Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


29 de julio de 2011

Suponer, siempre suponer.

Supongo que no se trata de lo que quiera, o en el fondo sí. Siento como si tuviera que reaccionar ante estímulos que pasan desapercibidos por momentos, y luego me quedo revoloteando entre mis intenciones, o quizá sobre las intenciones de los demás, que pueden ser incluso peores. Palabras que no sé cómo encajar, o decisiones tanto propias como ajenas, y un hilo de repercusiones que es lo más parecido a una escalera de dominó. Tengo miedo a que me afecten las cosas, a que se rompa mi escudo, a que deje de parecer que todo van tan perfecto que no tengo que sostener mi coraza ni fingir mi sonrisa. Supongo que no se puede vivir así, ocultando las cosas que no soy capaz de moldear. Enmascarando emociones para que sus formas sean suaves y no raspen. Lo malo es cuando se trata de aquellos capaces de leer tus ojos, que por fortuna o por desgracia no son muchos, porque los ojos es lo único que una careta no es capaz de ocultar. Cuando alguien tiene la habilidad de sumergirse en tus pupilas no importa nada, ni los miedos, ni los impulsos, y dentro de ti estalla.
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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.