo a barajar posibilidades, sin saltarme ninguna, sin omitir los detalles, aunque siempre me quede atrapada entre dos de ellas, que me hacen reprocharme muchas cosas. Tengo tendencia a echarme todo en cara a mí misma, a ver mal todo lo que hago, pese a que esas cosas las haga más por los demás que por mí. Empiezo a pensar que es una locura, un salto al vacío quizá. Se me duerme el cuerpo de puro cansancio y mis ojos sueñan con cerrarse, pero mi mente sigue traspuesta, queriendo liberarse sin saber cómo ni de qué, preguntándose una vez más qué ha hecho para llegar otra vez al principio, y se siente tan perdida ahora que cualquiera diría que nunca se ha sentido así antes, olvidada de sí misma y con miedo a su propio miedo. Había demasiadas cosas que no iban bien, y quería continuamente que no lo pareciera, para idear así una increíble felicidad imaginaria que tardaba poco en difuminarse. Luchar contra el destino, siempre lo hice, y lo seguiré haciendo por ti, y aunque todo nos aleje. Tengo miedo a que el destino sea más fuerte que nosotros, tengo miedo a resignarme, a conformarme, a pensar que quizá sí. Que el dolor me hace pensar que debería actuar, puede que por ti, puede que por mí, y destruirme sea la única manera de que tú puedas flotar sobre mis restos y llegar a salvo. Los recuerdos son el bote salvavidas esta vez, el chubasquero para los días de lluvia, menos cuando decido deambular por mi cabeza, como si caminara descalza sobre un campo de minas que yo misma he construido y colocado estratégicamente en mis puntos más débiles, para que parezca que alejarme es la única forma de escapar de tanto sufrimiento, buscando lo mejor para ti sin saber qué es, ni adonde me lleva el camino, o adonde me llevas tú. Y a lo tonto a lo tonto me da por pensar que el amor es lo más fuerte del mundo, más fuerte que un huracán, más fuerte que la fuerza de atracción gravitaroria de los planetas, lo único capaz de movernos, y que parezca que llevamos toda nuestra vida detenidos en el mismo punto, pero felices porque seguimos juntos. Porque el amor es lo único capaz de quitarnos la vida y devolvérnosla, sabiendo que sin amor no somos nadie. 

Pienso que la gente se espera otras cosas de mí, y que les decepciono, una vez tras otra, y les hago daño. Parece que el tiempo pasa más rápido últimamente, y que los baches se van sumando junto a los errores, y la ansiedad de soledad me hace creer que hay gente que depende de mí, y yo sin embargo añoro no depender de nadie. Llego a la conclusión de que necesito irme sola a donde nadie me encuentre, porque no quiero ver a nadie, ni nadie me puede ayudar, y me gustaría contemplar la ciudad desde arriba, posando mis ojos en cada una de las diminutas luces que alumbran las calles de madrugada, y sentirme aún más pequeña rodeada de tanta inmensidad. Todo carece de sentido ahora, y buscarle un sentido lógico equivale a un desangramiento psicológico demasiado arriesgado para alguien tan débil como yo en estos momentos. Empiezo a buscarle sentido al vivir, un por qué y un para qué, sin caer en la cuenta de que al fin y al cabo, el sentido a la vida se encuentra en la unión de dos vidas sin sentido, en un lugar en el que la felicidad es un arma de doble filo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Mi foto
Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.