Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


28 de noviembre de 2011

¿Y si dejamos de pensar?

Puedes parar de llorar y preguntarte por qué lloras y que ninguna bombilla se encienda, quizá hasta se apague. Puedes querer ponerle cadenas a cosas abstractas, a cosas que incluso no son abstractas. Puedes engullir las cosas abstractas y ponerte un puto bozal en la boca. Puedes hacer millones de gilipolleces e incluso puedes no hacer nada, y pararte en seco y cuestionarte qué haces y para qué y más mierdas que no llevan a ningún sitio (igual que esto, pero bueno).

Una mosca revoloteando por aquí, un murmullo, estrellas y alguna que otra mirada inquisidora, y una gran luna roja, que unas veces calla y otras hace tanto ruido que parece que se ha ido.

Te quiero de tal modo, de verdad, de tal manera, que cualquiera diría lo que yo misma desmiento, pero no importa. Y podría decirte que tengo miedo, y eso tampoco sería mentira; pero no miedo a lo que vaya a pasar, miedo a mí, a mis niñerías y todas esas cosas. A que un día te des cuenta de que no soy tan estupenda, que ni siquiera te hago tan feliz, en ese momento podría ocurrir que me diera cuenta, que no era yo, sino contigo.

5 de noviembre de 2011

Puede serlo si queremos que lo sea.

A veces tienes una herida, pero el agua de la lluvia es dulce, las lágrimas son dulces, todo es jodidamente dulce, y hasta que no escuece no dices, hostias tengo una herida, y parece que hasta entonces no había sangrado en absoluto y ahora crees estar muriéndote. Ni si quiera pienso que sea verdad, todo. Quiero decir que creo que se puede mirar mintiendo, algo así como mentir para ver si el otro miente y entonces ambos mienten, o ninguno miente o qué sé yo. La verdad es que no sé mirar mintiendo, ni siquiera sé mirar a alguien a los ojos y mentir, creo que es un defecto. Y si acaso me diera por intentarlo fracasaría, se me nota cuando miento. Pero no se me nota cuando actúo, quiero decir, no se me nota cuando juego a ser alguien que no soy, y eso es muy divertido, incluso demasiado. Lo bueno es que con las personas que me importan soy yo misma, siempre. Con las personas que no me importan no porque me dan igual, por esa regla de tres no debería actuar porque esas personas me son indiferentes, pero por eso mismo actúo. Me son tan sumamente indiferentes que no quiero que sepan quién soy en realidad, sobre todo cuando ni yo sé quién soy en realidad. Temo que me conozcan. Como si tuviese infinidad de defectos, secretos y más mierdas. Quizá los tenga, quizá no. Pero dentro del abrigo se está más calentito. Y si tiene capucha y esa capucha te tapa los ojos puede ser maravilloso.
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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.