Bienvenidos a mi rincón secreto (o no tan secreto), el lugar donde mezclo pomelo con caramelo, y añado varios cubitos de hielo. Para que lo ácido sea algo más dulce, y el frío haga todo un poco más a mi manera. El resto de mis sentimientos se encuentran guardados en las cajas de zapatos, debajo de mi cama, pero no se lo contéis a nadie.


11 de noviembre de 2012

No debí mezclar tiempos verbales.

Qué gracioso empezar a escribir sobre un tema, y que todo dé un giro tan ambiguo e inesperado que ni siquiera yo misma sepa en cuál de los dos puntos me sitúo en realidad. Supongo que sólo me apetece escribir. Escribir mientras pienso en voz alta y todo se transforma en letras en la pantalla del ordenador.

Qué triste es mirar la vida a veces, con su andar patizambo y circular, su mirada perdida en las losas de un cuarto de baño cuyos alicatados están oxidados. Una vida encerrada que no sabe que lo está, que contempla la misma escena cada día con absoluta seriedad e impasividad. Qué triste no poder escribir sobre algo hasta que se ha acabado. Qué triste aquello que queremos controlar y se nos escapa entre los dedos como de mi boca los suspiros. Qué triste todo y qué triste nada porque debe ser así.

Podría decir que hay personas que tienen una envidiable habilidad para darle la vuelta a la situación y que ellos parezcan los buenos a sus propios ojos. Pero luego cada persona tenemos nuestro propio punto de vista. No podemos olvidar que todos tenemos cinco sentidos que perciben con matices diferentes en función de la persona, ni la parte psicológica en la que juega un importante papel la imaginación, ¿y con todo esto qué pretendo decir? Pues no lo sé. Sólo debo decir que jamás miento y menos aún cuando se trata de sentimientos, cuando se trata de querer a alguien y parece que lo daría todo por eso persona, ¡joder, no lo parece, lo haría! Pero pocas personas están dispuestas a arriesgarse por alguien que lo daría todo por ellas, no todo el mundo cree en los nuevos capítulos del mismo libro. Hay cosas que pueden superarnos, yo no lo niego, pero aquello que decimos como mínimo debemos pensarlo y que se refleje en nuestros actos.

Yo esperé. Esperé cuando las esperanzas eran tan grandes que mañana mismo te imaginaba en mi casa, tumbado en la cama de al lado, mientras te pedía que dejaras caer la mano por el borde del colchón, para entrelazar nuestros dedos, y mirarte ya medio dormido mientras pensaba que seguías siendo igual de precioso, y que estaba enamorada de ti, como si tenerte fuese un regalo que ni siquiera me merezco. Esperé cuando las esperanzas eran casi nulas y sólo veía que me hicieras daño, y pensaba que estar enamorada de ti era una condena que se resumía en una lucha sin sentido. Como si fuese esa polilla que se acerca a la bombilla atraída por su luz y acaba muriendo.

Pero, aparte del dolor que puede sentir alguien que ha puesto todas sus esperanzas e ilusiones, incluso sus sueños, en otra persona que se suponía que era recíproco, y que ahora a la primera de cambio recibe una carta sin remitente en la que dices adiós. Hay algo peor que eso. Que esa persona a la que le has dado todo lo que tenías, tu cariño más sincero, tu apoyo más incondicional, le has contado las cosas más comprometidas, habéis compartido mil momentos increíbles (que siempre creíste que serían más). Cuando esa persona que te conoce mejor que tú misma, piense de ti cosas que jamás te atreverías a hacer o que ni siquiera se te han pasado por la cabeza. Que  te vea como un desconocido cuando sigues siendo la misma. Yo, que tantas veces me perdí en tus ojos con esa impotencia de quererte hacer ver que no había cambiado, que te quería de forma desproporcionada, como había sido siempre. Que seguía siendo esa niña pequeña que a tu lado se hizo grande, y que tú de vez en cuando le sacabas su lado más tierno, más dulce o más picante. Esa niña que era tu niña y que ahora la miras como alguien a quien no conoces, de quien no sabes nada y de quien no quieres saber nada nunca más, cuando yo lo único que intenté siempre fue hacértelo todo más fácil y que me sintieras a tu lado de verdad. Porque te juro que a tu lado era donde quería estar siempre.

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Las personas estamos condenadas a ser libres, porque una vez que estamos en este mundo somos responsables de todo lo que hacemos. No importa que nos amen o nos critiquen, que nos respeten, nos honren o nos difamen, que nos coronen o nos crucifiquen, porque la mayor bendición que hay en la existencia es ser tú mismo.